NOTA DE TAPA
"SOLO LE PIDO A DIOS QUE LA GUERRA NO ME SEA INDIFERENTE"
El orden internacional actual parece haber quebrado las reglas de juego y olvidado que detrás de cada cifra y de cada frontera hay vidas que merecen ser vividas. Si la escalada de violencia es hoy una realidad planetaria, la respuesta debe ser la resistencia ética y la defensa de la vida como la mejor y mayor defensa para recuperar la paz y no caer en la barbarie.
Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. Dirección
Vivimos tiempos de cambios abruptos donde parece imponerse un nuevo (des)orden internacional que atiende más a la ley del más fuerte y a un canibalismo que no respeta pueblos, razas ni fronteras y rompe un sistema de convivencia mundial, que aunque imperfecto, está regido por los preceptos del derecho internacional vigente.
Los medios de comunicación y redes sociales, muchas veces reñidas con la moral y la ética, parecen estar al servicio de colonizar mentes en nombre de la libertad.
En este momento, en el que estoy escribiendo estas líneas, cientos o miles de personas deben estar feneciendo a manos de un enemigo -para la gran mayoría impensado- en algunas de las treinta y seis guerras que se están disputando en el mundo.
Y aunque algunos crean que hay “salvadores”, nunca más acertada la poesía de León Gieco que en uno de sus versos dice “la guerra es un monstruo grande y pisa fuerte la pobre inocencia de la gente”.
Conflictos armados el mundo nunca dejó de tener. Sin embargo, la escalada de violencia que la humanidad está viviendo en los últimos meses hace temer a algunos que estemos al borde de una tercera guerra mundial, mientras otros ya no dudan en afirmar que el conflicto bélico a escala planetaria ya está desatado.
Entonces, viene a mí una segunda reflexión, esta vez, nada más y nada menos que de Albert Einstein, quien predijo: “no sé qué armas habrá en la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”.
A diferencia de Einstein que escribió estas líneas en 1939, hoy sabemos que en las guerras se están utilizando armas sofisticadas: drones, robots, misiles con distintos alcances alimentados desde bases de datos y algoritmos que circulan a la velocidad de la luz por las nubes de internet unidos a plataformas manejadas con inteligencia artificial. Y por supuesto, siempre latente se mantiene en las sombras la amenaza de utilización de armas nucleares que poseen 9 grandes potencias y nunca se sabe si alguna de ellas se atreverá a dispararlas.
Las consecuencias de lo que puede suceder en el escenario internacional son realmente impredecibles y hacen temer por el futuro de todos los que estamos “¡subidos a este mundo y no nos queremos bajar!”. Las guerras siempre se sabe cuándo comienzan y quiénes las inician, pero nunca cuánto duran y cómo terminan.
Por eso hoy y ante todo, el objetivo más urgente debe ser recuperar la Paz partiendo del respeto a los derechos humanos, el derecho de los pueblos consagrados a través de acuerdos, la Carta de la Naciones Unidas y todos los organismos que regulan las relaciones internacionales.
En momentos de crisis nadie queda exento de responsabilidad y es sobre el disenso que corresponde construir el diálogo y la convivencia porque de lo contrario el ejercicio de la fuerza implica la disgregación, que en la dimensión de los hechos en que está sucediendo es de imponderables consecuencias.
La historia del mundo evidencia que los pueblos pueden sufrir turbulencias, vicisitudes extremas, incluso guerras y catástrofes, pero solo se sobreponen aquellos que superan las divergencias en beneficio de la unión y la confraternidad.
Como Nación, la primera pregunta que deberíamos hacernos es si el lugar en el que algunos pretenden ubicarnos en el concierto internacional es realmente donde queremos estar y que amenazas significan para nuestro pueblo.
A este debate ninguno debería ser indiferente puertas adentro de nuestro país. En cada mesa familiar, en cada reunión comunitaria, en cada municipio y gobernación deberíamos bregar por la paz ante todo y por encima de todo, porque esa siempre ha sido la característica de comunidad, un pueblo que se caracterizó por sus rasgos solidarios y por hacer frente a los grandes problemas, uniendo voluntades para conformar una fuerza de superación. Por supuesto, a veces la diversidad de intereses y ciertas individualidades lo han dificultado, pero a la postre los caminos nos han llevado a reconocer que la solución siempre está en la búsqueda del bien común.
La cooperación rompe con el individualismo que debe estar unido a gobernantes que respeten la ética y gobernados conscientes de sus obligaciones. Este debe ser el marco para construir un futuro inmediato poniendo en primer lugar y ante todo los derechos humanos proclamados, que no podemos permitir que sean ignorados.
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