NOTA DE TAPA
LA DIGNIDAD DE LOS ADULTOS MAYORES
Una retrospectiva histórica nos devuelve la imagen de una sociedad que mantiene la asignatura pendiente.
Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. Dirección.
"Un pueblo que no dignifica a sus ancianos es decadente e injusto". Bajo esta premisa escrita en la crisis de 2001, analizamos la vigencia de un texto que denunciaba jubilaciones miserables y abandono. Un llamado a la reflexión sobre los pilares morales de nuestra comunidad
Días atrás fui al archivo del periódico Aquí Villa del Parque en busca de artículos referidos a un proyecto comunitario que se concretó a principios del siglo XXI y en esa tarea me detuve a leer algunos editoriales de aquella época que paradójicamente parecen escritos hoy mismo.
Mi padre, José Cesar Rodríguez Nanni, fiel al oficio de periodista que abrazó durante tantos años, tenía el don de captar la realidad, interpretarla y transmitirla de manera clara y transparente.
Con ese ojo agudo que siempre lo caracterizó escribió un editorial en noviembre de 2001 que nos parece oportuno volver a compartir con nuestros lectores en esta edición, no solo por su actualidad sino también como móvil que nos invite a reflexionar sobre los factores que anclan a nuestro país en un aparente círculo vicioso donde los ciclos parecen repetirse indefectiblemente, pendulando entre épocas de prosperidad donde creemos que está todo dado para que finalmente Argentina de un salto cualitativo al desarrollo a otros momentos donde las caídas abruptas suelen desembocar en crisis que nos llevan al fondo del abismo.
El texto que en esta ocasión volvemos a traer a nuestras páginas, creemos que tiene relevancia no solo porque los hechos parecen “casi calcados” a la actualidad, sino por la profundidad de un análisis que nos invita a mirarnos en el espejo de cómo nos estamos comportando como sociedad. Y en la cruda imagen que nos devuelve, nos obliga a pensar y preguntarnos si los valores sobre los cuales nos estamos apoyando son los correctos, porque en definitiva estos son los pilares y el cimiento que nos dará sostén (o no) al destino que pretendemos forjar como nación.
En aquellos días de noviembre de 2001 mi padre escribía:
“Un pueblo que no dignifica a sus ancianos es pasible de ser juzgado como decadente e injusto, porque en los abuelos no solo se resumen las experiencias vividas, sino que son merecedores de respeto y especialmente de afecto, tanto en el seno familiar como a nivel comunitario.
“Asistimos a la globalización del materialismo más crudo, la insolidaridad y la propensión a la disolución de la familia que como ente básico es pilar de toda sociedad bien constituida.
“En la actualidad y preponderantemente en nuestro país, se tiende a la marginación del adulto mayor y se lo pone al borde de la más cruel forma de abandono, con jubilaciones y pensiones miserables y a veces totalmente desprotegidos de la asistencia social.
"Son muchas las crónicas que hablan de suicidios y de atropellos, de establecimientos geriátricos que son equiparados a depósitos, antes que asistenciales, abandonados por familiares y sin control por parte de los organismos oficiales que deberían auditarlos fehacientemente.
“Todo esto tiene honrosas excepciones a través de comunidades de distintas confesiones religiosas y ONGs que cubre benemeritamente el vacío que produce la falta de políticas de acción social, muchas veces declamada, pero hasta hoy pendiente, con grandes claroscuros.
“El olvido de nuestros abuelos es tan pernicioso que compromete el futuro, debiéndose revertir la tendencia sin más dilaciones, dando prioridad de tratamiento, cumpliendo las leyes vigentes, reformando y actualizando reglamentaciones y sobre todo insuflando desde la base de nuestra sociedad el reconocimiento a los adultos mayores, que en familias donde no se ha perdido la tradición ocupan un lugar relevante, siendo los mejores testigos los nietos y bisnietos que los llenan de besos, dándole un privilegio invalorable y razón de vivir.
“Otrora estuvieron vigentes los derechos de la ancianidad y son parte de los derechos humanos más básicos y elementales, tan publicitados, pero también tantas veces transgredidos por quienes parecería que no van a llegar a “viejos” y siembran el camino con una ingratitud que indudablemente repercutirá desfavorablemente en ellos mismos y sus descendientes
“La Convención Americana de Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica), que está incorporado a nuestra Carta Magna manifiesta, reafirma ‘su propósito de consolidar en este continente, dentro del cuadro de las instituciones democráticas, un régimen de libertad persona y justicia social, fundado en el respeto de los derechos esenciales del hombre’”
Y podríamos finalizar este artículo diciendo… todo parecido con la realidad de hoy es mera coincidencia, pero ¿realmente creemos que es mera coincidencia? ¿O es el resultado de políticas públicas similares, que nos están llevando por el mismo camino?.
Más allá de todo análisis político, hay una sensación amarga más profunda que me deja esta mirada retrospectiva. Las palabras de mi padre en 2001 no han perdido ni una coma de su fuerza, lo cual es un testimonio de su lucidez, pero también un derrape silencioso por el que va discurriendo nuestra sociedad. Dignificar a nuestros adultos mayores no es solo una cuestión de leyes o de porcentajes previsionales; es, ante todo, un acto de humanidad que comienza en casa y se extiende a cada esquina de nuestros barrios. Si aspiramos a un futuro con raíces sólidas, debemos dejar de mirar para otro lado o como está de moda decir hoy “fingir demencia”. Porque en el respeto que hoy les brindemos, estamos escribiendo el guión de nuestro propio destino; ese mismo que, tarde o temprano, también nos encontrará buscando una mano tendida que nos reconozca y nos valore.


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