NOTA DE TAPA
RECONSTRUIR EL HORIZONTE
El desafío de devolverle a la educación su lugar protagónico, como motor del progreso personal y desarrollo del país.
De la Argentina del guardapolvo blanco y nuevas generaciones universitarias al debate actual. Un análisis que abraza la memoria histórica y la fuerza de la comunidad educativa. La crisis como nueva oportunidad.
Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. Dirección
Históricamente la educación ha sido en Argentina un puente al progreso individual y una esperanza para el desarrollo colectivo. Durante décadas nos enorgullecimos de contar con una educación pública, de calidad, libre y gratuita para todos, una educación que supo no discriminar ni por origen ni sector social y abrió horizontes a jóvenes que pudieron insertarse en el mundo laboral. Una educación pensada para contribuir a forjar un futuro de crecimiento personal pero también concebida para un país que aspiraba al desarrollo a partir no solo de la explotación y exportación de productos primarios y extracción de recursos naturales, sino también cimentando una estructura económica con sólido mercado interno producto de la fuerza de la industria, el impulso de la ciencia y tecnología, el fortalecimiento de las economías regionales y el dinamismo del comercio, como factores de sostenimiento de la actividad y motores de transformación.
Hoy ese modelo está siendo puesto en crisis. Una vez más. En los últimos cincuenta años Argentina ya atravesó por pasajes similares. Y cada uno de ellos dejó un tendal de sectores sociales dañados, pérdidas de empresas de capital nacional y ciudadanos que no fueron capaces de reinsertarse. Sumado a ello los aciertos y desaciertos de gobiernos que pretendieron ir por otros caminos, nos trajeron hasta aquí. Pero esta vez, a diferencia de otras, los cambios son más profundos, más acelerados y pueden ser determinantes e irreversibles. Vamos hacia un perfil de país muy distinto al que conocemos, al menos quienes hoy somos contemporáneos. En este proyecto, los replanteos no son sólo económicos, son transformaciones multidimensionales, que llevan la bandera de la denominada “batalla cultural”.
Ante eso y como simples ciudadanos de a pie, no podemos menos que preguntarnos ¿Hacia qué tipo de sociedad vamos? ¿Qué implicancias y consecuencias tiene este nuevo proyecto de país? ¿Qué sectores serán los ganadores y cuáles estarán entre los perdedores? ¿Qué tipo de educación necesita el modelo que se está implementando hoy? ¿Una educación para todos o segmentada, a la que solo pueda acceder una parte de la población? ¿Cómo podrán insertarse los individuos al mercado de trabajo? ¿Habrá trabajo para todos? ¿Qué papel jugará la tecnología y la Inteligencia Artificial en la modificación de las reglas de juego? ¿Es un modelo hacia una sociedad más justa e inclusiva? ¿Qué pasará con los que queden afuera del sistema? Y fundamentalmente, ¿Es el tipo de país en el que queremos vivir? ¿Es la nación que soñamos dejarle a nuestros hijos?
Esta última pregunta es medular. Mi papá, que nació en 1927 en el seno de una familia humilde, siempre me contaba que desde muy chico y ante la imperiosa necesidad, se vio obligado a dejar sus estudios cuando terminó la escuela primaria, a pesar de ser el mejor promedio de la clase y abanderado de la escuela. Él no pudo elegir, no le dieron la oportunidad, tuvo que ir a trabajar. En el caso de mi papá, su prodigiosa capacidad y tenacidad, le permitieron ir forjándose a lo largo de su vida una formación autodidacta, pero siempre me pregunté ¿Qué hubiese pasado si él hubiera tenido la posibilidad de seguir estudiando y contar con un título bajo el brazo?, ¿Hasta dónde habría llegado una persona dotada con su inteligencia y empatía? Es un análisis contra fáctico imposible de responder, pero lo cierto es que en aquellos tiempos estudiar era un privilegio difícil de alcanzar para quienes provenían de familias pobres. A las niñas de las clases más desfavorecidas se las solía enviar a estudiar corte y confección para que tuvieran una salida laboral o pudieran hacer su ropa; a los varones, desde muy corta edad se los ponía como aprendices de carpintería, construcción, zapatero o cualquier otro oficio... Pero llegarían épocas donde los hijos de aquellos sacrificados trabajadores tuvieron mejores oportunidades desde un Estado que cambió las reglas. Las mejores condiciones de vida y el reconocimiento de ciertos derechos hicieron que muchos pudieran soñar con que sus hijos concluyeran estudios secundarios e incluso llegaran a la universidad. Así la tan mentada y aspiracional frase “m’hijo, el doctor” comenzó a ser una realidad que enorgullecía a padres que veían a su descendencia convertida en profesionales, un pasaporte casi asegurado a un mejor porvenir. En la Argentina del día de hoy sigue habiendo primeras generaciones de jóvenes universitarios y a juzgar por las últimas y masivas movilizaciones es algo que de manera transversal e independientemente del pensamiento político de cada uno, el conjunto social parece querer defender como un derecho adquirido que no está dispuesto a soltar.
Pero la realidad de hoy es mucho más compleja. Los jóvenes no solo se enfrentan a un contexto de incertidumbre económica, no menos desafiante es para ellos la transformación tecnológica impulsada por la IA que está trayendo modificaciones superlativas en el mundo laboral. Ya no alcanza con encontrar una vocación como pasaje a un mejor futuro, el desafío es mucho mayor, los chicos deben ser capaces de darle sentido y proyectar su vida.
Llegar hoy a los estudios superiores no es tarea sencilla, partiendo que muchos jóvenes no logran visualizar su futuro y no pueden imaginar qué trabajo tendrán a los 30. Así lo reflejan distintas investigaciones.
Un informe publicado por Radar Educativo señala que “más de la mitad de los adolescentes argentinos (52%) no proyecta su futuro laboral”. Guillermina Laguzzi, una de las autoras de este trabajo expresa “estamos ante una señal de alerta sobre cómo la escuela y la sociedad están preparando a las nuevas generaciones para transitar el mundo del trabajo”. Y agrega: “Esta incertidumbre se concentra más en quienes ya parten en desventaja por su nivel socioeconómico o su rendimiento académico”.
Es cierto, no todos los chicos cuentan con las mismas herramientas. Elegir el camino puede ser más sencillo para aquellos que crecen rodeados de profesionales universitarios, manejan idiomas, viajan, poseen mejor acceso a la información y cuentan con redes de contacto, mientras otros están más condicionados porque provienen de hogares donde los adultos tienen trabajos inestables o viven en ambientes donde la lucha diaria por la supervivencia se antepone a cualquier sueño compartido. Estas realidades se agudizan aún más en familias numerosas, hogares monoparentales donde la mujer es el único sostén de familia o lugares en los niños y adolescentes que conviven con la violencia y/o adicciones intrafamiliares.
Las posibilidades concretas que rodean a cada adolescente son las que amplían sus horizontes o las que los van cercando, no es falta de sueños, es falta de referencias. Existen jóvenes muy capaces pero desconocen ciertos caminos porque nadie de su entorno transitó esas experiencias y por lo tanto no los pueden guiar. Es ahí donde la escuela y las políticas públicas cumplen un rol clave: acercar mundos que hoy parecen muy ajenos.
Pero la escuela secundaria se ha convertido en mucho más que eso y está obligada a cumplir roles para los cuales no fue pensada. Es el epicentro, el punto en el que convergen múltiples emergentes, es en definitiva una “caja de resonancia” de una sociedad cada vez más heterogénea y segmentada, donde la desigualdad ya no es circunstancial, sino que se está volviendo estructural y estamental.
Veamos algunos datos. Según el Observatorio de Argentinos por la Educación, en la ciudad de Buenos Aires los jóvenes que egresan en tiempo y forma (sin repetir ni abandonar, con niveles académicos satisfactorios en las pruebas estandarizadas de Lengua y Matemática) es el 23%. Y si este número parece bajo, hay que decir que es el más alto del país, porque en otras provincias apenas el 10% de la población escolar cumple con estos estándares. Si se deja de lado el desempeño académico y solo se mide el flujo escolar (es decir, el estudiante que ingresa a primer año y logra alcanzar el último año de la secundaria en el tiempo estimado), el índice trepa al 61% de los estudiantes.
Pero estos son valores promedio. Los porcentajes varían significativamente según el sector de gestión (estatal o privado). En las escuelas de gestión privada el desgranamiento es menor, mientras que en la gestión estatal el abandono o la repitencia estiran el tiempo de egreso de los chicos, llevando a que muchos terminen sus estudios más tarde a través de planes de terminalidad o bachilleratos de adultos.
En esta línea, un reciente relevamiento realizado por FUNDAR y CIAS en quince escuelas de barrios populares del AMBA da muestra de ello. El informe reveló que el 42% de los jóvenes encuestados de entre 19 y 24 años abandonaron la escuela y de los que asisten el 59% tiene sobre edad. De los chicos que asisten a estas escuelas, el 79% comenzó a trabajar antes de los 18 años y un 36% antes de los 16 años. Algunos chicos también suelen acumular inasistencias o abandonan la escuela para cuidar a hermanos más pequeños por la necesidad de los padres de enfrentar largas jornadas de trabajo.
Estos no son solo “datos”, detrás de cada número hay jovencitos y familias que atraviesan realidades muy disímiles y el único punto de encuentro para muchos de ellos es precisamente la escuela, que no está preparada para barajar ciertas realidades que irrumpen en el aula y la sacan de foco del proceso enseñanza-aprendizaje, que es la tarea esencial que deberían cumplir estas instituciones.
La investigación cuenta que dentro de las aulas conviven perfiles con trayectorias muy distintas, y lo que los diferencia no son capacidades individuales sino condiciones de vida. Los docentes diferencian a los comprometidos de los desconectados (que asisten pero no se involucran en el aprendizaje y priorizan el trabajo) y luego están los conflictivos, que reproducen en el aula la dinámica de la calle en la que no están exentos los malos comportamientos y la violencia. La directora de una de estas escuelas estima “sólo un 40% de sus estudiantes tiene un proyecto de vida vinculado al estudio”.
El documento detalla que las escuelas públicas de barrios populares del AMBA deben hacer muchas más cosas además de enseñar… “Distribuyen alimentos, median conflictos familiares, consiguen turnos médicos, detectan situaciones de abuso y violencia, alojan a quienes sufren inundaciones y enfrentan una pandemia invisible de salud mental que las hace operar en modo bombero. El 52% de los jóvenes encuestados reporta haber sufrido ansiedad y el 37% depresión. El 51% dice que la mayoría de sus amigos consume drogas y el 15% reconoce ser o haber sido adicto.” El resultado es que muchas escuelas están desbordadas por estas problemáticas.
En sus consideraciones finales la investigación subraya que “los niños, jóvenes y adolescentes no crecen solos, crecen en tramas sociales. Tramas que entretejen familias, escuelas, servicios y espacios de sociabilidad que, cuando funcionan, les permiten acumular los recursos que necesitan para imaginar una vida que les organice el presente” Y a modo de advertencia, dicen “Lo que este trabajo muestra es que en los barrios populares bajo estudio esas tramas están fuertemente deterioradas: muchas familias ya no pueden acompañar la crianza de sus hijos, los servicios están sobrepasados, el barrio carece de alternativas a 'a esquina' (donde las malas juntas llevan a que los chicos que quedan fuera de la escuela caigan rápidamente en la droga y/o a delinquir). Se necesitan mejores lugares donde crecer, que tengan mejores escuelas”.
Desde las entrañas de la enseñanza secundaria este tema surge en cada sala de profesores, aunque esas charlas suelen quedar entre esas cuatro paredes. “Más allá de la catarsis” es un podcast realizado por un grupo de docentes de escuelas medias públicas de la ciudad de Buenos Aires que se anima a analizar estas realidades que atraviesan los claustros escolares. Realizan entrevistas a especialistas, invitan a un debate abierto y hacen propuestas partiendo de su experiencia y su mirada.
Seleccionamos algunas para compartir en estas páginas:
• Aulas superpobladas. Sostienen que décadas de desfinanciamiento llevó a una falta de infraestructura adecuada. Y aseguran que la baja de la natalidad puede ser una oportunidad para elevar la calidad educativa. Proponen que en vez de cerrar cursos, se vaya disminuyendo la cantidad de alumnos por aula hasta llegar a un número ideal de 25 chicos por curso.
• Espacio escolar para estar y estudiar. Los deterioros en la infraestructura no solo se limitan a cuestiones edilicias. Los chicos suelen estar en ámbitos donde no ven verde ni cielo. Es necesario que las instituciones tengan un lugar para correr, jugar un partidito de fútbol, espacios verdes para sentarse y charlar debajo de un árbol… No solo pesan las cuestiones básicas.
• Desinterés de ir a la escuela. Para muchos jóvenes está en crisis el sentido de estar en la escuela. Es otra de las preocupaciones de estos docentes. Según su visión “la escuela ya no es señal de salida futura. El título de la secundaria ya no garantiza nada. Hoy los chicos empiezan a laburar antes de tener el título. La escuela no está demostrando un propósito real”. Muchos jóvenes lo ven “como un trámite que hay que cumplir o que 'lleva a…'”.
Estos profesores creen que “hay que volver a construir un contrato pedagógico con los estudiantes. La escuela debe formar, enseñar y dejar algo valioso”.
Observan que hay escuelas que funcionan mejor que otras. Y las que funcionan bien son aquellas que tienen un propósito claro, por ejemplo: las técnicas, artísticas, normales… La clave para ellos es vincular más la escuela con el mundo del trabajo y los estudios superiores. Dentro de los incentivos, puede ser clave promover viajes de estudio, becas, materiales y convocatorias de investigación que le abran a los chicos nuevos horizontes. La escuela debe buscar una forma de premiar el estudio y el esfuerzo; que no pierda valor.
• Reglas claras. Ni punitivismo ni antipunitivismo. ¿Cómo lidian las secundarias con el desorden, el mal comportamiento y la violencia? Cómo se generan las condiciones que establezcan una convivencia sana en la escuela?. Los docentes señalan que hay chicos revoltosos que no permiten que se dicten clases. Esto es normal. Lo anormal es la inacción desde la escuela. Establecer reglas de no sanción muchas veces hace que los docentes sientan que no se pueda hacer nada. Hay que defender que la escuela haya orden para poder aprender. El orden no se construye solo con medidas disciplinarias, se construye con el ejemplo, con un proyecto de escuela coherente y ante los problemas, que haya reglas claras y consecuencias que se aplican. Actualmente, de acuerdo a los códigos de convivencia se sigue un protocolo: poner notas en el cuaderno, citar a la familia, un acta de compromiso con el estudiante y si ese compromiso se rompe, está la última instancia que es el consejo de convivencia que evaluará que medida tomar, que puede ser el cambio de curso, cambio de turno o incluso cambio de escuela. El sentido del protocolo es que el estudiante pueda en cada paso ir reflexionando sobre su comportamiento, pero lo que suele suceder es que el tiempo que se demora en seguir todos esos pasos, la ruptura de las reglas hace ver que no se está tomando ninguna decisión. Y esto es malo para la escuela y para la convivencia porque hace ver que en la escuela se puede hacer cualquier cosa.
Los profesores apuntan una reflexión: “muchas veces centrarse en los chicos problemáticos lleva que no se atiendan las necesidades de los otros. Por eso, quizás se tiene que evaluar medidas disciplinarias fuertes, que existen, pero generalmente no se aplican (suspensiones con efecto real sobre las faltas y la regularidad) y por otro lado la expulsión de los estudiantes que ya pasaron por todas las instancias de diálogo”.
En este último punto cabe preguntarse ¿Qué pasa con los revoltosos, “inadaptados” o “desconectados” si se los saca de las escuelas?. Según los registros, ya hay una importante deserción escolar en el nivel medio, si a ello le sumamos más chicos que queden expulsados del sistema por “inadaptados” o porque no responden a los estándares académicos, puede significar que más de ellos terminen en la “esquina” y expuestos a las “malas juntas”. Las autoridades han constatado que el ciclo que lleva a un chico que abandona la escuela a quedar atrapado por las drogas y/o delincuencia puede ser un corto lapso de apenas seis meses. Debe haber un plan “B”.
Ese "plan B" no puede ser el calabozo ni el desamparo de la calle; debe ser una red contundente de políticas públicas, comunidad e instituciones intermedias que sostengan allí donde la escuela tradicional ya no llega. Implica pensar en trayectorias alternativas, escuelas de oficios conectadas con el siglo XXI, espacios de salud mental accesibles y un rol del Estado que no actúe solo como “bombero” o permanezca indiferente ante la crisis, sino que sea un arquitecto de oportunidades.
La escuela pública argentina tiene una historia dorada que la respalda, pero no puede cargar sola con el peso de un tejido social que se viene deshilachando y con estados que la vienen desfinanciando.
Redefinir la escuela y su régimen de convivencia es urgente para cuidar a los que quieren aprender, pero no podemos perder de vista el mapa completo. La educación fue históricamente el motor de la movilidad social en Argentina, si el nuevo modelo de país prescinde de la educación como herramienta de desarrollo colectivo y la reduce a un bien de consumo segmentado, la fractura será irreversible.
Al final del día, la pregunta sigue siendo la misma que nos desvela como sociedad: ¿qué vamos a hacer con los que se caen del mapa? Porque un país que se resigna a perder a sus jóvenes en "la esquina" o a encerrarlos en una cárcel, es un país que está rifando, inexorablemente, su futuro.
Recordando a mi papá y a su ejemplo de vida, no me gustaría volver a esa Argentina en la que él se crió, quiero ese país donde el mérito y el trabajo encontraban un Estado que abría puertas a un mejor porvenir individual y aspiraba al desarrollo en todas sus potencialidades.
La educación no es un gasto, es la inversión más elemental en defensa propia que podemos hacer como comunidad. No se trata de romantizar el pasado ni de ignorar que la Inteligencia Artificial está cambiando las reglas del juego; se trata de dirimir cuestiones mucho más elementales y es dilucidar en la nación que vale la pena soñar para nuestros hijos.




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