LO QUE EL MUNDIAL NOS DEJÓ...
EL AMOR ES MÁS FUERTE
Garra, corazón y mucho más que fútbol.
Ojalá podamos darle un abrazo colectivo a nuestra selección y celebrar todos juntos ser una vez más subcampeones del mundo.
Acabamos de atravesar cuarenta días que para aquellos que tuvimos el privilegio de vivirlos quedarán sellados para siempre en nuestra memoria y en nuestros corazones.
Este mundial para los argentinos no fue solo un evento deportivo más. En la previa e incluso en los primeros días, cuando arrancó, nos encontró a muchos, sobre todo a aquellos que no somos demasiado futboleros y que nos vemos atraídos sólo cuando juega la selección nacional, casi indiferentes, quizás por el hecho de estar atrapados en la realidad del día a día, embargados en preocupaciones que no vislumbran un futuro demasiado prometedor para la gran mayoría de los argentinos y se teme por el destino de nuestro país como nación soberana.
Sin embargo, bastó que la selección saliera a jugar el primer partido para comenzar a ilusionarnos. A medida que avanzó en el calendario FIFA el conjunto nacional comenzó, a demostrar no solo las virtudes a las que nos tiene acostumbrados y que los llevó a ser Campeones del Mundo en Qatar 2022, sino a ser portador de un mensaje mucho más profundo, conmovedor y alentador, que redobla su valor en tiempos donde la desesperanza se ha hecho hábito.
Una vez más la selección corroboró que la grieta es ficticia, ha sido fabricada por quienes pretenden dividirnos, basta una excusa como esta cita deportiva, para volver a abrazarnos y querer celebrar todos bajo nuestra misma bandera.
Pero esta vez el mensaje llegó aún más lejos. No le resultó sencillo a nuestra selección atravesar los partidos después de la fase inicial. Cada uno de los que sobrevino desde dieciseisavo debió ser trabajado, luchar pelota a pelota, incluso a veces corriendo en desventaja los jugadores mostraron ser un equipo capaz de dar vuelta resultados que parecían tener finiquitado un partido que nos hubiera dejado fuera de competencia mucho más temprano. Allí no faltó profesionalismo, no faltó coraje y mucho menos corazón para llevar a Argentina a avanzar “un pasito más”.
La contienda contra Inglaterra fue un partido aparte. Aunque en la previa el mandato “oficial” intentara convencernos que era tan solo un “encuentro deportivo”, ni propios ni ajenos se creían esa frase hecha. Nuestra historia dentro de la cancha con Diego como protagonista en aquel Mundial de 1986 como en los tristes acontecimientos de heridas que no cierran, marcaban que se jugaba mucho más. Y nuestros jugadores no esquivaron esa representación. Lejos de asumirla como una pesada carga, no se amilanaron y entendieron que como a diera lugar, ese partido había que ganarlo. Aun cuando el marcador los puso en desventaja, no perdieron la calma, con agallas decidieron no darse por vencidos, correr y defender cada pelota como si fuera la última, y en el último minuto como en las mejores películas, consiguieron dar vuelta el marcador. Lo más emocionante sobrevino después, en esos instantes de comunión entre los jugadores y una hinchada que nunca deja de alentar, que tuvo su momento más sublime cuando se desplegó aquella sábana convertida en bandera con la leyenda “las Malvinas son argentinas”, transformándose en el catalizador del sentimiento nacional. Y esos jóvenes jugadores ya no solamente eran nuestros representantes deportivos, sin quererlo (o queriéndolo) esa acción los convirtió en abanderados de un reclamo que desafía a buena parte del poder mundial.
Es cierto, en la final no pudieron coronarse campeones del mundo dentro de la cancha, el juego no fluyó. Nos queda el sabor amargo de no haber visto la mejor versión de nuestra selección contra España. Sin embargo, quizás el valor de ese último partido fue mostrar que ante un rival que no les permitió jugar el juego que más les gusta, tuvieron la capacidad de mantener una defensa férrea, cerrada y aún con la desventaja de shaber sufrido la expulsión de uno de sus jugadores, lograron sostener el 0 a 0 hasta bien avanzados los minutos suplementarios.
Esta vez no están en el trono del fútbol mundial, no tienen la medalla dorada colgada de sus cuellos, pero alcanzaron la gloria que solo unos pocos elegidos tienen, esa que no se consigue con pases extraordinarios ni caños que te dejan con la boca abierta, una que no se acuña en goles "de otra galaxia" ni atajadas magníficas, su victoria se mide en hombría, valor, en la audacia de asumir derroteros aun cuando las fuerzas parecen flaquear y el adversario hace sentir el peso de todo su poderío, es el triunfo del ejemplo que llegó a miles y miles de niños, niñas y adolescentes. Y finalmente, y quizás la más importante es la honorabilidad de haber sido capaces de representarnos y mostrar con valentía los más puros sentimientos por nuestra Patria.
Nuestra selección nunca nos “dejó tirados”, como alguna vez prometió su capitán. Por eso, en el día después a los argentinos solo nos queda darles GRACIAS ENORMES. Amamos el camino que nos invitaron a transitar en estos últimos cuarenta días, lo disfrutamos, nos emocionamos, temblamos, tuvimos taquicardia, nos abrazamos con nuestros compatriotas y nos emborrachamos de alegría ante cada triunfo. Por un ratito nos ayudaron a distraernos y apartarnos de la dura realidad que transitan millones de argentinos.
Ojalá que, en algún momento, cuando pase la tristeza inicial de no haber podido cumplir su último objetivo deportivo, los jugadores y el cuerpo técnico nos permitan al pueblo argentino ofrendarles el abrazo colectivo que se merecen y demostrarles que el amor es más fuerte, por sobre cualquier resultado y cualquier copa.
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