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miércoles, 22 de abril de 2026

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


NUESTRA CIUDAD NO ES UNA ISLA


Es el corazón de un sistema vital que late mucho más allá de sus fronteras meramente administrativas. La región metropolitana exige un modelo de cooperación que supere la fragmentación actual. La avenida General Paz no puede separar lo que la realidad social y económica une.


Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. Dirección.



La ciudad de Buenos Aires junto a cuarenta municipios del conurbano bonaerense conforman una enorme megalópolis que se enfrenta a desafíos que necesitan ser atendidos. Las respuestas que se den a cada uno de los temas y problemáticas que hay que enfrentar, sin duda afectan de manera directa la vida diaria de quienes residimos en estos territorios y al mismo tiempo en materias más abarcativas, como es la infraestructura y cuestiones ambientales, impactan en el presente y condicionan el futuro.

Lo ideal, cuando abordamos temas tan complejos es comenzar exponiendo algunos datos básicos.

En términos poblacionales, el último censo (2022) determinó que dentro de los límites de la ciudad de Buenos Aires residimos 3.120.612 habitantes.

Cuando contemplamos a nuestra ciudad desde una perspectiva más integral, vemos que está inserta en un conglomerado mucho mayor, llamado área metropolitana de Buenos Aires -AMBA- en la que viven más de 16 millones de habitantes en una superficie de apenas 13,267 km2. Y lo único que separa es el límite interjurisdiccional de la avenida General Paz, una “frontera” por demás difusa en términos físicos, sociales y culturales.

Es decir, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y 40 municipios de la Provincia de Buenos Aires (Almirante Brown, Avellaneda, Berazategui, Berisso, Brandsen, Campana, Cañuelas, Ensenada, Escobar, Esteban Echeverría, Exaltación de la Cruz, Ezeiza, Florencio Varela, General Las Heras, General Rodríguez, General San Martín, Hurlinghan, Ituzaingó, José C. Paz, La Matanza, Lanús, La Plata, Lomas de Zamora, Luján, Marcos Paz, Malvinas Argentinas, Moreno, Merlo, Morón, Pilar, Presidente Perón, Quilmes, San Fernando, San Isidro, San Miguel, San Vicente, Tigre, Tres de Febrero, Vicente López, y Zárate) conforman una megalópolis, un fenómeno urbano, demográfico y político único en nuestro país porque en una superficie de apenas 0,4% del total del territorio del país, se concentra aproximadamente el 37 % de la población, el 50% del PBI y el 38% del padrón electoral.

Respecto a la movilidad, el AMBA es una región interconectada por las dinámicas propias de sus habitantes: diariamente se realizan 29 millones de viajes en todo el territorio, cruzando diferentes jurisdicciones municipales.

Más de 1 millón de vehículos ingresan diariamente a la Ciudad de Buenos Aires provenientes de la Provincia de Buenos Aires y alrededor de tres millones de personas cruzan entre la Ciudad y la Provincia a trabajar, estudiar, por atención médica, esparcimiento y/o para visitar a familiares y amigos.

Aproximadamente seis millones de personas utilizan la red de transporte público del AMBA; un porcentaje considerable de bonaerenses se atienden en la salud pública de la ciudad y forman parte del sistema de educación pública porteño. Al tiempo, nuestra ciudad  genera cada día 7.000 toneladas de residuos, una parte considerable la envía a rellenos sanitarios de la provincia de Buenos Aires, con el consiguiente impacto que esta disposición tiene sobre las localidades en las que se realiza.

Otro tema central, que no puede ser soslayado son las cuencas hidrográficas que comparte la ciudad con algunos de los municipios de la provincia, como el sistema del río Matanza – Riachuelo, los arroyos Cildañez, Maldonado y Medrano.

En el plano político, nuestra ciudad autónoma, sigue siendo la capital de la República Argentina y como tal, no podemos olvidar que a lo largo de la historia se vio beneficiada por una infraestructura que fue dotada con recursos del Estado Nacional. Un ejemplo claro son los 22 hospitales y los numerosos establecimientos educativos que pasaron de la órbita nacional a la jurisdicción local cuando en la década del ´90 el presidente Menem decidió municipalizar la salud y la educación. Como capital de la república, sigue manteniendo la responsabilidad institucional y constitucional de no discriminar a ningún residente del país.

Y vale tomar como ejemplo los hospitales y las escuelas. En el caso de los hospitales, no solo se transfirieron los edificios sino todo su equipamiento, y quizás, lo que es más importante y trascendente en el tiempo: los recursos humanos y el know how que se fue transfiriendo de generación a generación de profesionales formados en esos nosocomios. En el plano de la educación sucede algo similar. Y para poner solo un ejemplo en nuestra comuna, baste mencionar que el recientemente remodelado y restaurado Palacio Ceci fue una expropiación que hizo la Nación durante la presidencia de Onganía para que sea destinado a escuela de niños y jóvenes hipoacúsicos. A partir de la década del `90 pasó a ser patrimonio de la ciudad de Buenos Aires.

Desde una perspectiva federal, por su peso demográfico, político y en la economía real, lo que sucede en el AMBA repercute con fuerza en todo el país.Por eso, se requiere un diagnóstico y tratamientos adecuados.

Existen algunos dispositivos específicos que se fueron desarrollando enfocados a temas metropolitanos. Del agua y el saneamiento (AySA), de los residuos (CEAMSE), de la cuenca Matanza-Riachuelo (ACUMAR), de la distribución de frutas y verduras (Mercado Central) y del transporte de personas y bienes (Agencia Metropolitana de Transporte).

Antecedente más recientes de conseguir mayor institucionalidad a en el AMBA fue la creación de un gabinete metropolitano en el año 2016 y la creación, en esa misma época de la Comisión Consultiva del Área Metropolitana de Buenos Aires (COCAMBA), integrada por representantes del gobierno nacional, provincial y de la ciudad.

Pese a estos esfuerzos, la pandemia se transformó en un espejo del estado de situación de la región metropolitana. Al verificarse una serie de efectos producto de la misma, que tenían que ver con la realidad metropolitana, se expresaron cuestiones como la fragmentación del sistema sanitario, la falta o deficiencia de estadísticas e indicadores sociales confiables sobre los cuales tomar decisiones de política pública, y sobre todo la carencia de espacios institucionalizados de cooperación entre los actores gubernamentales.

Avanzar en un modelo de cooperación y gobernanza en el AMBA es uno de los grandes desafíos que enfrenta hoy nuestro país, la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Es necesario promover mayores instancias de diálogo en el nivel político, para avanzar en la conformación de espacios institucionalizados, de forma progresiva y capitalizando la experiencia de los entes existentes.

Es importante desarrollar una mirada integral que favorezca la coordinación de esfuerzos, recursos y acuerdos entre la diversidad de actores que pesan sobre estos territorios.

Favorecer la cooperación a nivel metropolitano permitirá identificar prioridades y definir objetivos; involucrar a los distintos actores de gobierno y de la sociedad civil que deben y pueden contribuir con estos fines; diseñar modalidades de trabajo entre los diferentes niveles y sectores; y en definitiva, articular esfuerzos y consensuar políticas públicas metropolitanas.

Millones de personas dependemos de ello y el bienestar de todos es el principal objetivo que debería estar en el horizonte de quienes nos gobiernan.

En definitiva, nuestra ciudad no es una isla, es el corazón de un sistema vital que late mucho más allá de sus fronteras meramente administrativas. Ignorar la realidad metropolitana es darle la espalda a la cotidianidad de millones de personas que día a día cruzan de un lado a otro de la avenida General Paz para trabajar, estudiar, sanar o simplemente para visitar a familiares y amigos. El gran desafío de nuestra época no es trazar límites, “levantar muros” y establecer compartimentos estancos, es construir puentes de gestión sólidos y transparentes. La “General Paz” debe dejar de ser vista como una frontera para consolidarse como un gran punto de encuentro que nosotros desde la comunidad unimos a diario. Hoy más que nunca, es necesario anteponer el bienestar común y la mirada integral a cualquier interés sectorial. Porque, al final, los gobiernos cumplen sus mandatos, los funcionarios en algún momento dejan sus cargos y los ciudadanos de a pie nos quedamos, disfrutando de las buenas políticas públicas o padeciendo las malas decisiones. Necesitamos que quienes nos representan fomenten la integración que nosotros practicamos en cada viaje, en cada encuentro y en cada abrazo.”

miércoles, 13 de diciembre de 2017

EDITORIAL

NOTA DE TAPA


EL FUTURO LO CONSTRUIMOS HOY

Cada sociedad tiene una mirada diferenciada de sus adultos mayores, del papel que le asignan y del rol que ellos cumplen en sus comunidades. 

¿Cuál es el que les damos en Argentina?


Escribe: Lic. MÓNICA RODRIGUEZ – Dirección

En la dinámica social Argentina se está impulsando un proceso de cambios que parecen trascender la dimensión política y económica para calar en aspectos más estructurales.
Quienes ya tenemos unos años y pasamos la barrera de los `50 sabemos que nada nuevo brilla bajo el sol y a veces uno tiene la sensación de estar dentro de una sala donde le vuelven a pasar películas ya vistas.
Así, hoy se vuelve a imponer en el debate público tres reformas trascendentes: laboral, previsional e impositiva.
En el tapete está una situación fiscal (de la Nación y las provincias) cada vez más apremiante y un endeudamiento externo que sube aceleradamente. Frente a ello las autoridades se centran en la necesidad de ajustar para que las cuentas públicas cierren o al menos paulatinamente vayan estando mejor.
Esta mirada economicista a prima facie es pragmática y razonable. No podemos seguir endeudándonos en forma eterna, hay que “apretarse el cinturón” (dirían nuestros padres). Esta es una cara de la realidad.
Pero hay otra, una cara más oculta, lacerante y erosiva para la estructura de cualquier nación que aspire a desarrollarse como es la creciente deuda interna que indubitablemente y desde hace décadas los sucesivos gobiernos no supieron saldar y frente a los “ajustes” se incrementa. Los últimos datos del Observatorio de la Deuda Social de la UCA indican que el 31,4% de los argentinos son pobres (13,5 millones), mientras el 5,9% son indigentes (2,5 millones). Dentro de estos números, el 48% de pobres son niños de entre 0 y 14 años. La situación de los adultos mayores es igual o aún más compleja. No podemos soslayar que estas cifras se dan a pesar de políticas públicas que contemplan la Asignación Universal por Hijo -que la actual gestión amplió a monotributistas- y a la declaración de Emergencia Social que buscó apuntalar a los más vulnerables.

En este contexto hoy se está discutiendo la reforma previsional que ya obtuvo media sanción en el Senado y parece que va a ser aprobada en diputados días más, días menos. El cambio en la fórmula de movilidad jubilatoria significaría que los beneficiarios verían resentidos sus ingresos con aumentos más magros que se verían traducidos en jubilaciones y pensiones mínimas que irán alejándose cada vez más de la posibilidad de cubrir una canasta básica que actualmente ya está un 50% por debajo de lo que debería ser. La misma fórmula se aplicaría a la AUH con resultados similares.
En términos económicos la nueva ley le permitiría al Estado “ahorrar” alrededor de $100.000 millones ó mas.
Si bien la ley tiene como destinatarios directos a los jubilados, pensionados y a las familias que perciben la AUH, la medida no es inocua para el mercado interno porque esos ingresos que le restan a los mencionados ya no se volcarán al consumo. De esta manera, invariablemente el ajuste tendrá un correlato indirecto en la cadena comercial y productiva. Pero esta no es más que una apreciación superficial y coyuntural.
Es una verdad de perogrullo que cuando un Estado define sus políticas económicas debe establecer prioridades, éstas irremediablemente se traducen en una determinada distribución del ingreso.
Hay otro análisis que quisiera compartir con ustedes: cada sociedad tiene una mirada diferenciada de sus adultos mayores, del papel que le asignan y del rol que ellos cumplen en sus comunidades.
Aquellos Estados que consideran a los adultos mayores como una carga social, limitan sus políticas y las orientan exclusivamente a atender las necesidades más básicas y elementales.
Aquellos países que ponderan el valor del adulto mayor y lo mucho que éste tiene para dar a la sociedad en la cual se desenvuelve, van mucho más allá. En éstos, la persona mayor adquiere otra dimensión y su función social tiene un sentido especial. Son sociedades que reconocen los derechos de los ancianos y se abocan a generar políticas públicas con PROYECTOS SOCIALES que incluyen a esta franja etaria. Esto se traduce en una prolongación de la expectativa de vida acompañada de una mejor calidad y más inserción social del adulto mayor. La contracara es un conjunto social que se retroalimenta y se ve enriquecido con los aportes que sólo puede otorgar la experiencia y la sabiduría que dan los años.
Los derechos humanos están directamente relacionados con la justicia social y el bien común se realiza plenamente cuando los ciudadanos están conscientes de sus prerrogativas para que el Estado cumpla su misión unificadora de proteger los intereses y esfuerzos de todos.
La participación en la vida y en la organización de la comunidad política reafirman el deber de acatar un ordenamiento que torne a nuestros mayores actores menos vulnerables.
Aquí juega la responsabilidad y la comprensión del valor de la dignidad en el eslabón familiar y comunitario que representan nuestros adultos mayores, no sólo por la edad sino por la trascendencia y justo merecimiento que deben reflejarse en actitudes de cariño, protección y respeto hacia ellos.
Nuestros mayores son nuestro tesoro, invaluable en términos económicos pero fundamentales si nos nutrimos de sus experiencias y saberes para ponerlas al servicio de la comunidad. De nosotros depende, capitalizarlas o dilapidarlas.
Suenan justas entonces las palabras de Francisco I: «Un pueblo que no cuida a los abuelos y no los trata bien es un pueblo que no tiene futuro».

lunes, 3 de abril de 2017

ACTUALIDAD

MANIFESTACIONES POPULARES

NO CAIGAMOS EN LA TRAMPA

Vivimos el sábado, como a lo largo de todo el mes de marzo una nueva muestra de la efervescencia con la que el pueblo argentino está viviendo el momento actual.


Escribe: Lic. MÓNICA RODRIGUEZ

La calle se ha transformado en el escenario central de la exposición de conflictos y como en botica hay de todo y para todos los gustos: desde denuncias a la política económica que está generando pérdida de fuentes de trabajo, desaparición de empresas (principalmente PYMES), aumento de la pobreza; reclamos gremiales de índole salarial que anticipan una posible flexibilización laboral; por la inseguridad; contra la violencia de género y de todo tipo, y el último 24 de marzo por el Día de la Memoria. Hechos que movilizaron a cientos de miles de habitantes, que si hiciéramos una sumatoria se contarían en millones.
Del otro lado, como en un ring, estuvieron los que frente a aquellas multitudinarias manifestaciones interpretaron que era necesario salir a “defender la democracia”, considerando que podría estar en peligro. Y así lo hicieron el sábado pasado en la ciudad de Buenos Aires y en múltiples ciudades del resto del país. También una expresión que puede contarse en cientos de miles.
En el medio, como siempre se filtran los extremos de uno y otro lado con exabruptos desorbitados como aquellos que acusan a la anterior o a la actual gestión de ser dictaduras y todo tipo de improperios hacia quienes ejercieron o ejercen la primera magistratura, olvidando o queriendo deslegitimar que fue el imperio de los votos lo que llevó a unos y a otros a gobernar. Estos extremistas, cada uno envuelto en su microclima son los mismos que se ensalzan deslegitimando a sus pares: unos por acusar a los “otros” de oligarcas ó "gorilas" y los “otros” por endilgarle a “estos” la etiqueta de indignos que no merecen ejercer sus derechos como si el título de “gente” o “ciudadano” correspondiera a una clase en desmedro de otras.
Y como los extremos siempre se tocan como dos caras de una misma moneda, una parte de la clase dirigente parece regodearse con estas posturas antagónicas y tensan la “cuerda” lo más que se pueda, de manera de polarizar, sacando a todos “los moderados” del cuadrilátero, como si todo se dirimiera entre  “blanco o negro”.
Y esta es la gran trampa en la que sin darnos cuenta estamos cayendo los argentinos. En una sociedad cada día más inelástica y con menos margen de maniobra por el deterioro social en el que vive, este parece un juego perverso y arriesgado que nos puede hacer perder la Paz Social y llevar a nuestro país a una mayor postración.

La realidad es que estamos padeciendo políticas pendulares desde hace más de cuatro décadas, con modelos de gobierno que no están basados en un proyecto de país a largo plazo sino en planes mesiánicos de regímenes que creen o le hacen creer a la población que son los salvadores de la Patria a cuyo término, más tarde o más temprano siempre volvemos a caer en crisis, y en el mejor de los casos a su salida siempre nos van dejando un lastre mayor al del crac anterior. Somos como un enfermo crónico, con períodos más estables y períodos de crisis pero que a pesar de los medicamentos paliativos indefectiblemente a lo largo del tiempo su salud se va deteriorando. Y en esto, el índice de pobreza estructural es irrebatible: 30%.
La verdad es que hasta que los argentinos no percibamos que estamos todos en el mismo barco y en vez de enfrentarnos entre nosotros le exijamos a nuestra clase dirigente –política, sindical, empresarial y social- que deben sentarse a debatir y consensuar un proyecto de país sostenible a largo plazo donde se fijen las principales políticas de Estado para las próximas generaciones y los sucesivos gobiernos independientemente del color político que tengan se comprometan a cumplirlo, nuestro país no tendrá destino.
Y esto parece que no vendrá de una elite esclarecida, porque gran parte de nuestra clase política parece sentirse muy cómoda en la posición en la que está, defendiendo intereses particulares y/o sectoriales, lejos del Bien Común.

Quizás la mejor y mayor manifestación debería ser un pueblo unido que se pone de pie eligiendo vivir en Paz y exigiendo a los dirigentes que superen los conflictos y las tensiones a través del verdadero diálogo, en el ejercicio pleno de nuestras instituciones y en el marco del Estado de Derecho, no permitiendo más discursos falaces, “diálogo de sordos” o simulacros de acuerdos que “borran con el codo lo que firman con la mano”.
Los argentinos, después de más de cincuenta años de sucesivos golpes de estado, supimos sostener una democracia, quizás con muchos defectos, pero con aciertos, que ya lleva casi 35 años. Nos resta decidirnos y unirnos a construir un país hacia el desarrollo sostenible.