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miércoles, 20 de mayo de 2026

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


RECONSTRUIR EL HORIZONTE


El desafío de devolverle a la educación su lugar protagónico, como motor del progreso personal y desarrollo del país.


De la Argentina del guardapolvo blanco y nuevas generaciones universitarias al debate actual. Un análisis que abraza la memoria histórica y la fuerza de la comunidad educativa. La crisis como nueva oportunidad.


Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. dirección



Históricamente la educación ha sido en Argentina un puente al progreso individual y una esperanza para el desarrollo colectivo. Durante décadas nos enorgullecimos de contar con una educación pública, de calidad, libre y gratuita para todos , una educación que supo no discriminar ni por origen ni sector social y abrió horizontes a jóvenes que pudieron insertarse en el mundo laboral. Una educación pensada para contribuir a forjar un futuro de crecimiento personal pero también concebida para un país que aspiraba al desarrollo a partir no solo de la explotación y exportación de productos primarios y extracción de recursos naturales, sino también cimentando una estructura económica con sólido mercado interno producto de la fuerza de la industria, el impulso de la ciencia y tecnología, el fortalecimiento de las economías regionales y el dinamismo del comercio, como factores de sostenimiento de la actividad y motores de transformación.

Hoy ese modelo está siendo puesto en crisis. Una vez más. En los últimos cincuenta años Argentina ya atravesó por pasajes similares. Y cada uno de ellos dejó un tendal de sectores sociales dañados, pérdidas de empresas de capital nacional y ciudadanos que no fueron capaces de reinsertarse. Sumado a ello los aciertos y desaciertos de gobiernos que pretendieron ir por otros caminos, nos trajeron hasta aquí. Pero esta vez, a diferencia de otras, los cambios son más profundos, más acelerados y pueden ser determinantes e irreversibles. Vamos hacia un perfil de país muy distinto al que conocemos, al menos quienes hoy somos contemporáneos. En este proyecto, los replanteos no son sólo económicos, son transformaciones multidimensionales, que llevan la bandera de la denominada “batalla cultural”.

Ante eso y como simples ciudadanos de a pie, no podemos menos que preguntarnos ¿Hacia qué tipo de sociedad vamos? ¿Qué implicancias y consecuencias tiene este nuevo proyecto de país? ¿Qué sectores serán los ganadores y cuáles estarán entre los perdedores? ¿Qué tipo de educación necesita el modelo que se está implementando hoy? ¿Una educación para todos o segmentada, a la que solo pueda acceder una parte de la población? ¿Cómo podrán insertarse los individuos al mercado de trabajo? ¿Habrá trabajo para todos? ¿Qué papel jugará la tecnología y la Inteligencia Artificial en la modificación de las reglas de juego? ¿Es un modelo hacia una sociedad más justa e inclusiva? ¿Qué pasará con los que quedan fuera del sistema? Y principalmente, ¿Es el tipo de país en el que queremos vivir? ¿Es la nación que soñamos dejarle a nuestros hijos?

Esta última pregunta es medular. Mi papá, que nació en 1927 en el seno de una familia humilde, siempre me contaba que desde muy chico y ante la imperiosa necesidad, se vio obligado a dejar sus estudios cuando terminó la escuela primaria, a pesar de ser el mejor promedio de la clase y abanderado de la escuela. Él no pudo elegir, no le dieron la oportunidad, tuvo que ir a trabajar. En el caso de mi papá, su prodigiosa capacidad y tenacidad, le permitieron ir forjándose a lo largo de su vida una formación autodidacta, pero siempre me pregunté ¿Qué hubiera pasado si él hubiera tenido la posibilidad de seguir estudiando y contar con un título bajo el brazo?, ¿Hasta dónde habría llegado una persona dotada con su inteligencia y empatía? Es un análisis contra fáctico imposible de responder, pero lo cierto es que en aquellos tiempos estudiar era un privilegio difícil de alcanzar para quienes provenían de familias pobres. A las niñas de las clases más desfavorecidas se las solía enviar a estudiar corte y confección para que tuvieran una salida laboral o pudieran hacer su ropa; a los varones, desde muy corta edad se los ponía como aprendices de carpintería, construcción, zapatero o cualquier otro oficio... Pero llegarían épocas donde los hijos de aquellos trabajadores sacrificados tuvieron mejores oportunidades desde un Estado que cambió las reglas. Las mejores condiciones de vida y el reconocimiento de ciertos derechos hicieron que muchos pudieran soñar con que sus hijos concluyeran estudios secundarios e incluso llegaran a la universidad. Así la tan mentada y aspiracional frase “m'hijo, el doctor” comenzó a ser una realidad que enorgullecía a padres que veían a su descendencia convertida en profesionales, un pasaporte casi asegurado a un mejor porvenir. En la Argentina del día de hoy sigue habiendo primeras generaciones de jóvenes universitarios y a juzgar por las últimas y masivas movilizaciones es algo que de manera transversal e independientemente del pensamiento político de cada uno, el conjunto social parece querer defender como un derecho adquirido que no está dispuesto a soltar.

Pero la realidad de hoy es mucho más compleja. Los jóvenes no solo se enfrentan a un contexto de incertidumbre económica. No menos desafiante es para ellos la transformación tecnológica impulsada por la IA que está trayendo modificaciones superlativas en el mundo laboral. Ya no alcanza con encontrar una vocación como pasaje a un mejor futuro, el desafío es mucho mayor, los chicos deben ser capaces de darle sentido y proyectar su vida.

Llegar hoy a los estudios superiores no es tarea sencilla, partiendo que muchos jóvenes no logran visualizar su futuro y no pueden imaginar qué trabajo tendrán a los 30. Así lo reflejan distintas investigaciones.

Un informe publicado por Radar Educativo señala que “más de la mitad de los adolescentes argentinos (52%) no proyecta su futuro laboral” . Guillermina Laguzzi , una de las autoras de este trabajo expresa “estamos ante una señal de alerta sobre cómo la escuela y la sociedad están preparando a las nuevas generaciones para transitar el mundo del trabajo”. Y agrega: “Esta incertidumbre se concentra más en quienes ya parten en desventaja por su nivel socioeconómico o su rendimiento académico”.

Es cierto, no todos los chicos cuentan con las mismas herramientas. Elegir el camino puede ser más sencillo para aquellos que crecen rodeados de profesionales universitarios, manejan idiomas, viajan, poseen mejor acceso a la información y cuentan con redes de contacto, mientras que otros están más condicionados porque provienen de hogares donde los adultos tienen trabajos inestables o viven en ambientes donde la lucha diaria por la supervivencia se antepone a cualquier sueño compartido. Estas realidades se agudizan aún más en familias numerosas, hogares monoparentales donde la mujer es el único sostén de familia o lugares en los niños y adolescentes que conviven con la violencia y/o adicciones intrafamiliares.


Las posibilidades concretas que rodean a cada adolescente son  distintas, mientras algunos amplían sus horizontes a otros se les va  van cercenando, no es falta de sueños, es falta de referencias . Existen chicos muy capaces pero desconocen ciertos caminos porque nadie de su entorno transitó esas experiencias y no los pueden guiar. Es ahí donde la escuela y las políticas públicas cumplen un rol clave: acercar mundos que hoy parecen muy ajenos.

Pero la escuela secundaria se ha convertido en mucho más que eso y está obligada a cumplir roles para los cuales no fue pensada. Es el epicentro, el punto en el que convergen múltiples emergentes, es en definitiva una “caja de resonancia” de una sociedad cada vez más heterogénea y segmentada, donde la desigualdad ya no es circunstancial, sino que se está volviendo estructural y estamental.

Veamos algunos datos. Según el Observatorio de Argentinos por la Educación , en la ciudad de Buenos Aires los jóvenes que egresan en tiempo y forma (sin repetir ni abandonar, con niveles académicos satisfactorios en las pruebas estandarizadas de Lengua y Matemática) es el 23% . Y si este número parece bajo, hay que decir que es el más alto del país, porque en otras provincias apenas el 10% de la población escolar cumple con estos estándares. Si se deja de lado el desempeño académico y solo se mide el flujo escolar (es decir, el estudiante que ingresa a primer año y logra alcanzar el último año de la secundaria en el tiempo estimado), el índice trepa al 61% de los estudiantes.

Pero estos son valores promedio. Los porcentajes varían significativamente según el sector de gestión (estatal o privado). En las escuelas de gestión privada el desgranamiento es menor, mientras que en la gestión estatal el abandono o la repitencia estiran el tiempo de egreso de los chicos, llevando a que muchos terminen sus estudios más tarde a través de planes de terminalidad o bachilleratos de adultos.

En esta línea, un reciente relevamiento realizado por FUNDAR y CIAS en quince escuelas de barrios populares del AMBA da muestra de ello. El informe reveló que el 42% de los jóvenes encuestados de entre 19 y 24 años abandonan la escuela y de los que asisten el 59% tiene sobre edad. De los chicos que asisten a estas escuelas, el 79% comenzó a trabajar antes de los 18 años y un 36% antes de los 16 años. Algunos chicos también suelen acumular insistencias o abandonar la escuela para cuidar a hermanos más pequeños por la necesidad de los padres de enfrentar largas jornadas de trabajo.

Estos no son solo “datos” , detrás de cada número hay jovencitos y familias que atraviesan realidades muy disímiles y el único punto de encuentro para muchos de ellos es precisamente la escuela, que no está preparada para barajar ciertas realidades que irrumpen en el aula y la sacan de foco del proceso enseñanza-aprendizaje , que es la tarea esencial que deben cumplir estas instituciones.

La investigación cuenta que dentro de las aulas conviven perfiles con trayectorias muy distintas, y lo que las diferencias no son capacidades individuales sino condiciones de vida. Los docentes diferencian a los comprometidos de los desconectados (que asisten pero no se involucran en el aprendizaje y priorizan el trabajo) y luego están los conflictivos , que reproducen en el aula la dinámica de la calle en la que no están exentos los malos comportamientos y la violencia. La directora de una de estas escuelas estima “sólo un 40% de sus estudiantes tiene un proyecto de vida vinculado al estudio”.

El documento detalla que las escuelas públicas de barrios populares del AMBA deben hacer muchas más cosas además de enseñar... "Distribuyen alimentos, median conflictos familiares, consiguen turnos médicos, detectan situaciones de abuso y violencia, alojan a quienes sufren inundaciones y enfrentan una pandemia invisible de salud mental que las hace operar en modo bombero. El 52% de los jóvenes encuestados reporta haber sufrido ansiedad y el 37% depresión. El 51% dice que la mayoría de sus amigos consumen drogas y el 15% reconoce ser o haber sido adicto.” El resultado es que muchas escuelas están desbordadas por estas problemáticas.

En sus consideraciones finales la investigación subraya que "los niños, jóvenes y adolescentes no crecen solos, crecen en tramas sociales. Tramas que entretejen familias, escuelas, servicios y espacios de sociabilidad que, cuando funcionan, les permiten acumular los recursos que necesitan para imaginar una vida que les organice el presente". Y a modo de advertencia, dicen "Lo que este trabajo muestra es que en los barrios populares bajo estudio esas tramas están fuertemente deterioradas: muchas familias ya no pueden acompañar la crianza de sus hijos, los servicios están sobrepasados, el barrio carece de alternativas a 'a esquina' (donde las malas juntas llevan a que los chicos que quedan fuera de la escuela caen rápidamente en la droga y/o delincuencia".

Desde las entradas de la enseñanza secundaria este tema surge en cada sala de profesores, aunque esas charlas suelen quedar entre esas cuatro paredes. “Más allá de la catarsis” es un podcast realizado por un grupo de docentes de escuelas medias públicas de la ciudad de Buenos Aires que se anima a analizar estas realidades que atraviesan los claustros escolares. Realizan entrevistas a especialistas, invitan a un debate abierto y hacen propuestas partiendo de su experiencia y su mirada.

En una de sus entregas analizaron algunas de las problemáticas de la escuela media. 

Seleccionamos algunas para compartir en estas páginas:

Aulas superpobladas. Sostienen que décadas de desfinanciamiento llevaron a una falta de infraestructura adecuada. Y aseguran que la baja de la natalidad puede ser una oportunidad para elevar la calidad educativa. Proponen que en vez de cerrar cursos, se vaya disminuyendo la cantidad de alumnos por aula hasta llegar a un número ideal de 25 chicos por curso.

Espacio escolar para estar y estudiar. Los deterioros en la infraestructura no solo se limitan a cuestiones edilicias. Los chicos suelen estar en ámbitos donde no ven verde ni cielo. Es necesario que las instituciones tengan un lugar para correr, jugar un partidito de fútbol, ​​espacios verdes para sentarse y charlar debajo de un árbol… No solo pesan las cuestiones básicas.

Desinterés de ir a la escuela. Para muchos jóvenes está en crisis el sentido de estar en la escuela. Es otra de las preocupaciones de estos docentes. Según su visión "la escuela ya no es señal de salida futura. El título de la secundaria ya no garantiza nada. Hoy los chicos empiezan a laburar antes de tener el título. La escuela no está demostrando un propósito real".  Muchos jóvenes lo ven “como un trámite que hay que cumplir o que 'lleva a…'”.
Estos profesores creen que “hay que volver a construir un contrato pedagógico con los estudiantes. La escuela debe formar, enseñar y dejar algo valioso".
Observan que hay escuelas que funcionan mejor que otras. Y las que funcionan bien son aquellas que tienen un propósito claro, por ejemplo: las técnicas, artísticas, normales… La clave para ellos es vincular más la escuela con el mundo del trabajo y los estudios superiores. Dentro de los incentivos, puede ser clave promover viajes de estudio, becas, materiales y convocatorias de investigación que le abran a los chicos nuevos horizontes. La escuela debe buscar una forma de premiar el estudio y el esfuerzo; que no pierda valor.

• Reglas claras.  Ni punitivismo ni antipunitivismo.  ¿Cómo lidian las secundarias con el desorden, el mal comportamiento y la violencia? ¿Cómo se generan las condiciones que establecen una convivencia sana en la escuela? Los docentes señalan que hay chicos revoltosos que no permiten que se dicten clases. Esto es normal. Lo anormal es la inacción desde la escuela. Establecer reglas de no sanción muchas veces hace que los docentes sientan que no se puede hacer nada. Hay que defender que en la escuela haya orden para poder aprender. El orden no se construye solo con sanciones disciplinarias, se construye con el ejemplo, con un proyecto de escuela coherente y ante los problemas, que haya reglas claras y consecuencias que se apliquen. Actualmente, de acuerdo a los códigos de convivencia se sigue un protocolo: poner notas en el cuaderno, citar a la familia, un acta de compromiso con el estudiante y si ese compromiso se rompe, está la última instancia que es el consejo de convivencia que evaluará que medida tomar, que puede ser el cambio de curso, cambio de turno o incluso cambio de escuela. El sentido del protocolo es que el estudiante pueda en cada paso ir reflexionando sobre su comportamiento, pero lo que suele suceder es que el tiempo que se demora en seguir todos esos pasos, la ruptura de las reglas hace ver que no se está tomando ninguna decisión. Y esto es malo para la escuela y para la convivencia porque hace ver que en la escuela se puede hacer cualquier cosa.
Los profesores apuntan una reflexión: "muchas veces centrarse en los problemas lleva a que no se atiendan las necesidades de los otros. Por eso, quizás se tienen que evaluar medidas disciplinarias fuertes, que existen, pero generalmente no se aplican (suspensiones con efecto real sobre las faltas y la regularidad) y por otro lado la expulsión de los estudiantes que ya pasaron por todas las instancias de diálogo".

En este último punto cabe preguntarse ¿Qué pasa con los revoltosos, “inadaptados” o “desconectados” si se los saca de las escuelas?. Según los registros, ya hay una importante deserción escolar en el nivel medio, si a ello le sumamos más chicos que queden expulsados ​​del sistema por “inadaptados” o porque no responden a los estándares académicos, puede significar que más de ellos terminen en la “esquina” y expuestos a las “malas juntas” . Las autoridades han constatado que el ciclo que lleva a un chico que abandona la escuela a quedar atrapado por las drogas y/o la delincuencia puede ser un corto lapso de apenas seis meses. Debe haber un plan “B”.

Ese "plan B" no puede ser el calabozo ni el desamparo de la calle; debe ser una red contundente de políticas públicas, comunidad e instituciones intermedias que sostienen allí donde la escuela tradicional ya no llega. Implica pensar en trayectorias alternativas, escuelas de oficios conectadas con el siglo XXI, espacios de salud mental accesibles y un rol del Estado que no actúe solo como “bombero”  o permanezca indiferente ante la crisis, sino que sea un arquitecto de oportunidades .

La escuela pública argentina tiene una historia dorada que la respalda, pero no puede cargar sola con el peso de un tejido social que se viene deshilachando y con estados que la vienen desfinanciando.

Redefinir la escuela y su régimen de convivencia es urgente para cuidar a los que quieren aprender, pero no podemos perder de vista el mapa completo. La educación fue históricamente el motor de la movilidad social en Argentina, si el nuevo modelo de país prescinde de la educación como herramienta de desarrollo colectivo y la reduce a un bien de consumo segmentado, la fractura será irreversible.

Al final del día, la pregunta sigue siendo la misma que nos desvela como sociedad: ¿qué vamos a hacer con los que se caen del mapa? Porque un país que se resigna a perder a sus jóvenes en "la esquina" oa encerrarlos en una cárcel, es un país que está rifando, inexorablemente, su futuro.

Recordando a mi papá ya su ejemplo de vida, no me gustaría volver a esa Argentina en la que él se crió, quiero ese país donde el mérito y el trabajo se encontraban un Estado que abría puertas a un mejor porvenir individual y aspiraba al desarrollo en todas sus potencialidades.

La educación no es un gasto, es la inversión más elemental en defensa propia que podemos hacer como comunidad. No se trata de romantizar el pasado ni de ignorar que la Inteligencia Artificial está cambiando las reglas del juego; se trata de dirimir cuestiones mucho más elementales y es dilucidar en la nación que vale la pena soñar para nuestros hijos.

jueves, 19 de diciembre de 2024

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


"IMAGINARNOS UN DESTINO COMÚN..."


Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ. Dirección


Días pasados me impactó una frase de Lucrecia Martel. La directora, guionista y productora cinematográfica dio una clase magistral en el Primer Festival Internacional de Cine de la UBA -realizado entre el 16 y 22 de octubre de 2024- y esta casa de altos estudios le entregó el título Honoris Causa.

A propósito de ese acontecimiento un medio periodístico la entrevistó y a lo largo de una profunda charla, Martel esbozó lo que para ella es una de las causas de la realidad que nos toca vivir en Argentina. Ella dijo: “pienso que en este país fracasó mucho más la cultura que la economía. Pienso que la economía es un reflejo. Es un síntoma del fracaso cultural. Y que el fracaso cultural es que no fuimos capaces -y me siento absolutamente parte de eso- de imaginarnos un destino común.”

Cuando leí esta reflexión, inmediatamente en mi mente se volvieron a representar los abrumadores datos que días antes había escuchado en la Universidad Católica Argentina con motivo de la presentación del Informe DEUDAS SOCIALES EN LA ARGENTINA DEL SIGLO XXI (2004-2024)*, que anualmente el Observatorio de la Deuda Social Argentina da a conocer en el mes de diciembre, desde el año 2004.

INFORME 2024 DEL ODSA

Al comenzar el análisis se destaca que “es tan importante identificar las deudas sociales como comprender las causas subyacentes que las explican, esto no con fines de denuncia social, sino para buscar superar las barreras estructurales que impiden un desarrollo humano justo e integral en nuestras sociedades”.

Los investigadores parten del diagnóstico que hay un ciclo postconvertibilidad que concluyó en 2023. Los datos volcados en el informe muestran que ese ciclo comienza con una situación extremadamente compleja en 2001-2002. Las políticas públicas que se fueron desarrollando y el crecimiento económico que sobrevino como consecuencia de ello, mejoraron los parámetros socioeconómicos, aunque en cierto momento esas mejoras comenzaron a estancarse y volvió a sobrevenir un deterioro que se acentuó significativamente a partir de 2018. Y se observa:

  • Una mayor dependencia de los pobres extremos y las clases bajas de la asistencia pública.

  • Se fueron desarrollando estructuras defensivas de las clases medias empresarias que operaron por fuera de los sistemas de regulación formal, en materia financiera, ocupacional y comercial.

  • Crecimiento del trabajo informal y de una economía social de subsistencia con mayor autoexplotación familiar, deterioro de la salud, la educación, el hábitat, la seguridad y el acceso a la justicia de los sectores más humildes.

  • Una sociedad más desigual, no solo en materia económica, sino también en oportunidades de movilidad social, inversión de capital humano y valores socio culturales.

En la línea histórica que va desde el 2001 al 2024, las estadísticas del INDEC (Encuesta Permanente de Hogares) y la propia que surge de la Encuesta del Observatorio de la Deuda Social Argentina a partir del 2004, van casi en paralelo y no difieren demasiado una de otras.

Algunos datos clave:

Vista la serie completa, en 2024 los niveles de pobreza alcanzan el 49,9%, un porcentaje aún mayor que el registrado en el crítico 2001, previo a la caída de la convertibilidad, que fue del 48,8%. La indigencia este año trepó al 12,9%, unos puntos menos que el 15,4% de principios de siglo, marcando una incidencia positiva de la Asignación Universal por Hijo, la Tarjeta Alimentar, otros programas sociales y las pensiones no contributivas que en la época de la convertibilidad no existían.



Al mirar estos dos extremos, Argentina parece volver a estar prácticamente en el mismo punto que en aquellos años, la pregunta es ¿Qué pasó en el medio?

Es interesante ver como evolucionó la situación socioeconómica de los argentinos en los últimos 20 años. El ODSA, destaca que después de la salida inmediata de la convertibilidad hubo un pico de pobreza que llegó al 74,6% (2002). Las políticas que se implementaron en aquellos años fue haciendo descender paulatinamente los índices de pobreza e indigencia, cuyo piso mínimo estuvo en el año 2013 en el que la medición de la pobreza marcó el 25% y 6% la indigencia (según datos propios de ODSA). A partir de allí lentamente los números de pobreza comienzan a revertirse y desde el 2018 a la actualidad no paran de acelerarse, con un pico pronunciado en 2020 (época de la cuarentena decretada por la pandemia), un leve descenso en los años subsiguientes para volver a posicionarse en el 49,9% este año. Desde el 2013 al 2024, la indigencia más que se duplicó, pasando del 6% al 12,9%, siempre guiándonos por los datos del Observatorio de la Deuda Social.

Hoy las familias son consideradas pobres si sus ingresos no superan los $950.000 e indigentes aquellas que perciben menos de $450.000.

Cuando la mirada se focaliza por nivel socioeconómico, se observa que en los últimos dos años los sectores más golpeados fueron las clases medias, medias bajas y bajas, mientras que creció el porcentaje de quienes ya estaban en condiciones de extrema vulnerabilidad.

Ahora, cuando se analiza por rangos etarios, se observa que en la franja de niños y adolescentes de 0-17 años, la indigencia llegó en 2024 a 19,2%, es decir dos de cada diez niños y adolescentes en nuestro país están en extrema pobreza y casi siete de cada diez tienen necesidades básicas insatisfechas (alimentación, salud, educación, acceso a cloacas y agua corriente). Pero estos números no siempre estuvieron así. Argentina, después de 2002, fue haciendo decrecer los altos índices de pobreza que se dieron a la salida de la convertibilidad y encontró en este segmento su piso histórico en 2011: 6,5% de niños indigentes y 38% de niños pobres.

Otra variable altamente sensible, por las graves consecuencias que traen para la persona humana como para la sociedad en su conjunto por las secuelas permanentes que deja, es la inseguridad alimentaria. Nuevamente, en la serie completa, se ve que en 2004 una de cada 3 familias no tenía garantizado el acceso a los alimentos. El crecimiento económico y diferentes políticas de Estado permitieron a partir de entonces ir bajando los índices y en 2011, solo una de diez familias estuvo corriendo ese riesgo. A partir de esa fecha, primero lentamente y después de 2018 de manera más acelerada, el número de familias con problemas de acceso a la comida volvió a crecer. En 2024 una de cada cuatro familias no puede alimentarse correctamente y esto impacta especialmente en el 50% más pobre.

No menor en estos estudios son los datos que arrojan la influencia que ha tenido la Asignación Universal por Hijo, otros programas y las pensiones no contributivas. Si bien su incidencia sigue siendo positiva, el impacto que producen es menor porque a pesar que el Gobierno Nacional incremento la AUH y la Tarjeta Alimentar considerablemente en el último año, las familias han visto disminuidos sus ingresos producto de la menor cantidad de “changas” y la pérdida de trabajos informales. Esto explica que el mayor deterioro socioeconómico se haya dado en los sectores bajos y medios bajos porque les resulta más difícil complementar y completar sus ingresos.


UNA SOCIEDAD MÁS DESIGUAL

La población económicamente activa en Argentina está compuesta por 20.000.000 de personas. De ellos, solo el 39,7% tiene empleos de pleno derecho; otro 28,8% tiene empleos precarios (trabajo no registrado, régimen de monotributo, contratos de trabajo, etc). Y se engrosa el sector que depende de los llamados "empleos de indigencia" (changas, personas que no tienen ningún tipo de estabilidad ni están dentro del régimen laboral), que en la actualidad alcanza el 23% de la población económicamente activa.




Pero además, hay un 8% de desocupados estructurales, que son personas que no sólo no tienen empleo sino que debido a su déficit de habilidades y aptitudes tampoco están calificadas y es casi imposible que se inserten en el mercado laboral.

De esta manera Argentina va yendo marcadamente hacia una mayor estratificación social con hogares pobres, cuyos integrantes a pesar de contar con un trabajo no pueden salir de la pobreza. Es decir, se está perdiendo definitivamente algo que otrora fue parte de nuestra identidad y orgullo como país, que incluso nos distinguía de otros países lationamericanos, como fue la ampliación de los sectores medios producto de la movilidad social ascendente a partir de la igualdad de oportunidades.

Otra conclusión de esta investigación que ya lleva 20 años consecutivos realizándose, es que si bien el modelo que empezó en 2003 y concluyó en 2023 logró bajar la pobreza, no consiguió quebrar la barrera del 23% y en el caso de la indigencia no perforó el 6%. Esto indica que hay una pobreza y una indigencia que tienen características estructurales y que son muy difíciles de revertir aún en momentos de expansión económica.

A partir de estos datos, el Observatorio de la Deuda Social Argentina emitió algunas recomendaciones:
  • Se requieren cambios estructurales con equilibrio social y nuevos pactos distributivos. El desarrollo integral de la infancia debe ser política de Estado.

  • Nuestro futuro es incierto si solo se pretenden estabilizar las variables macroeconómicas. Se debe proyectar el desarrollo aumentando la productividad, el empleo e inclusión social.

  • Deben definirse políticas orientadas a fomentar la inversión, introducir tecnologías, multiplicar las exportaciones, recuperar el ingreso y hacer posible la creación de empleos de calidad, junto a un cambio del sistema de la seguridad social.

  • Se requieren políticas activas subsidirias -el Estado debe hacer todo lo que el privado no puede, no sabe o no quiere- para garantizar el desarrollo productivo, la valoración de las economías regionales y el fortalecimiento del mercado interno como una salida estratégica de las desigualdades estructurales.

  • Pero para que todo ello se de, también se requiere una sociedad que demande y exija esta nueva orientación.
Para cerrar este articulo, vuelve a adquirir relevancia la reflexión de Martel. Ella parece darnos una pista para empezar a unir las piezas de un rompecabezas que nos ayude a comprender por qué un país que se jacta de tener potencial para alimentar a 300 millones de habitantes; yacimientos de hidrocarburos no convencionales de petróleo y gas que están entre los más importantes del mundo; ser uno de los tres países con las mayores reservas de litio, recurso estratégico para el avance tecnológico; cuenta (aún) con un sector científico-tecnológico de prestigio internacional; tiene (aún) una industria diversificada con sectores como el alimentario, automotriz, turístico y farmacéutico que son envidia de muchos países; empresas vinculadas a la ciencia del conocimiento, seis de las cuales ya alcanzaron la selecta categoría de Unicornio (valuadas en más de U$S1.000 millones)… es a la vez capaz de tolerar que más del 50% de su población permanezca sumergida en la pobreza y lo que es peor aún, el 65% de nuestros niños menores de 14 años están bajo esta condición y 1.500.000 se van a dormir todas las noches sin cenar, algo que no solo condiciona nuestro presente sino que fundamentalmente hipoteca nuestro futuro.

Un pensamiento de Eduardo Galeano nos recuerda que en definitiva “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Por ello, deberemos dilucidar si seguimos anhelando ser parte de un destino común que nos incluya a todos bajo el cielo de una gran Nación.

¡Muy Feliz Navidad y que Dios bendiga sus hogares en 2025!


Ponemos a disposición de nuestros lectores los informes publicados por el Observatorio de la Deuda Social Argentina dados a conocer el 12 de diciembre de 2024 en la sede de Puerto Madero de la Universidad Católica Argentina, que podrán ser descargados de la siguiente página: www.uca.edu.ar

lunes, 23 de agosto de 2021

EDITORIALES

NOTA DE TAPA


CONOCIMIENTO - INNOVACIÓN - CREATIVIDAD

Trampolín al desarrollo

¿Argentina se subirá al tren o una vez más lo dejaremos pasar?


Escribe: Lic. MÓNICA RODRÍGUEZ - Dirección



Vivimos tiempos vertiginosos y esta pandemia mundial que aún estamos atravesando, por un lado, aceleró ciertos procesos y por otro, el obligado "parate" que produjeron las cuarentenas más o menos prolongadas, también nos invitaron a mirar en perspectiva y seguramente traerá aparejado cambios sustantivos: de conducta, de hábitos, de estilos de vida, de trabajo, de prioridades, de escalas de valores… aunque aún es difícil detectarlo porque la marea del Covid-19 no termina de retirarse.
Junto a esto las amenazas del cambio climático y sus consecuencias comienzan a ser palpables día a día y de seguir así el mundo camina hacia un punto de no retorno, irreversible.
En la dimensión económica, la pandemia radicalizó la cuarta revolución industrial que está siendo tanto o más trascendente que las anteriores. Viene unida a la digitalización, inteligencia artificial, blockchain, drones y muchísimos avances tecnológicos que están transformando la vida de la humanidad.


Frente a este escenario y considerando la situación socioeconómica de nuestro país, es dable preguntarse si hay chances de que Argentina pueda subirse al tren del desarrollo.
Hay datos que son notoriamente preocupantes: la falta de crecimiento acumulado durante al menos las últimas casi cinco décadas nos estancó en el nivel de un país subdesarrollado (hoy Argentina tiene un PBI similar al de 1974, pero con 20 millones más de habitantes), presentando en la actualidad niveles de pobreza infantil altos y superiores a los niveles de la población en general, lo que se conoce como infantilización de la pobreza y se traduce en que las generaciones más jóvenes, en general, no puedan alcanzar los niveles de vida de las de sus padres y abuelos. Por supuesto, la pandemia agudizó estos datos estructurales.
Un informe del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos) del segundo semestre de 2020 muestra a los grupos de edad según su condición de pobreza: se destaca que más de la mitad (57,7%) de las personas de 0 a 14 años son pobres (cuadro 1). El porcentaje total de pobres para los grupos de 15 a 29 años y de 30 a 64 años es de 49,2% y 37,2%, respectivamente. En la población de 65 años y más se ubica en el 11,9% bajo la línea de pobreza.
La pobreza no solamente se mide en términos de ingresos per cápita sino en múltiples dimensiones, uno de las más importantes es la seguridad alimentaria que debe contemplarse desde el embarazo de la mamá y es vital en la primera infancia (hasta los 4 años) porque un niño mal nutrido durante la gestación y en sus primeros años de está condenado a no desarrollar su capacidad cognitiva. No menos importante es el acceso a la vivienda digna con condiciones de higiene y salubridad (agua potable y cloacas), cobertura de salud y educación de calidad.
Un alto porcentaje de niños y jóvenes argentinos en situación de pobreza tienen un alto grado de vulnerabilidad por carecer de robustas prestaciones y seguros sociales que le garanticen equidad de género e igualdad de oportunidades, a pesar que los planes en los últimos años se multiplicaron y por el momento la seguridad alimentaria estaría garantizada.
Los fríos números indican que Argentina, a diferencia de lo que sucedió en décadas pasadas, está ingresando en un peligroso cono de sombra y comienza a tener hipotecado su futuro: tener más de 50% de la población infantil por debajo de la línea de pobreza es su mayor ancla porque los nuevos paradigmas mundiales ya ponen en el centro y en el corazón del desarrollo futuro en los recursos materiales sino a la persona humana en su capacidad de crear, innovar y adquirir conocimientos con facilidad y plasticidad.

Entonces, ¿Estamos condenados? La respuesta es un rotundo no. Paralelamente a estos datos desesperanzadores, también hay signos que muestran un país con capacidad de reconvertirse rápidamente y hay en la actualidad una ventana de oportunidad que no deberíamos desaprovechar.
Por un lado, el campo argentino y los commodities, como tradicionalmente lo han sido, siguen traccionando nuestra economía y es uno de los sectores que más invirtió en los últimos años para ganar eficiencia y eficacia, traduciéndolo en mayor productividad.
De manera paralela y gracias a una legislación favorable se siguen reproduciendo aceleradamente en nuestro país empresas tecnológicas que están revolucionando las comunicaciones, la logística y los servicios financieros. En la primera quincena de agosto una más de ellas se transformó en "Unicornio", que son aquellas empresas valuadas en más de mil millones de dólares. Se trata de Ualá, que se une al selecto club junto a Mercado Libre, Globant, Author, Despegar, OLX y muchísimas más vienen atrás por el mismo camino y hoy quizás son PyMES que están comenzando a desarrollarse a partir del capital semilla.
Todas estas empresas están revolucionado la industria a partir de la innovación y algunas inclusive están inaugurando sectores totalmente novedosos.
Todas ellas se caracterizan por apuntar a facilitarle la vida a sus usuarios, son de rápida expansión porque se alimentan de rondas de inversiones privadas intensivas, tienen mentalidad global y desde el costado laboral están absorbiendo gran cantidad de mano de obra y en determinados segmentos apuntan a profesionales con perfiles diferentes a los que estábamos acostumbrados: si bien un título de grado puede abrir sus puertas, no tenerlo, tampoco las cierra, por qué? porque la clave para estas empresas no está tanto en los pergaminos sino en las habilidades y talentos de sus colaboradores: valoran la flexibilidad, ideas diruptivas, creatividad, innovación, trabajo en equipo. El premio: muchas de ellas tienen un excelente clima laboral y parten de altas remuneraciones.

Más allá de esto, no olvidemos que Argentina no tiene grandes ni graves conflictos internos y los argentinos tienen ahorrado alrededor de U$S300.000 millones debajo del colchón o en cuentas en el exterior que podrían volver en inversiones genuinas si se establecieran las condiciones de estabilidad de mediano y largo plazo.

Sin embargo, para salir de este laberinto los argentinos debemos ser capaces de saltar las vallas de la discusión miope y cortoplacista que solo está centrada en falaces coyunturas e ir hacia un amplio proceso de concertación y acuerdo social de mediano y largo plazo. Entre las premisas básicas para el punto de partida está estructurar un sistema de protección e inversión integral de la niñez y adolescencia. Y esto hay que hacerlo en primer lugar porque es un derecho elemental de nuestros niños y niñas que Argentina suscribe en todos los tratados internacionales en esta materia, pero también hay hacerlo porque de lo contrario habremos tirado por la borda el futuro económico y social de nuestro país.

Para concluir, pocas veces en la historia de los países se dan coyunturas tan favorables como las que Argentina tiene hoy, esta es una de ellas y debemos ponernos de acuerdo si estamos dispuestos a subirnos al tren del desarrollo o una vez más rencillas menores de pequeños grupos pero altamente interesados en que el país no funcione, nos sumirá en mayor deterioro o pobreza. Y si probamos con una nueva fórmula:

TODOS + JUNTOS = CONCERTACIÓN NACIONAL
PARA EL DESARROLLO ARGENTINO


Como siempre, la decisión será nuestra.

¿Usted qué opina?