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lunes, 20 de julio de 2026

EDITORIALES

LO QUE EL MUNDIAL NOS DEJÓ...


EL AMOR ES MÁS FUERTE

Garra, corazón y mucho más que fútbol.

Ojalá podamos darle un abrazo colectivo a nuestra selección y celebrar todos juntos ser una vez más subcampeones del mundo.



Acabamos de atravesar cuarenta días que para aquellos que tuvimos el privilegio de vivirlos quedarán sellados para siempre en nuestra memoria y en nuestros corazones.

Este mundial para los argentinos no fue solo un evento deportivo más. En la previa e incluso en los primeros días, cuando arrancó, nos encontramos a muchos, sobre todo a aquellos que no somos demasiado futboleros y que nos vemos atraídos sólo cuando juega la selección nacional, casi indiferentes, quizás por el hecho de estar atrapados en la realidad del día a día, embargados en preocupaciones que no vislumbran un futuro demasiado prometedor para la gran mayoría de los argentinos y se teme por el destino de nuestro país como nación soberana.

Sin embargo, bastó que la selección saliera a jugar el primer partido para comenzar a ilusionarnos. A medida que avanzó en el calendario FIFA el conjunto nacional comenzó, a demostrar no solo las virtudes a las que nos tiene acostumbrados y que los llevó a ser Campeones del Mundo en Qatar 2022, sino a ser portador de un mensaje mucho más profundo, conmovedor y talentoso, que redobla su valor en tiempos donde la desesperanza se ha hecho hábito.

Una vez más la selección corroboró que la grieta es ficticia, ha sido fabricada por quienes pretenden dividirnos, basta una excusa como esta cita deportiva, para volver a abrazarnos y querer celebrar todos bajo nuestra misma bandera.

Pero esta vez el mensaje llegó aún más lejos. No le resultó sencillo a nuestra selección atravesar los partidos después de la fase inicial. Cada uno de los que sobrevino desde dieciseisavo debía ser trabajado, luchar pelota a pelota, incluso a veces corriendo en desventaja los jugadores mostraron ser un equipo capaz de dar vuelta resultados que parecían tener finiquitado un partido que nos había dejado fuera de competencia mucho más temprano. Allí no faltó profesionalismo, no faltó coraje y mucho menos corazón para llevar a Argentina a avanzar “un pasito más” .

Un reclamo que el poder mundial no pudo silenciar.

La competencia contra Inglaterra fue un capítulo aparte. Aunque en la previa el mandato “oficial” intentara convencernos de que era tan solo un “encuentro deportivo” , ni propios ni ajenos se creían esa frase hecha. Nuestra historia dentro de la cancha con Diego como protagonista en aquel Mundial de 1986 como en los tristes acontecimientos de heridas que no cierran, marcaban que se jugaba mucho más. Y nuestros jugadores no esquivaron esa representación. Lejos de asumirla como una pesada carga, no se amilanaron y entendieron que a como diera lugar, ese partido había que ganarlo. Aun cuando el marcador los puso en desventaja, no perdieron la calma, se mantuvieron organizados y no perdieron la concentración, con agallas decidieron no darse por vencidos, correr y defender cada pelota como si fuera la última, y ​​en el último minuto, como sucede en las películas marcadas por la épica, pusieron el marcador arriba. Lo más emocionante sobrevino después, en esos instantes de comunión entre los jugadores y una hinchada que nunca deja de alentar, y tuvo su momento más sublime cuando se desplegó aquella sábana convertida en bandera con la leyenda “las Malvinas son argentinas” , transformándose en el catalizador del sentimiento nacional. Esos jóvenes jugadores ya no solamente eran nuestros representantes deportivos, sin quererlo (o queriéndolo) esa acción los convirtió en abandonados de un reclamo que desafía a buena parte del poder mundial.

Es cierto, en la final no pudieron coronarse campeones del mundo dentro de la cancha, el juego no fluyó. Nos queda el sabor amargo de no haber visto en esa última fecha la mejor versión de nuestra selección contra España. Sin embargo, quizás el valor de ese último partido fue mostrar que ante un rival que no les permitió jugar el juego que más les gusta, tuvieron la capacidad de mantener una defensa férrea, cerrada y aún con la desventaja de haber sufrido la expulsión de uno de sus bastiones, lograron sostener el 0 a 0 hasta bien avanzados los minutos suplementarios.

La hinchada argentina nunca dejó de alentar

Esta vez no están en el trono del fútbol mundial, no tienen la medalla dorada colgada de sus cuellos, pero alcanzaron la gloria que solo unos pocos elegidos tienen, esa que no se consigue con pases extraordinarios ni caños que te dejan con la boca abierta, una que no se acuña en goles "de otra galaxia" ni atajadas magníficas, su victoria se mide en hombría, valor, en la audacia de asumir derroteros aun cuando las fuerzas parecen flaquear y el adversario hace sentir el peso de todo su poderío, es el triunfo del ejemplo que llegó a miles y miles de niñas, niños y adolescentes. Y finalmente, y quizás la más importante es la honorabilidad de haber sido capaces de representarnos y mostrar con valentía los más puros sentimientos por nuestra Patria.

Nuestra selección nunca nos “dejó tirados” , como alguna vez prometió su capitán. Por eso, en el día después a los argentinos solo nos queda darles GRACIAS ENORMES . Amamos el camino que nos invitaron a transitar en estos últimos cuarenta días, lo disfrutamos, nos emocionamos, temblamos, tuvimos taquicardia, nos abrazamos con nuestros compatriotas y nos emborrachamos de alegría ante cada triunfo. Por un ratito nos ayudaron a distraernos y apartarnos de la dura realidad que transitan millones de argentinos.

Ojalá que, en algún momento, cuando pase la tristeza inicial de no haber podido cumplir el último objetivo deportivo, los jugadores y el cuerpo técnico nos permitan al pueblo argentino ofrecerles el abrazo colectivo que se merecen y demostrarles que el amor es más fuerte, por sobre cualquier resultado y cualquier copa.

jueves, 25 de junio de 2026

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


UNA COMUNIDAD QUE SE CONSTRUYE DÍA A DÍA CON QUIENES SE COMPROMETEN


Educadores, emprendedores, militantes sociales y ciudadanos solidarios: el mapa humano de los que deciden involucrarse y no mirar para otro lado.
En el mes del vecino, un homenaje especial a todos ellos


Escribe: Lic. MÓNICA ALEJANDRA RODRÍGUEZ. Dirección


El 11 de junio de cada año se celebra el “Día del Buen Vecino”, un festejo que nació en Villa del Parque para homenajear a residentes que se distinguen por su generosidad, compañerismo y activa participación en la vida comunitaria, consientes de la importancia que sus aportes pueden hacer para mejorar el bienestar general. Este día fue creado a propuesta de Don Romeo Raffo Bontá, un fomentista que se inspiró y al que conmovió la enorme generosidad de sus pares a la hora de ser convocados a hacer donaciones cuando ocurrió el terremoto de San Juan (1944).

Ese espíritu solidario siempre fue una característica muy propia de nuestra vecindad y de alguna manera se internalizó hasta pasar a formar parte de nuestra idiosincrasia, por eso Villa del Parque tiene como lema ser “La Villa del Buen Vecino”.

Más acá en el tiempo, esa generosidad colectiva se hizo palpable durante los duros meses de cuarentena en los que tuvimos que permanecer encerrados por la pandemia (2020). En ese momento, muchos no dudaron en colaborar desde donde podían y las entidades intermedias -clubes, colegios, asociaciones civiles- se convirtieron en los epicentros desde donde se organizaban y repartían las ayudas a quienes estaban siendo golpeados por estas circunstancias tan particulares.

En este mes y desde estas páginas queremos destacar a aquellos buenos vecinos que día a día desde su lugar eligen no encerrarse en el individualismo, no permanecer indiferentes y sentirse parte de una comunidad. Y en esta oportunidad queremos saludar y celebrar especialmente:

• A Quienes brindan su ayuda solidaria, pensando en el prójimo sin hacer distinciones.

• A Quienes aportan a nuestras instituciones intermedias: iglesias, cooperadoras escolares y y hospitalarias, asociaciones culturales y de fomento, clubes de barrio…

• A quienes emprenden, educan y atienden el cuidado de la salud con amor y dedicación.

• A quienes participan en reuniones de vecinos y autoridades.

• A quienes se autoconvocan, se comprometen, organizan y luchan tras causas comunes.

• A quienes, desde la función pública gestionan anteponiendo el bien común.

Cuando retrotraemos nuestra mirada a aquellos años que inspiraron a la creación del día del vecino, observamos que los tiempos han cambiado, los estilos de vida también, los desafíos de antaño son muy diferentes a los actuales, sin embargo, la esencia para ser un buen vecino sigue siendo la misma y quedaron bien plasmados en el decálogo redactado por José César Rodríguez Nanni (otro vecino que fomentó y bregó por el progreso de su barrio amado), aprobado por el Congreso Vecinal de 1958. Y dice así:

1. Ser solidario, amigo y compañero de sus vecinos

2. Respetar y hacer respetar las ideas, sin prejuicios de orden racial, religioso o político

3. Fomentar y apoyar a las instituciones de carácter social y cultura establecidas en el vecindario. Crearlas y ayudar a ello donde no las hubiera

4. Platear, discutir y buscar soluciones a los problemas de índole vecinal, en común con su vecino, exteriorizándolas a las autoridades constituidas.

5. Ser unidos en la emergencia, brindando ayuda moral y material a quien lo necesite

6. Proceder a ayudar todo estímulo o inquietud que tienda a la afirmación de los lazos de la familia contemplándola como institución básica.

7. Fomentar y estimular toda obra o acción que propenda al desarrollo físico e intelectual de los niños y jóvenes vecinos.

8. Cumplir con los deberes cívicos, recordando o festejando las fechas memorables de la Patria.

9. Ser respetuoso de la ley y hacer culto de ella

10. Festejar anualmente un día, dedicado al vecino, difundiendo lo enunciado.

miércoles, 20 de mayo de 2026

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


RECONSTRUIR EL HORIZONTE


El desafío de devolverle a la educación su lugar protagónico, como motor del progreso personal y desarrollo del país.


De la Argentina del guardapolvo blanco y nuevas generaciones universitarias al debate actual. Un análisis que abraza la memoria histórica y la fuerza de la comunidad educativa. La crisis como nueva oportunidad.


Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. dirección



Históricamente la educación ha sido en Argentina un puente al progreso individual y una esperanza para el desarrollo colectivo. Durante décadas nos enorgullecimos de contar con una educación pública, de calidad, libre y gratuita para todos , una educación que supo no discriminar ni por origen ni sector social y abrió horizontes a jóvenes que pudieron insertarse en el mundo laboral. Una educación pensada para contribuir a forjar un futuro de crecimiento personal pero también concebida para un país que aspiraba al desarrollo a partir no solo de la explotación y exportación de productos primarios y extracción de recursos naturales, sino también cimentando una estructura económica con sólido mercado interno producto de la fuerza de la industria, el impulso de la ciencia y tecnología, el fortalecimiento de las economías regionales y el dinamismo del comercio, como factores de sostenimiento de la actividad y motores de transformación.

Hoy ese modelo está siendo puesto en crisis. Una vez más. En los últimos cincuenta años Argentina ya atravesó por pasajes similares. Y cada uno de ellos dejó un tendal de sectores sociales dañados, pérdidas de empresas de capital nacional y ciudadanos que no fueron capaces de reinsertarse. Sumado a ello los aciertos y desaciertos de gobiernos que pretendieron ir por otros caminos, nos trajeron hasta aquí. Pero esta vez, a diferencia de otras, los cambios son más profundos, más acelerados y pueden ser determinantes e irreversibles. Vamos hacia un perfil de país muy distinto al que conocemos, al menos quienes hoy somos contemporáneos. En este proyecto, los replanteos no son sólo económicos, son transformaciones multidimensionales, que llevan la bandera de la denominada “batalla cultural”.

Ante eso y como simples ciudadanos de a pie, no podemos menos que preguntarnos ¿Hacia qué tipo de sociedad vamos? ¿Qué implicancias y consecuencias tiene este nuevo proyecto de país? ¿Qué sectores serán los ganadores y cuáles estarán entre los perdedores? ¿Qué tipo de educación necesita el modelo que se está implementando hoy? ¿Una educación para todos o segmentada, a la que solo pueda acceder una parte de la población? ¿Cómo podrán insertarse los individuos al mercado de trabajo? ¿Habrá trabajo para todos? ¿Qué papel jugará la tecnología y la Inteligencia Artificial en la modificación de las reglas de juego? ¿Es un modelo hacia una sociedad más justa e inclusiva? ¿Qué pasará con los que quedan fuera del sistema? Y principalmente, ¿Es el tipo de país en el que queremos vivir? ¿Es la nación que soñamos dejarle a nuestros hijos?

Esta última pregunta es medular. Mi papá, que nació en 1927 en el seno de una familia humilde, siempre me contaba que desde muy chico y ante la imperiosa necesidad, se vio obligado a dejar sus estudios cuando terminó la escuela primaria, a pesar de ser el mejor promedio de la clase y abanderado de la escuela. Él no pudo elegir, no le dieron la oportunidad, tuvo que ir a trabajar. En el caso de mi papá, su prodigiosa capacidad y tenacidad, le permitieron ir forjándose a lo largo de su vida una formación autodidacta, pero siempre me pregunté ¿Qué hubiera pasado si él hubiera tenido la posibilidad de seguir estudiando y contar con un título bajo el brazo?, ¿Hasta dónde habría llegado una persona dotada con su inteligencia y empatía? Es un análisis contra fáctico imposible de responder, pero lo cierto es que en aquellos tiempos estudiar era un privilegio difícil de alcanzar para quienes provenían de familias pobres. A las niñas de las clases más desfavorecidas se las solía enviar a estudiar corte y confección para que tuvieran una salida laboral o pudieran hacer su ropa; a los varones, desde muy corta edad se los ponía como aprendices de carpintería, construcción, zapatero o cualquier otro oficio... Pero llegarían épocas donde los hijos de aquellos trabajadores sacrificados tuvieron mejores oportunidades desde un Estado que cambió las reglas. Las mejores condiciones de vida y el reconocimiento de ciertos derechos hicieron que muchos pudieran soñar con que sus hijos concluyeran estudios secundarios e incluso llegaran a la universidad. Así la tan mentada y aspiracional frase “m'hijo, el doctor” comenzó a ser una realidad que enorgullecía a padres que veían a su descendencia convertida en profesionales, un pasaporte casi asegurado a un mejor porvenir. En la Argentina del día de hoy sigue habiendo primeras generaciones de jóvenes universitarios y a juzgar por las últimas y masivas movilizaciones es algo que de manera transversal e independientemente del pensamiento político de cada uno, el conjunto social parece querer defender como un derecho adquirido que no está dispuesto a soltar.

Pero la realidad de hoy es mucho más compleja. Los jóvenes no solo se enfrentan a un contexto de incertidumbre económica. No menos desafiante es para ellos la transformación tecnológica impulsada por la IA que está trayendo modificaciones superlativas en el mundo laboral. Ya no alcanza con encontrar una vocación como pasaje a un mejor futuro, el desafío es mucho mayor, los chicos deben ser capaces de darle sentido y proyectar su vida.

Llegar hoy a los estudios superiores no es tarea sencilla, partiendo que muchos jóvenes no logran visualizar su futuro y no pueden imaginar qué trabajo tendrán a los 30. Así lo reflejan distintas investigaciones.

Un informe publicado por Radar Educativo señala que “más de la mitad de los adolescentes argentinos (52%) no proyecta su futuro laboral” . Guillermina Laguzzi , una de las autoras de este trabajo expresa “estamos ante una señal de alerta sobre cómo la escuela y la sociedad están preparando a las nuevas generaciones para transitar el mundo del trabajo”. Y agrega: “Esta incertidumbre se concentra más en quienes ya parten en desventaja por su nivel socioeconómico o su rendimiento académico”.

Es cierto, no todos los chicos cuentan con las mismas herramientas. Elegir el camino puede ser más sencillo para aquellos que crecen rodeados de profesionales universitarios, manejan idiomas, viajan, poseen mejor acceso a la información y cuentan con redes de contacto, mientras que otros están más condicionados porque provienen de hogares donde los adultos tienen trabajos inestables o viven en ambientes donde la lucha diaria por la supervivencia se antepone a cualquier sueño compartido. Estas realidades se agudizan aún más en familias numerosas, hogares monoparentales donde la mujer es el único sostén de familia o lugares en los niños y adolescentes que conviven con la violencia y/o adicciones intrafamiliares.


Las posibilidades concretas que rodean a cada adolescente son  distintas, mientras algunos amplían sus horizontes a otros se les va  van cercenando, no es falta de sueños, es falta de referencias . Existen chicos muy capaces pero desconocen ciertos caminos porque nadie de su entorno transitó esas experiencias y no los pueden guiar. Es ahí donde la escuela y las políticas públicas cumplen un rol clave: acercar mundos que hoy parecen muy ajenos.

Pero la escuela secundaria se ha convertido en mucho más que eso y está obligada a cumplir roles para los cuales no fue pensada. Es el epicentro, el punto en el que convergen múltiples emergentes, es en definitiva una “caja de resonancia” de una sociedad cada vez más heterogénea y segmentada, donde la desigualdad ya no es circunstancial, sino que se está volviendo estructural y estamental.

Veamos algunos datos. Según el Observatorio de Argentinos por la Educación , en la ciudad de Buenos Aires los jóvenes que egresan en tiempo y forma (sin repetir ni abandonar, con niveles académicos satisfactorios en las pruebas estandarizadas de Lengua y Matemática) es el 23% . Y si este número parece bajo, hay que decir que es el más alto del país, porque en otras provincias apenas el 10% de la población escolar cumple con estos estándares. Si se deja de lado el desempeño académico y solo se mide el flujo escolar (es decir, el estudiante que ingresa a primer año y logra alcanzar el último año de la secundaria en el tiempo estimado), el índice trepa al 61% de los estudiantes.

Pero estos son valores promedio. Los porcentajes varían significativamente según el sector de gestión (estatal o privado). En las escuelas de gestión privada el desgranamiento es menor, mientras que en la gestión estatal el abandono o la repitencia estiran el tiempo de egreso de los chicos, llevando a que muchos terminen sus estudios más tarde a través de planes de terminalidad o bachilleratos de adultos.

En esta línea, un reciente relevamiento realizado por FUNDAR y CIAS en quince escuelas de barrios populares del AMBA da muestra de ello. El informe reveló que el 42% de los jóvenes encuestados de entre 19 y 24 años abandonan la escuela y de los que asisten el 59% tiene sobre edad. De los chicos que asisten a estas escuelas, el 79% comenzó a trabajar antes de los 18 años y un 36% antes de los 16 años. Algunos chicos también suelen acumular insistencias o abandonar la escuela para cuidar a hermanos más pequeños por la necesidad de los padres de enfrentar largas jornadas de trabajo.

Estos no son solo “datos” , detrás de cada número hay jovencitos y familias que atraviesan realidades muy disímiles y el único punto de encuentro para muchos de ellos es precisamente la escuela, que no está preparada para barajar ciertas realidades que irrumpen en el aula y la sacan de foco del proceso enseñanza-aprendizaje , que es la tarea esencial que deben cumplir estas instituciones.

La investigación cuenta que dentro de las aulas conviven perfiles con trayectorias muy distintas, y lo que las diferencias no son capacidades individuales sino condiciones de vida. Los docentes diferencian a los comprometidos de los desconectados (que asisten pero no se involucran en el aprendizaje y priorizan el trabajo) y luego están los conflictivos , que reproducen en el aula la dinámica de la calle en la que no están exentos los malos comportamientos y la violencia. La directora de una de estas escuelas estima “sólo un 40% de sus estudiantes tiene un proyecto de vida vinculado al estudio”.

El documento detalla que las escuelas públicas de barrios populares del AMBA deben hacer muchas más cosas además de enseñar... "Distribuyen alimentos, median conflictos familiares, consiguen turnos médicos, detectan situaciones de abuso y violencia, alojan a quienes sufren inundaciones y enfrentan una pandemia invisible de salud mental que las hace operar en modo bombero. El 52% de los jóvenes encuestados reporta haber sufrido ansiedad y el 37% depresión. El 51% dice que la mayoría de sus amigos consumen drogas y el 15% reconoce ser o haber sido adicto.” El resultado es que muchas escuelas están desbordadas por estas problemáticas.

En sus consideraciones finales la investigación subraya que "los niños, jóvenes y adolescentes no crecen solos, crecen en tramas sociales. Tramas que entretejen familias, escuelas, servicios y espacios de sociabilidad que, cuando funcionan, les permiten acumular los recursos que necesitan para imaginar una vida que les organice el presente". Y a modo de advertencia, dicen "Lo que este trabajo muestra es que en los barrios populares bajo estudio esas tramas están fuertemente deterioradas: muchas familias ya no pueden acompañar la crianza de sus hijos, los servicios están sobrepasados, el barrio carece de alternativas a 'a esquina' (donde las malas juntas llevan a que los chicos que quedan fuera de la escuela caen rápidamente en la droga y/o delincuencia".

Desde las entradas de la enseñanza secundaria este tema surge en cada sala de profesores, aunque esas charlas suelen quedar entre esas cuatro paredes. “Más allá de la catarsis” es un podcast realizado por un grupo de docentes de escuelas medias públicas de la ciudad de Buenos Aires que se anima a analizar estas realidades que atraviesan los claustros escolares. Realizan entrevistas a especialistas, invitan a un debate abierto y hacen propuestas partiendo de su experiencia y su mirada.

En una de sus entregas analizaron algunas de las problemáticas de la escuela media. 

Seleccionamos algunas para compartir en estas páginas:

Aulas superpobladas. Sostienen que décadas de desfinanciamiento llevaron a una falta de infraestructura adecuada. Y aseguran que la baja de la natalidad puede ser una oportunidad para elevar la calidad educativa. Proponen que en vez de cerrar cursos, se vaya disminuyendo la cantidad de alumnos por aula hasta llegar a un número ideal de 25 chicos por curso.

Espacio escolar para estar y estudiar. Los deterioros en la infraestructura no solo se limitan a cuestiones edilicias. Los chicos suelen estar en ámbitos donde no ven verde ni cielo. Es necesario que las instituciones tengan un lugar para correr, jugar un partidito de fútbol, ​​espacios verdes para sentarse y charlar debajo de un árbol… No solo pesan las cuestiones básicas.

Desinterés de ir a la escuela. Para muchos jóvenes está en crisis el sentido de estar en la escuela. Es otra de las preocupaciones de estos docentes. Según su visión "la escuela ya no es señal de salida futura. El título de la secundaria ya no garantiza nada. Hoy los chicos empiezan a laburar antes de tener el título. La escuela no está demostrando un propósito real".  Muchos jóvenes lo ven “como un trámite que hay que cumplir o que 'lleva a…'”.
Estos profesores creen que “hay que volver a construir un contrato pedagógico con los estudiantes. La escuela debe formar, enseñar y dejar algo valioso".
Observan que hay escuelas que funcionan mejor que otras. Y las que funcionan bien son aquellas que tienen un propósito claro, por ejemplo: las técnicas, artísticas, normales… La clave para ellos es vincular más la escuela con el mundo del trabajo y los estudios superiores. Dentro de los incentivos, puede ser clave promover viajes de estudio, becas, materiales y convocatorias de investigación que le abran a los chicos nuevos horizontes. La escuela debe buscar una forma de premiar el estudio y el esfuerzo; que no pierda valor.

• Reglas claras.  Ni punitivismo ni antipunitivismo.  ¿Cómo lidian las secundarias con el desorden, el mal comportamiento y la violencia? ¿Cómo se generan las condiciones que establecen una convivencia sana en la escuela? Los docentes señalan que hay chicos revoltosos que no permiten que se dicten clases. Esto es normal. Lo anormal es la inacción desde la escuela. Establecer reglas de no sanción muchas veces hace que los docentes sientan que no se puede hacer nada. Hay que defender que en la escuela haya orden para poder aprender. El orden no se construye solo con sanciones disciplinarias, se construye con el ejemplo, con un proyecto de escuela coherente y ante los problemas, que haya reglas claras y consecuencias que se apliquen. Actualmente, de acuerdo a los códigos de convivencia se sigue un protocolo: poner notas en el cuaderno, citar a la familia, un acta de compromiso con el estudiante y si ese compromiso se rompe, está la última instancia que es el consejo de convivencia que evaluará que medida tomar, que puede ser el cambio de curso, cambio de turno o incluso cambio de escuela. El sentido del protocolo es que el estudiante pueda en cada paso ir reflexionando sobre su comportamiento, pero lo que suele suceder es que el tiempo que se demora en seguir todos esos pasos, la ruptura de las reglas hace ver que no se está tomando ninguna decisión. Y esto es malo para la escuela y para la convivencia porque hace ver que en la escuela se puede hacer cualquier cosa.
Los profesores apuntan una reflexión: "muchas veces centrarse en los problemas lleva a que no se atiendan las necesidades de los otros. Por eso, quizás se tienen que evaluar medidas disciplinarias fuertes, que existen, pero generalmente no se aplican (suspensiones con efecto real sobre las faltas y la regularidad) y por otro lado la expulsión de los estudiantes que ya pasaron por todas las instancias de diálogo".

En este último punto cabe preguntarse ¿Qué pasa con los revoltosos, “inadaptados” o “desconectados” si se los saca de las escuelas?. Según los registros, ya hay una importante deserción escolar en el nivel medio, si a ello le sumamos más chicos que queden expulsados ​​del sistema por “inadaptados” o porque no responden a los estándares académicos, puede significar que más de ellos terminen en la “esquina” y expuestos a las “malas juntas” . Las autoridades han constatado que el ciclo que lleva a un chico que abandona la escuela a quedar atrapado por las drogas y/o la delincuencia puede ser un corto lapso de apenas seis meses. Debe haber un plan “B”.

Ese "plan B" no puede ser el calabozo ni el desamparo de la calle; debe ser una red contundente de políticas públicas, comunidad e instituciones intermedias que sostienen allí donde la escuela tradicional ya no llega. Implica pensar en trayectorias alternativas, escuelas de oficios conectadas con el siglo XXI, espacios de salud mental accesibles y un rol del Estado que no actúe solo como “bombero”  o permanezca indiferente ante la crisis, sino que sea un arquitecto de oportunidades .

La escuela pública argentina tiene una historia dorada que la respalda, pero no puede cargar sola con el peso de un tejido social que se viene deshilachando y con estados que la vienen desfinanciando.

Redefinir la escuela y su régimen de convivencia es urgente para cuidar a los que quieren aprender, pero no podemos perder de vista el mapa completo. La educación fue históricamente el motor de la movilidad social en Argentina, si el nuevo modelo de país prescinde de la educación como herramienta de desarrollo colectivo y la reduce a un bien de consumo segmentado, la fractura será irreversible.

Al final del día, la pregunta sigue siendo la misma que nos desvela como sociedad: ¿qué vamos a hacer con los que se caen del mapa? Porque un país que se resigna a perder a sus jóvenes en "la esquina" oa encerrarlos en una cárcel, es un país que está rifando, inexorablemente, su futuro.

Recordando a mi papá ya su ejemplo de vida, no me gustaría volver a esa Argentina en la que él se crió, quiero ese país donde el mérito y el trabajo se encontraban un Estado que abría puertas a un mejor porvenir individual y aspiraba al desarrollo en todas sus potencialidades.

La educación no es un gasto, es la inversión más elemental en defensa propia que podemos hacer como comunidad. No se trata de romantizar el pasado ni de ignorar que la Inteligencia Artificial está cambiando las reglas del juego; se trata de dirimir cuestiones mucho más elementales y es dilucidar en la nación que vale la pena soñar para nuestros hijos.

miércoles, 22 de abril de 2026

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


NUESTRA CIUDAD NO ES UNA ISLA


Es el corazón de un sistema vital que late mucho más allá de sus fronteras meramente administrativas. La región metropolitana exige un modelo de cooperación que supere la fragmentación actual. La avenida General Paz no puede separar lo que la realidad social y económica une.


Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. Dirección.



La ciudad de Buenos Aires junto a cuarenta municipios del conurbano bonaerense conforman una enorme megalópolis que se enfrenta a desafíos que necesitan ser atendidos. Las respuestas que se den a cada uno de los temas y problemáticas que hay que enfrentar, sin duda afectan de manera directa la vida diaria de quienes residimos en estos territorios y al mismo tiempo en materias más abarcativas, como es la infraestructura y cuestiones ambientales, impactan en el presente y condicionan el futuro.

Lo ideal, cuando abordamos temas tan complejos es comenzar exponiendo algunos datos básicos.

En términos poblacionales, el último censo (2022) determinó que dentro de los límites de la ciudad de Buenos Aires residimos 3.120.612 habitantes.

Cuando contemplamos a nuestra ciudad desde una perspectiva más integral, vemos que está inserta en un conglomerado mucho mayor, llamado área metropolitana de Buenos Aires -AMBA- en la que viven más de 16 millones de habitantes en una superficie de apenas 13,267 km2. Y lo único que separa es el límite interjurisdiccional de la avenida General Paz, una “frontera” por demás difusa en términos físicos, sociales y culturales.

Es decir, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y 40 municipios de la Provincia de Buenos Aires (Almirante Brown, Avellaneda, Berazategui, Berisso, Brandsen, Campana, Cañuelas, Ensenada, Escobar, Esteban Echeverría, Exaltación de la Cruz, Ezeiza, Florencio Varela, General Las Heras, General Rodríguez, General San Martín, Hurlinghan, Ituzaingó, José C. Paz, La Matanza, Lanús, La Plata, Lomas de Zamora, Luján, Marcos Paz, Malvinas Argentinas, Moreno, Merlo, Morón, Pilar, Presidente Perón, Quilmes, San Fernando, San Isidro, San Miguel, San Vicente, Tigre, Tres de Febrero, Vicente López, y Zárate) conforman una megalópolis, un fenómeno urbano, demográfico y político único en nuestro país porque en una superficie de apenas 0,4% del total del territorio del país, se concentra aproximadamente el 37 % de la población, el 50% del PBI y el 38% del padrón electoral.

Respecto a la movilidad, el AMBA es una región interconectada por las dinámicas propias de sus habitantes: diariamente se realizan 29 millones de viajes en todo el territorio, cruzando diferentes jurisdicciones municipales.

Más de 1 millón de vehículos ingresan diariamente a la Ciudad de Buenos Aires provenientes de la Provincia de Buenos Aires y alrededor de tres millones de personas cruzan entre la Ciudad y la Provincia a trabajar, estudiar, por atención médica, esparcimiento y/o para visitar a familiares y amigos.

Aproximadamente seis millones de personas utilizan la red de transporte público del AMBA; un porcentaje considerable de bonaerenses se atienden en la salud pública de la ciudad y forman parte del sistema de educación pública porteño. Al tiempo, nuestra ciudad  genera cada día 7.000 toneladas de residuos, una parte considerable la envía a rellenos sanitarios de la provincia de Buenos Aires, con el consiguiente impacto que esta disposición tiene sobre las localidades en las que se realiza.

Otro tema central, que no puede ser soslayado son las cuencas hidrográficas que comparte la ciudad con algunos de los municipios de la provincia, como el sistema del río Matanza – Riachuelo, los arroyos Cildañez, Maldonado y Medrano.

En el plano político, nuestra ciudad autónoma, sigue siendo la capital de la República Argentina y como tal, no podemos olvidar que a lo largo de la historia se vio beneficiada por una infraestructura que fue dotada con recursos del Estado Nacional. Un ejemplo claro son los 22 hospitales y los numerosos establecimientos educativos que pasaron de la órbita nacional a la jurisdicción local cuando en la década del ´90 el presidente Menem decidió municipalizar la salud y la educación. Como capital de la república, sigue manteniendo la responsabilidad institucional y constitucional de no discriminar a ningún residente del país.

Y vale tomar como ejemplo los hospitales y las escuelas. En el caso de los hospitales, no solo se transfirieron los edificios sino todo su equipamiento, y quizás, lo que es más importante y trascendente en el tiempo: los recursos humanos y el know how que se fue transfiriendo de generación a generación de profesionales formados en esos nosocomios. En el plano de la educación sucede algo similar. Y para poner solo un ejemplo en nuestra comuna, baste mencionar que el recientemente remodelado y restaurado Palacio Ceci fue una expropiación que hizo la Nación durante la presidencia de Onganía para que sea destinado a escuela de niños y jóvenes hipoacúsicos. A partir de la década del `90 pasó a ser patrimonio de la ciudad de Buenos Aires.

Desde una perspectiva federal, por su peso demográfico, político y en la economía real, lo que sucede en el AMBA repercute con fuerza en todo el país.Por eso, se requiere un diagnóstico y tratamientos adecuados.

Existen algunos dispositivos específicos que se fueron desarrollando enfocados a temas metropolitanos. Del agua y el saneamiento (AySA), de los residuos (CEAMSE), de la cuenca Matanza-Riachuelo (ACUMAR), de la distribución de frutas y verduras (Mercado Central) y del transporte de personas y bienes (Agencia Metropolitana de Transporte).

Antecedente más recientes de conseguir mayor institucionalidad a en el AMBA fue la creación de un gabinete metropolitano en el año 2016 y la creación, en esa misma época de la Comisión Consultiva del Área Metropolitana de Buenos Aires (COCAMBA), integrada por representantes del gobierno nacional, provincial y de la ciudad.

Pese a estos esfuerzos, la pandemia se transformó en un espejo del estado de situación de la región metropolitana. Al verificarse una serie de efectos producto de la misma, que tenían que ver con la realidad metropolitana, se expresaron cuestiones como la fragmentación del sistema sanitario, la falta o deficiencia de estadísticas e indicadores sociales confiables sobre los cuales tomar decisiones de política pública, y sobre todo la carencia de espacios institucionalizados de cooperación entre los actores gubernamentales.

Avanzar en un modelo de cooperación y gobernanza en el AMBA es uno de los grandes desafíos que enfrenta hoy nuestro país, la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Es necesario promover mayores instancias de diálogo en el nivel político, para avanzar en la conformación de espacios institucionalizados, de forma progresiva y capitalizando la experiencia de los entes existentes.

Es importante desarrollar una mirada integral que favorezca la coordinación de esfuerzos, recursos y acuerdos entre la diversidad de actores que pesan sobre estos territorios.

Favorecer la cooperación a nivel metropolitano permitirá identificar prioridades y definir objetivos; involucrar a los distintos actores de gobierno y de la sociedad civil que deben y pueden contribuir con estos fines; diseñar modalidades de trabajo entre los diferentes niveles y sectores; y en definitiva, articular esfuerzos y consensuar políticas públicas metropolitanas.

Millones de personas dependemos de ello y el bienestar de todos es el principal objetivo que debería estar en el horizonte de quienes nos gobiernan.

En definitiva, nuestra ciudad no es una isla, es el corazón de un sistema vital que late mucho más allá de sus fronteras meramente administrativas. Ignorar la realidad metropolitana es darle la espalda a la cotidianidad de millones de personas que día a día cruzan de un lado a otro de la avenida General Paz para trabajar, estudiar, sanar o simplemente para visitar a familiares y amigos. El gran desafío de nuestra época no es trazar límites, “levantar muros” y establecer compartimentos estancos, es construir puentes de gestión sólidos y transparentes. La “General Paz” debe dejar de ser vista como una frontera para consolidarse como un gran punto de encuentro que nosotros desde la comunidad unimos a diario. Hoy más que nunca, es necesario anteponer el bienestar común y la mirada integral a cualquier interés sectorial. Porque, al final, los gobiernos cumplen sus mandatos, los funcionarios en algún momento dejan sus cargos y los ciudadanos de a pie nos quedamos, disfrutando de las buenas políticas públicas o padeciendo las malas decisiones. Necesitamos que quienes nos representan fomenten la integración que nosotros practicamos en cada viaje, en cada encuentro y en cada abrazo.”

martes, 24 de marzo de 2026

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


"SOLO LE PIDO A DIOS QUE LA GUERRA NO ME SEA INDIFERENTE"


El orden internacional actual parece haber quebrado las reglas de juego y olvidado que detrás de cada cifra y de cada frontera hay vidas que merecen ser vividas. Si la escalada de violencia es hoy una realidad planetaria, la respuesta debe ser la resistencia ética y la defensa de la vida como la mejor y mayor defensa para recuperar la paz y no caer en la barbarie.


Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. Dirección



Vivimos tiempos de cambios abruptos donde parece imponerse un nuevo (des)orden internacional que atiende más a la ley del más fuerte y a un canibalismo que no respeta pueblos, razas ni fronteras y rompe un sistema de convivencia mundial, que aunque imperfecto, está regido por los preceptos del derecho internacional vigente.

Los medios de comunicación y redes sociales, muchas veces reñidas con la moral y la ética, parecen estar al servicio de colonizar mentes en nombre de la libertad.

En este momento, en el que estoy escribiendo estas líneas, cientos o miles de personas deben estar feneciendo a manos de un enemigo -para la gran mayoría impensado- en algunas de las treinta y seis guerras que se están disputando en el mundo.

Y aunque algunos crean que hay “salvadores”, nunca más acertada la poesía de León Gieco que en uno de sus versos dice “la guerra es un monstruo grande y pisa fuerte la pobre inocencia de la gente”.

Conflictos armados el mundo nunca dejó de tener. Sin embargo, la escalada de violencia que la humanidad está viviendo en los últimos meses hace temer a algunos que estemos al borde de una tercera guerra mundial, mientras otros ya no dudan en afirmar que el conflicto bélico a escala planetaria ya está desatado.

Entonces, viene a mí una segunda reflexión, esta vez, nada más y nada menos que de Albert Einstein, quien predijo: “no sé qué armas habrá en la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”.

A diferencia de Einstein que escribió estas líneas en 1939, hoy sabemos que en las guerras se están utilizando armas sofisticadas: drones, robots, misiles con distintos alcances alimentados desde bases de datos y algoritmos que circulan a la velocidad de la luz por las nubes de internet unidos a plataformas manejadas con inteligencia artificial. Y por supuesto, siempre latente se mantiene en las sombras la amenaza de utilización de armas nucleares que poseen 9 grandes potencias y nunca se sabe si alguna de ellas se atreverá a dispararlas.

Las consecuencias de lo que puede suceder en el escenario internacional son realmente impredecibles y hacen temer por el futuro de todos los que estamos “¡subidos a este mundo y no nos queremos bajar!”. Las guerras siempre se sabe cuándo comienzan y quiénes las inician, pero nunca cuánto duran y cómo terminan.

Por eso hoy y ante todo, el objetivo más urgente debe ser recuperar la Paz partiendo del respeto a los derechos humanos, el derecho de los pueblos consagrados a través de acuerdos, la Carta de la Naciones Unidas y todos los organismos que regulan las relaciones internacionales.

En momentos de crisis nadie queda exento de responsabilidad y es sobre el disenso que corresponde construir el diálogo y la convivencia porque de lo contrario el ejercicio de la fuerza implica la disgregación, que en la dimensión de los hechos en que está sucediendo es de imponderables consecuencias.

La historia del mundo evidencia que los pueblos pueden sufrir turbulencias, vicisitudes extremas, incluso guerras y catástrofes, pero solo se sobreponen aquellos que superan las divergencias en beneficio de la unión y la confraternidad.

Como Nación, la primera pregunta que deberíamos hacernos es si el lugar en el que algunos pretenden ubicarnos en el concierto internacional es realmente donde queremos estar y que amenazas significan para nuestro pueblo.

A este debate ninguno debería ser indiferente puertas adentro de nuestro país. En cada mesa familiar, en cada reunión comunitaria, en cada municipio y gobernación deberíamos bregar por la paz ante todo y por encima de todo, porque esa siempre ha sido la característica de comunidad, un pueblo que se caracterizó por sus rasgos solidarios y por hacer frente a los grandes problemas, uniendo voluntades para conformar una fuerza de superación. Por supuesto, a veces la diversidad de intereses y ciertas individualidades lo han dificultado, pero a la postre los caminos nos han llevado a reconocer que la solución siempre está en la búsqueda del bien común.

La cooperación rompe con el individualismo que debe estar unido a gobernantes que respeten la ética y gobernados conscientes de sus obligaciones. Este debe ser el marco para construir un futuro inmediato poniendo en primer lugar y ante todo los derechos humanos proclamados, que no podemos permitir que sean ignorados.

domingo, 22 de febrero de 2026

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


LA DIGNIDAD DE LOS ADULTOS MAYORES

Una retrospectiva histórica nos devuelve la imagen de una sociedad que mantiene la asignatura pendiente.


Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. Dirección.



"Un pueblo que no dignifica a sus ancianos es decadente e injusto". Bajo esta premisa escrita en la crisis de 2001, analizamos la vigencia de un texto que denunciaba jubilaciones miserables y abandono. Un llamado a la reflexión sobre los pilares morales de nuestra comunidad

Días atrás fui al archivo del periódico Aquí Villa del Parque en busca de artículos referidos a un proyecto comunitario que se concretó a principios del siglo XXI y en esa tarea me detuve a leer algunos editoriales de aquella época que paradójicamente parecen escritos hoy mismo.

Mi padre, José Cesar Rodríguez Nanni, fiel al oficio de periodista que abrazó durante tantos años, tenía el don de captar la realidad, interpretarla y transmitirla de manera clara y transparente.

Con ese ojo agudo que siempre lo caracterizó escribió un editorial en noviembre de 2001 que nos parece oportuno volver a compartir con nuestros lectores en esta edición, no solo por su actualidad sino también como móvil que nos invite a reflexionar sobre los factores que anclan a nuestro país en un aparente círculo vicioso donde los ciclos parecen repetirse indefectiblemente, pendulando entre épocas de prosperidad donde creemos que está todo dado para que finalmente Argentina de un salto cualitativo al desarrollo a otros momentos donde las caídas abruptas suelen desembocar en crisis que nos llevan al fondo del abismo.

El texto que en esta ocasión volvemos a traer a nuestras páginas, creemos que tiene relevancia no solo porque los hechos parecen “casi calcados” a la actualidad, sino por la profundidad de un análisis que nos invita a mirarnos en el espejo de cómo nos estamos comportando como sociedad. Y en la cruda imagen que nos devuelve, nos obliga a pensar y preguntarnos si los valores sobre los cuales nos estamos apoyando son los correctos, porque en definitiva estos son los pilares y el cimiento que nos dará sostén (o no) al destino que pretendemos forjar como nación.



En aquellos días de noviembre de 2001 mi padre escribía: 
“Un pueblo que no dignifica a sus ancianos es pasible de ser juzgado como decadente e injusto, porque en los abuelos no solo se resumen las experiencias vividas, sino que son merecedores de respeto y especialmente de afecto, tanto en el seno familiar como a nivel comunitario.

“Asistimos a la globalización del materialismo más crudo, la insolidaridad y la propensión a la disolución de la familia que como ente básico es pilar de toda sociedad bien constituida.

“En la actualidad y preponderantemente en nuestro país, se tiende a la marginación del adulto mayor y se lo pone al borde de la más cruel forma de abandono, con jubilaciones y pensiones miserables y a veces totalmente desprotegidos de la asistencia social.

"Son muchas las crónicas que hablan de suicidios y de atropellos, de establecimientos geriátricos que son equiparados a depósitos, antes que asistenciales, abandonados por familiares y sin control por parte de los organismos oficiales que deberían auditarlos fehacientemente.

“Todo esto tiene honrosas excepciones a través de comunidades de distintas confesiones religiosas y ONGs que cubre benemeritamente el vacío que produce la falta de políticas de acción social, muchas veces declamada, pero hasta hoy pendiente, con grandes claroscuros.

“El olvido de nuestros abuelos es tan pernicioso que compromete el futuro, debiéndose revertir la tendencia sin más dilaciones, dando prioridad de tratamiento, cumpliendo las leyes vigentes, reformando y actualizando reglamentaciones y sobre todo insuflando desde la base de nuestra sociedad el reconocimiento a los adultos mayores, que en familias donde no se ha perdido la tradición ocupan un lugar relevante, siendo los mejores testigos los nietos y bisnietos que los llenan de besos, dándole un privilegio invalorable y razón de vivir.

“Otrora estuvieron vigentes los derechos de la ancianidad y son parte de los derechos humanos más básicos y elementales, tan publicitados, pero también tantas veces transgredidos por quienes parecería que no van a llegar a “viejos” y siembran el camino con una ingratitud que indudablemente repercutirá desfavorablemente en ellos mismos y sus descendientes

“La Convención Americana de Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica), que está incorporado a nuestra Carta Magna manifiesta, reafirma ‘su propósito de consolidar en este continente, dentro del cuadro de las instituciones democráticas, un régimen de libertad persona y justicia social, fundado en el respeto de los derechos esenciales del hombre’”

Y podríamos finalizar este artículo diciendo… todo parecido con la realidad de hoy es mera coincidencia, pero ¿realmente creemos que es mera coincidencia? ¿O es el resultado de políticas públicas similares, que nos están llevando por el mismo camino?.

Más allá de todo análisis político, hay una sensación amarga más profunda que me deja esta mirada retrospectiva. Las palabras de mi padre en 2001 no han perdido ni una coma de su fuerza, lo cual es un testimonio de su lucidez, pero también un derrape silencioso por el que va discurriendo nuestra sociedad. Dignificar a nuestros adultos mayores no es solo una cuestión de leyes o de porcentajes previsionales; es, ante todo, un acto de humanidad que comienza en casa y se extiende a cada esquina de nuestros barrios. Si aspiramos a un futuro con raíces sólidas, debemos dejar de mirar para otro lado o como está de moda decir hoy “fingir demencia”. Porque en el respeto que hoy les brindemos, estamos escribiendo el guión de nuestro propio destino; ese mismo que, tarde o temprano, también nos encontrará buscando una mano tendida que nos reconozca y nos valore.