Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de octubre de 2024

VILLA DEVOTO

RELATOS


DON SEVERO, EL VENDEDOR DE SANDÍAS


Escribe: NORBERTO MALAGUTI
Presidente de la Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto. Vecino




En esos viejos tiempo de los cuarenta, era común observar el nutrido desfile de carros, del lechero casi siempre a la misma hora, el sodero, a ese carro rascacielos, repletos de sillas, hamacas, plumeros y vaya a saber cuántas cosas más, o el afilador de cuchillos y tijeras con su bicicleta herramienta denunciando su presencia con el silbato, una especie de siku.

Pero lo que más nos atraía a nosotros, los de la barra, era cuando llegaba la temporada de las sandias.

Para ese entonces volvía a aparecer el pequeño carro rojo descolorido, modestamente fileteado, repleto de sandias, redondas, alargadas, grandes o pequeñas, esas pelotas verdes veteadas cuyo imaginario sabor nos hacía despertar un deseo irrefrenable.

El vendedor y conductor del vehículo, era un hombre hosco y malhumorado, al que nosotros habíamos decidido bautizarlo “Don Severo”

Empezar a justificar su mote, nos llevaría a explicar una muy importante historia, por lo menos para nosotros.

Circulaba por nuestra calle, sin siquiera pagar peaje, con el desgaste y daños ocasionados por el inmenso peso que trasladaba, sobre todo después de alguna dia de lluvia, dejando profundas huellas de las ruedas y las pisadas de ese robusto petiso.

Razón más que justificada para ejecutar una compensación.

Todo empezó, llamándolo y rogándole si no tenía alguna sandia rota o media picada para regalárnosla, las primeras respuestas fueron un no rotundo, después que le pidiéramos dinero a nuestras madres, y finalmente ni siquiera una respuesta, de allí nuestro bautismo de Don Severo.

“Dicen que no hay pacto más importante para fortalecer la amistad, que la complicidad”.

Desde esa premisa, surgió la necesidad de un secreto y elaborado plan para que esa pirámide tan prolija se derrumbara e hiciera precipitar varios ejemplares al piso, se partieran, esperando que pudieran quedar algo a nuestra merced.

Después de manejar varias alternativas, que descartábamos por muy delatoras o complejas, surgió el plan perfecto, que sellaría esa prueba irrefutable de amistad.

Sabíamos que Polola, era un virtuoso de la honda, su puntería era infalible seria nuestro as de espadas.

Paso a contarles.

Un grupo nos reuniríamos en la primera esquina y simularíamos jugar a las bolitas y cuando Don Severo pasara para no despertar sospechas haríamos nuestro ritual pedido, y vigilaríamos de reojo la marcha el carro.

Casi en una vereda muy próxima a la esquina, estaría Polola, nuestro franco tirador, con su honda escondida bajo su pierna mientras simulaba jugar al dinenti.

Cuando el petiso franqueara ese elevado camino de adoquines, que la Municipalidad construía para que los vecinos pudieran cruzar la calle de tierra en los días de lluvia, se concretaría la parte final del plan.

El petiso estaba muy bien amaestrado, al sentir que la rueda hacia tope con la senda, arrastraba el carro suavemente, como para evitar la desestabilización del vehículo y el derrumbe de la pirámide.

Ese era el momento preciso, Polola, lejos de las miradas de Don Severo y en un ángulo perfecto de tiro, tomaría la honda, la cargaría con una piedra del juego de dinenti, apuntaría al vientre del animal y dispararía.

Cuál sería la consecuencia, seguramente el animal al espantarse pegaría un brusco arranque que indefectiblemente produciría el derrame del fruto deseado, entonces solo era tiempo de esperar.

Bien todo fue pasando de acuerdo a los previsto, el reclamo no respondido, observar de reojo a Polola, vimos cuando cargo la honda, apunto con su precisión indiscutible, pero vaya sorpresa y estupor, el petiso cruzo con total delicadeza el paso de piedras.

Interrumpimos nuestro simulado juego de bolitas y nos trasladamos al encuentro de Polola, el a su vez se acercó a nosotros que estábamos dominados por la terrible sorpresa e incertidumbre de lo que había ocurrido, si era imposible que pudiera fallar.

Ese recorrido de casi cien metros era un desfile de preguntas y conjeturas, como pudo fallar? si había sido preparado hasta el último detalle.

Cuando estaba a unos escasos cinco metros, nuestro David, sin abrir la boca nos dio la respuesta, alzo su mano derecha y pudimos entender lo sucedido.

La honda al estirarla se le había partido una de las gomas.

sábado, 14 de septiembre de 2024

EDUCATIVAS Y CULTURALES

RELATOS DE VILLA DEVOTO


AQUELLA SEMIFINAL INOLVIDABLE


Escribe: NORBERTO PEDRO MALAGUTI

Presidente de la Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto. Vecino del barrio


Eduado Lettieri
Angelito vino a verme al almacén de mi viejo, estaba totalmente sacado y lo primero que me dijo: donde te metiste que hace dos días que te ando buscando?

- Para un cachito, que te pasa?
- Como nadie te dijo nada?
- De que me estás hablando?
- Del partido por la semifinal con el Ciclón de Migueletes.
- Si ya lo sé, y qué?
- Como no te enteraste, que a Pepe lo internaron con apendicitis en el Alvear.
- Uh, estamos jodidos nos quedamos sin arquero. Perdóname, y como anda Pepe’
- Por suerte la operación salió bien, pero tiene reposo para varias semanas.
- Que macana, y con la racha que veníamos de eliminar al Villa Piaggio y al Boquerón.
- Pero ellos vienen de golear al Extramuros, que vos sabes era el candidato. Encima ninguno de nosotros somos duchos en el arco.
- Y ahora qué hacemos? 
- Como que hacemos, Hay que conseguir un arquero urgente, pedazo de gilun.
- Haber, déjame pensar...
- Mira que no tenemos mucho tiempo.
- Si, Si, ya se, en mi laburo hay un pibe nuevo que dicen que es bueno, mañana le hablo.
- Vos lo vistes atajar?
- No, pero ya no hay otra.
- Bueno, esperemos que no sea un paquete, si ganamos pasamos a la firnal con el Renacimiento.

Y llego el domingo, nublada mañana, son casi la diez, hubo orden de que nadie saliera a bailar, nervios y curiosidad, todos pensando como atajara ese pibe.

Muchachos aquí vengo con mi compañero de laburo, Eduardo, que cubrirá los tres palos. Le puse énfasis, como si presentara a Pedernera, era para superar los nervios.

- Sos bueno, pregunto El Bocha
- Bueno, eso dicen.

Media hora después, ingresaba el Ciclón de Migueletes, encima agrandados, porque ya sabían que nuestro valuarte, Pepe, no cubriría la valla. Encima habían volteado a la Academia de Campaña y Franco.

Ingresamos, dando alaridos de ánimo, la idea era que no trataran de acercarse al área nuestra, que no era más que una raya marcada con lavandina y un poco de cal viva que muy pronto desaparecería en esa cancha polvorienta, allí al costado de la futura avenida General Paz, que parecía que nunca se iba a inaugurar.

Los primeros minutos fueron de tanteo, ambos nos cuidábamos bastante, muchos pases cortos, pocas gambetas y bastante patadones que el réferi parecía no ver.

Se rompió el equilibrio cuando el insider nuestro Carlos, le puso un pase milímetrico al forward Chuto, mote por los chutazos que metía, la agarro de sobre pique y saco un remate que se estrello en el ángulo del poste y el travesaño, el rebote llego casi al medio campo.

Todo parecía morir en esa forma, pero en un descuido el wing de ellos, que era muy veloz, dejo nuestro half en el camino, encaró al arco y saco un shot al ángulo.

El pibe pegó un salto, giró en el aire y desvió en forma increíble la pelota al córner.

Recobramos la respiración, y así nos fuimos en cero en el primer tiempo.

En el intervalo, nuestro Delegado Don Luis, nos increpa y en seco nos dice¨¨

- Que mierda les pasa, estamos pensando en el arco propio y no en el del contrario...
- Ahora nos mandamos al frente, que joder.

Debe haber sucedido lo mismo en el equipo contrario, que el segundo tiempo fue un ida y vuelta, llegamos varias veces, pero no se concretaban, hasta que El Chuto recibió un pase largo, la adelanto para acomodarla y saco un cañonazo infernal que el arquero ni la vio.

- GOL; GOOOOL, nos pusimos 1 a 0, festejos y a reanudar.

Se nos vinieron encima, estaban hecho una furia, nos pelotearon de todos lados, no los podíamos parar, y allí Eduardo nuestro imprevisto arquero las paraba todas, arriba, abajo, de lejos de cerca, fue el héroe de la jornada.

Faltaban tres interminables minutos, robé una pelota, me mandé hasta el medio campo, estaban desarmados, eludí al último defensor y encaré, eludó al arquero y se me colgó de la cintura.

- Penal, Penal, grito la multitud y el Inglés, como le decían al réferi, no pudo dejar de sancionarlo.

La acomodó el Chuto, para que el tiento de la pelota no le molestara, le apunto a la cabeza al guardameta, y este se agacho sino iba a parar al hospital, a acompañar a Pepe.

- GOOOOOOOOOL, y allí prácticamente se acabo el partido, algún intercambio de empujones mutuos y pensar en enfrentar al Rena.

Nuestras camisetas blancas se volvieron color tierra de los revolcones, saltos de festejos.

Todos al serenarnos, fuimos a felicitar al pibe por su desempeño, cuando de pronto se acercó un señor con pinta de importante, se identificó y agregó:

-  soy buscador de cracks y represento a River Plate. Se acerca a Eduardo y le preguntó
- Cómo te llamas?
- Eduardo, señor.
- Eduardo cuanto?
- Eduardo Antonio Lettieri (*)
- Bueno, tomá esta tarjeta, y venirte con tu padre a verme, que te queremos probar.

Ese fue uno de los últimos partidos en esas canchas, la General Motors instalaría después su inmensa fábrica.

(*) Eduardo Lettieri jugó en la primera de River Plate

miércoles, 10 de julio de 2024

VILLA DEVOTO

RELATOS


LOS AMORES DE JUAN

Escribe: NORBERTO PEDRO MALAGUTI
Presidente de la Junta Histórica de Villa Devoto


Aquel pequeño poblado a orillas del río Avon, conocido como Stratford, era el famoso lugar donde había nacido en 1616 nada menos que William Shakespeare, símbolo máximo de las letras de Inglaterra, también su yerno el Doctor John Hall quien se casaría con Susana una de las hijas de William.

Tiempo después, precisamente dos siglos más tarde también nacía en aquel poblado un homónimo a aquel Doctor, un niño que fue bautizado curiosamente en una iglesia católica con el nombre de John Oswald Hall.

¿Tendría algo que ver con ese desaparecido yerno?

Podría imaginarse ese niño, que él y su familia serian visitantes del mundo, pues ninguno de sus hermanos se quedo en su nativa nación.

John, que le gustaba que le dijeran Juan, ya con algo más de veinte años, opto por tener su lugar de residencia en Buenos Aires, precisamente en la Parroquia de Catedral al Norte, con su negocio de importación de té de Oriente.

Viajero consecuente, hasta que en la primera década del siglo veinte, seguramente informado por sus vecinos Rosa Viale y Antonio Devoto, se entusiasmo con un nuevo pueblo y compro algunas manzanas pegadito ahí nomas de las vías del trencito, el ferrocarril Lacroze, rincón llamado Villa Devoto donde se afincaría definitivamente.

Fue su hogar, casa y jardines, donde vivió rodeándose de su servicio de mucamas, chofer, cocinera, ama de llaves, hasta que cuando empezaron a multiplicarse sus viveros se sumaron los jardineros.

Pero sobre todo, aprovechando sus viajes, iba acumulando una colección de orquídeas de todo el mundo que lo hiciera famoso, más allá de los límites de su nuevo barrio.

Los domingos como buen católico, adornaba con flores los altares de la iglesia de la Inmaculada, el primer templo del barrio.

Pero no era un ermitaño, sabia relacionarse con personas de relevancia social, muchas de su colectividad, aunque no asistiera a la capillita anglicana de la calle Lacar.

Excelente jugador de bridge, motivo de habituales reuniones, siempre pulcro que destacaba su porte elegante y bella figura, además en los importantes encuentros lucia siempre una orquídea en el ojal de su saco.

Seguramente esa presencia florida se llevaba la admiración de los visitantes, tales como Roca, Quintana, Beiro, Devoto, por citar algunos.

Sus viajes a Oriente eran frecuentes donde poseía importantes propiedades y era fuente para obtener nuevas y exóticas orquídeas.

Semejante afable personaje era codiciado por algunas damas de la Villa, quien de ellas no querría ser obsequiada por aquella orquídea de su solapa o algo mas, pero parece que le era difícil desprenderse de ellas.

Y aunque amara a las mujeres, nada podían competir con su pasión por las orquídeas.

El invierno ofrecía escasas flores a su vocación, sin embargo ese Julio lo tenia embriagado con sus orquídeas Phaleanopsis sobre todo una de ellas por su fucsia inigualable.

Después de un frugal almuerzo, se vistió con sus más elegantes ropas, y, como era su costumbre eligió aquella orquídea tan especial, se la coloco en el ojal del saco, aviso a la ama de llaves que se ausentaría por unas horas y partió a la estación del trencito.

No regreso a la hora del té como era habitual, mientras tanto su cocinera un par de horas después preparaba las vituallas para la cena.

Ya oculto el sol, se escucharon los pasos del Señor Juan, se le aproximo uno de los jardineros y le comento de algunas tareas, de realizar necesarias compras y que había concluido su faena sin mayores novedades.

Hombre distraído el jardinero, no noto que esta vez Juan no llevaba su tradicional orquídea en el ojal.

sábado, 22 de junio de 2024

VILLA DEVOTO

LITERARIAS


RECUERDOS DE UNA NIÑA SIN INFANCIA


Escribe: NORBERTO PEDRO MALAGUTI
Presidente de la Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto




Quizás a Usted no le interese que yo le cuente que fui una niña sin infancia, con hambre, abandono y maltrato, solo para agriarle este momento.

Pero quizás lo haga para descargar mi rencor, como si se lo estuviera echando en cara y sea injusta.

Pero aunque después me sienta arrepentida.

Pero mi paso por el barrio de Villa Devoto fue parte de uno de los años más tristes de mi vida y sobre todo porque esa época de la niñez, de los juegos, de las caricias y los aprendizajes, todo ello nunca existieron para mí, por eso fui una niña sin infancia.

Nací en un conventillo de San Telmo, más precisamente de la calle Defensa, mi madre Ana, planchadora me parió un once de Octubre de 1904, mi padre Santiago para mayores datos cochero, me inscribió con el nombre de Laura Ana, pero no pude ni llegar a sentirlo a mi lado, falleció de tuberculosis, la enfermedad de la pobreza cuando yo apenas tenía cuatro meses.

Mi madre lucho mucho por sostenerme hasta que no pudo más y cuando tenía cinco años me interno en un asilo de religiosas de Villa Devoto, a cargo de unas monjas alemanas, allí estuve cerca de cuatro años, hasta que un tío decidió rescatarme.

Si digo con todos los términos rescatarme, es que fue así, rescatarme de una disciplina extremadamente rígida, repleta de miedos y de privaciones, sobre todo de afecto.

Mientras estuve allí ni siquiera me enseñaron a leer y escribir.

No crea que los tiempos que siguieron fueron mejores, pero ya con nueve años se me trato como si fuera una mujer adulta.

Por eso soy como soy.

Si en estos tiempos estuviera presente en este mundo, tendría que decir que fui como fui.

Me han criticado tantas veces, por la dureza de mi carácter, por un trato inclusive agresivo, pero deberán comprender que no podía ser de otra manera, esa era la forma que me fueron construyendo.

Pero en realidad, yo era temerosa, muy tímida, insegura, pero tuve que representar una máscara de mi vida, reconocer que esa aparente agresividad no era en definitiva otra cosa que una actitud profundamente defensiva.

Roberto Arlt escribía en algunas de sus páginas: “El látigo del amo hace ladino al esclavo”

Fui famosa por otras razones, por mi talento, mi tozudez, un desmedido atrevimiento, pero supe y sentí que ese éxito como artista más algún placer transitorio o reconocimientos públicos no pudieron recompensar el hecho de que nunca tuve infancia.

A través de este juego del autor, quizás ya me reconoció, sino me presento.

Soy Tita, Tita Merello

martes, 12 de marzo de 2024

EDUCATIVAS Y CULTURALES

RELATOS DE VILLA DEVOTO


EL BANCO OPRESOR


Escribe: NORBERTO PEDRO MALAGUTI - Vecino de Villa Devoto - Vicepresidente de la Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto




Me encuentro sentado en un banco de la plaza, espacio que me sumerge en lejanos pensamientos, se escucha la música de la calesita de Tito, calesita que tiene mi misma edad, el revoloteo de las palomas y el bullicio insoportable de las cotorras.

Mi sensación es que el banco me oprime, me atrapa en medio de tantos recuerdos que parecer fluir contra mi voluntad.

Surgen con cierta cronología, mi niñez criado en una familia de profunda fe cristiana, donde participar en la vida religiosa era una premisa familiar.

Además, cumplir con esa característica pueblerina de la Villa, concurrir al colegio parroquial, la Cultural Inglesa, las primeras clases de florete en el Club Gimnasia y Esgrima.

Hasta las escapadas al Rodis Bar a jugar unas partidas de billar.

Viví los últimos años brillantes de los festejos patrios en la plaza, hacer la cola para comprar las exquisitas facturas de Lourido para acompañar las infaltables chocolatadas de los sábados a la tarde.

Qué lejos está todo eso.

Me pregunto, si es el banco que me oprime o soy yo que no quisiera levantarme nunca después de tanta ausencia.

Quizás aferrarme a aquel mundo que ya no existe.

No tengo tampoco ese entusiasmo de juventud cuando empecé a integrarme a un grupo de catequesis en apoyo a una villa precaria allá por Villa Altube.

Pablo, que tipo generoso. Era nuestro sacerdote mentor que nos llenaba de caridad transmitiendo lo que Jesus había predicado, la causa de los pobres.

Pero los pensamientos son caprichosos, y brotan desordenadamente.

Me recibí de médico muy joven. Comprendí que desde ese lugar podía aportar un servicio extra, no solo atenderlos sino además colectar medicamentos con la ayuda de algunos visitadores con sus muestras gratis.

Sentía que mi fe se había enriquecido con la labor que llevábamos adelante, el fortalecimiento político no me alejaba ni de Dios, ni del hombre, mi vida tenía sentido.

Hoy, repaso mi realidad y se me viene una serie de interrogantes, que quedo de aquel muchacho lleno de entusiasmo, de sueños que se mezclan con el interminable dolor de no saber donde están Patricio, Elena y Marita, que en una noche nefasta junto al Padre Pablo, lo levanto una patrulla militar.

Que será de Victoria que se encargaba de juntar ropa, alinearla y convertirla en nueva, solo sé que pudo zafar, dónde estará?

Aquí estoy atrapado en este banco de la Plaza Arenales, ya ochentón, totalmente calvo, algo rengo por la artritis, mirando de reojo el monumento de Antonio, evocando que?

Si todo aquello quedó trágicamente sepultado.

Que soy yo, solo un viejo cargado de años, solo un despojo de aquel joven soñador.

O un profesional cargando con un bagaje rutinario de haber ejercido en varias ciudades de Europa mi especialidad en gastroenterología, con algunas distinciones en diversos institutos, que ni siquiera satisficieron un poco mi vanidad, yo mismo me rendí, me entregue a una rutina profesional.

Reconozco que construyeron mi vida de niño, a su modo, sin duda con la mejor intensión, intente recuperarme y me adueñe de mi juventud, empecé a encontrar mi yo,  pero no me dejaron.

Trato de disimular mi culpa?

Que culpa recapacito después si fui una víctima, que difícil es poder ser lo que uno desea.

Mis piernas tienen pocas fuerzas para que pueda levantarme, y el bastón no es ayuda suficiente, o es que en realidad quiero seguir atrapado en ese banco de madera de la plaza que contiene aquellos hermosos tiempos.

En esta época del año oscurece temprano, empieza a refrescar, es momento de volver.

Volver adonde?

Ciertamente me cuesta levantarme, pero una mano suave de un escolar con algunas manchas de tinta las estira hacia mí y me ayudaba a ponerme de pie.

Tengo unos chocolatines en el bolsillo y le obsequie dos a ese niño de enormes ojos negros que parecen iluminarme.

Sonríe y se marcha.

Me siento distinto, ese niño me ha devuelto un pedacito de esperanza.

sábado, 23 de diciembre de 2023

VILLA DEVOTO

RELATOS


UNA VELADA INOLVIDABLE


Escribe: NORBERTO PEDRO MALAGUTTI (*)


Antiguo programa del cine Devoto
Ese sábado, como casi todos los sábados, teníamos un compromiso ineludible, ir a sufrir al Cine Devoto, a ver la proyección de tres películas en continuado, infaltables encuentros con Christopher Lee y Peter Cushing, con sus inolvidables actuaciones de Drácula y el Doctor Van Helsing, y al incomparable Frankenstein de Boris Karloff, una delicia del terror.

Después de almorzar, Rubén, Ricardo y yo, nos íbamos caminando por la avenida San Martín, hasta Nueva York, para disfrutar de nuestra cuota de masoquismo.

Ya en ese entonces el cine, mostraba sus años de deterioro, nadie se quejaba de ello, su platea estaba casi repleta, sobre todo de niños adolescentes como nosotros, creo que tiempo después, ya como Eurocine, con sus películas eróticas, no tendría tanto público como en nuestra época.

Qué lejos estaba el cine de viejos esplendores, como aquel marzo de 1930 cuando inauguraba el sistema sonoro, proyectándose “Amor Pagano”, con Ramón Novarro y Renne Andoree y unos días después a platea llena “El Beso” con Greta Garbo.

Llegaba el momento en que levantaban un telón medio desvencijado, con propagandas impresas en papel afiche de los negocios del barrio, se entornaban las luces y empezaba lo bueno, y con ello los primeros aplausos.

Eran unas cinco horas, de apretarnos las manos, gritar y asustarnos a lo bruto, una diversión única.

Era muy común que en algún momento la proyección se cortara inesperadamente, y allí, todos gritábamos, silbábamos y pataleábamos en el parquet de la platea. El acomodador se acercaba como para poner orden, pero no mucho, era raro ver que sacaban a alguien de la sala.

Tiempo después me convencí, que esos cortes eran exprofeso, como para dar una descarga necesaria a tanta monstruosa energía acumulada.

Terminada la función, ya de noche, salíamos los tres del cine, y vuelta a hacer la caminata a pie hasta la pizzería de José, ahorrarnos el boleto del colectivo 8, para comernos cada uno una porción de pizza, chorreante de muzzarella, una delicia inigualable, compartíamos entre los tres la Coca, hasta allí llegaba el presupuesto.

Una noche, no sé por qué razón, no volvimos por la avenida, fuimos por calles interiores, por supuesto caminando por el medio de la calle, no sea que fuéramos atacados por detrás de un paredón por Drácula, caminábamos bien juntos, y no era por un juego, era que aún nos duraba el miedo.

De pronto Rubén, gritó: ¡miren! Cuando giramos la cabeza, una enorme figura con los brazos en alto emergía de las sombras de un jardín, cuando lo vimos, disparamos como un cohete, hacia el farol de la esquina.

Seguramente en aquel tramo debimos haber batido todos los récords de velocidad.

Esa noche no hubo porción de pizza, en silencio derechito a nuestras casas.

Sin lugar a dudas debe haber sido: ¡La velada de cine más inolvidable de nuestras vidas!

(*) Este relato forma parte del Libro ¿ANTONIO DÓNDE ESTÁS? Y OTROS RELATOS DE LA VILLA DEVOTO. Si querés adquirir un ejemplar, comunícate con su autor al 4571.9389


RECUERDOS DE ANTAÑO


LOS CINES DE VILLA DEVOTO


Fortunato Nicolás Troisi, más conocido como “Colito” en su libro “La Villa Devoto que vi crecer” repasa las salas que tuvo el barrio

El primer cine que tuvo Villa Devoto existó en la calle Mercedes 4390. En el frente del viejo edificio tenía escrito en su mampostería “biógrafo”, llamado “San Carlos”. La entrada costaba diez centavos los días de semana, treinta los sábados y domingos y la vermouth, setenta centavos.

Las famosas películas mudas fueron muchas, pero para los chicos la Pandilla del Pecoso, Carlitos Chaplin, Jacquie Coogan, el perro Rin-Tin-Tin, las de cowboy, el gran actor Tom Mix, Greta Garbo, Lon Chaney, Rodolfo Valentino, Harold Lloyd, Ben Turpin y otros, eran sus preferidos.

No faltaba un piano que sonaba al compás de la película, ejecutado sin luz para el pianista.

Además, en “Operaci italiani” sito en Vallejos y Chivilcoy también se acostumbraba a hacer cine y después baile.

Alrededor de 1936 se inauguró el Cine-Teatro Febo, que existió en la calle Álvarez Jonte entre Segurola y Sanabria, de mucha categoría, con palcos arteciopelados color rojo, adornos artesanales y finos cortinados, que se conoció como el primer cine hablado.

Este espacio, además de cine, también contaban con espectáculos en vivo: faquires, grandes cantores, músicos de la época, obras de teatro, fiestas de aniversarios y de cooperadoras y otras organizaciones solían realizar allí sus acontecimientos sociales. Sus dueños fueron la familia Corradini.

El último cine con edificio exclusivamente destinado para tal fin que funcionó en el barrio fue el cine “Devoto”, ubicado en la calle Nueva York 3326, que en sus último años pasó a llamarse Eurocine.

Otro popular cine fue el cien teatro “Universal”, ubicado en la calle Lácr y Av. San Martín.

El cine “Lastra” que existió en v. Beiró 4389 englorió por su categoría al barrio.

Y por último, también tuvo gran resonancia el cine-teatro “Nobel, en Av. Beiró y Lope de Vega.

Actualmente el shopping Devoto cuenta con varias salas de cine donde se transmiten los últimos estrenos de la cartelera fílmica del segmento comercial.

lunes, 31 de julio de 2023

EDUCATIVAS Y CULTURALES

RELATOS DE VILLA DEVOTO


¿ANTONIO, DÓNDE ESTÁS?


Escribe: NORBERTO PEDRO MALAGUTTI


Ese inicio de abril, nos anticipaba un invierno riguroso, allí los tres, en el viejo café billar de la avenida Santa Fe, degustábamos entre sorbo y soplido un chocolate caliente.

Walter traía de ablandar un gomoso churro e intentaba introducirlo en su pequeña boca, que solo parecía hecho para silbar.

Raúl, me miraba en una forma entre inquisidora e indiferente, y sacándome de mis pensamientos, me inquiere – Gordo, son las cuatro y media- ¿Cómo te volvés a tu casa?

Tengo el San Martín – respondí, me bajo en Devoto.

Walter que seguía luchando, con su mentón húmedo de chocolate, interrumpe diciendo -me voy en tacho hasta Saavedra, si les viene bien, los acerco.

No sé por qué extraña magia, siempre tenía un resto de dinero en sus bolsillos.

Llamamos al mozo, pagamos y nos despedimos.

Mientras subía por esas escaleras atuneladas de la estación Palermo, rumiaba, Raúl me tiene seco con eso de gordo, si pesa como diez kilos más que yo.

¡Pero cómo baila el turro este!

En la boletería, el empleado disimulando un bostezo, espeta - ¿adónde? – a Devoto, ida solamente. Respondí.

Miro la cartelera de horarios, tengo suerte, en nueve minutos llega el primer tren.

Con la mirada perdida en las vías, comienzo a notar que empiezan a vibrar, me arrimo al bode del andén, empapado de rocío y veo asomar la máquina de vapor, el haz de luz de su foco atraviesa la niebla como una cuchillada.

Me llama la atención la placa roja de ese monstruo de acero, tiene el número 343, ¡capicúa! Qué feliz sorpresa me deparará este día.

Subo los tres escalones del vagón, ingreso al salón de la derecha, la intensa luz de las bombillas incandescentes hiere mis fatigados ojos.

Casi vacío, lógico, deduzco, un domingo a semejante hora.

En la fila de la derecha, observo una señora, con un pulóver celeste intenso, tejido a mano.

Pienso, siempre con esa manía de encontrarle una explicación a todo, debe ser una enfermera que vuelve del laburo.

Dos filas más adelante, un hirsuto caballero, vestido con un traje negro, agrisado de tanto uso, dormitaba, apretando con fuerza entre sus manos un pequeño paquete envuelto en papel de diario.

Ese traje lo debe haber heredado, deduje, le queda chico, las mangas no llegan a cubrir los puños de una camisa celeste deshilachada.

Me siento solo en uno de esos duros asientos de madera, del lado de la ventanilla, paso la manga de mi campera para limpiar el vidrio empañado, como si se pudiera ver algo en medio de esa desoladora oscuridad.

El silencio que predomina en el ambiente hace más notoria esa música monótona que generan las ruedas en las uniones de las vías, acompasadas de acuerdo a la velocidad de la marcha, como esas interminables variaciones del Bolero de Ravel.

Ese particular clima me llena de placidez.

Chirrean los aceros, el tren está empezando a detenerse, miro por la ventanilla, van apareciendo en fila esos centenarios eucaliptos, estoy llegando a la Villa, me levanto

La supuesta enfermera se ha ido, dejo solo al caballero, vaya saber a que rumbo desconocido.

La formación se detiene en el andén mas lejano a mi destino, bajo por las escaleras al túnel y mientras lo recorro, recuerdo la cantidad de veces que Edgardo comentaba…

- Este túnel fue recorrido por el Príncipe de Gales, por la década del veinte, en una agitada visita a la Villa.

- Respiro profundo como si quisiera rescatar algunos de los perfumes de ese emblemático personaje.

Encaro por la avenida Fernández de Enciso, la niebla es cada vez más intensa, allí está el Rodis Bar, mostrando su presente agonía. Nada queda de sus tertulias políticas, de la vitrolera y su música, que, a pesar de no ser muy agraciada, despertaba algunas fantasías a más de un parroquiano. No se escuchan a los discutidores de las carreras de caballos, ni los golpes de los tacos de los artífices del billar.

Al pasar frente al lugar, quiero gritar, ¡Pero si hasta el techo se ha derrumbado!

Empiezo a divisar la silueta de la plaza, y sus deslucidas casuarinas, la cruzo diagonalmente, para continuar por Enciso.

Bordeo el monumento a la bandera, orientando mi mirada buscando a Don Antonio, allí reproducido en bronce por aquel artista florentino, Zocchi.

Cuántas veces habrá viajado a Italia, para modelar, y a pesar de ello nunca pudo verla terminada.

Pienso, con insólita ocurrencia, si alguna vez, responderá a mi silencioso saludo.

¡No, no puede ser! Exclamé con sorpresa, el monumento del aquel Antonio de bronce, no estaba en el descuidado pedestal.

Acercándome a la pequeña verja de metal, caído sobre el césped, encontré un pedazo de caño, ¿será el bastón suplente de aquel que alguna vez le robaron?

Al costado del pedestal, se denotaban algunas huellas de pisadas, bastante profundas, pero no se veían señales de que hubiera sido arrastrado.

No sé qué razón me llevó a ir a la ante galería, de la escuela secundaria, a la que recientemente la bautizaran con su nombre, por votación de sus alumnos, allí sobre ese ante patio que da a la calle Mercedes, sólo se ven cicatrices de cemento en el suelo donde alguna vez estuvo su estatua.

Dentro del edificio de la escuela, se ve una tenue luz, enfilo entonces hacia el bulevar Del Carril, el césped continúa alto, indisciplinado, afeando, lo que había sido una importante residencia, que compartía algunos fines de semana con su primera esposa, Rosa Viale y algunas destacadas personalidades de la época.

En la galería de la derecha, curiosamente se encontraban tres sillones de maciza madera, tapizados en una engobelinada tela, me acerqué, y a pesar del intenso fresco reinante, uno de esos sillones tenía el respaldo tibio.

Ya allí, me asomé al ventanal, para observar el interior, no se percibía presencia alguna. En cambio, me impresionó sobremanera, la brillantez y luminosidad del piso de veneciana, con sus vívidos motivos, como nunca lo había percibido antes.

Sólo eso.

Enfoqué hacia el bulevar, la pequeña puerta, curiosamente estaba abierta, salí apresurado, mientras la residencia se desdibujaba en la cada vez más intensa niebla.

Ya por la calle San Nicolás, asomaba sobre los techos de las residencias, un cielo rojo titilante, anunciando el próximo amanecer.

Retomando mis pasos, constante que ese hombre de bronce, seguía ausente, ¿dónde se habrá ido?, cansado de la falta de respeto de las palomas, de las agresiones de los estudiantes con sus marcadores, harto de los chillidos de las cotorras, que herían sus cultos oídos, amante de la ópera italiana.

No sé por qué decidí enfilar para el Asilo, obra de su generosidad, donde alguna vez en su puerta de entrada estuviera presente ese hombre en bronce.

Quise acelerar el paso, llevado por mi ansiedad, pero sin embargo más quería apurarme, más lento era mi andar, como si estuviera calzado con zoquetes y zapatos de plomo

Al fin llegué al Asilo, bautizado con el nombre de Humberto Primo, en homenaje al asesinado heredero del trono de Italia.

El rojo intenso, no era causa de un nuevo amanecer, partía de dos puntos distintos del Asilo, que estaba siendo rápidamente consumido por las llamas.

Esta extraña atmósfera de niebla, fuego, humo y cenizas del arder de las maderas, me ubicaba fuera de lo temporal, si esto había ocurrido cincuenta años atrás.

En medio de este fantástico panorama, ¿no sería lógico que Antonio, en su desesperación, se haya apresurado en volver allí.

¡Acaso no había estado abandonado entre sus ruinas tanto tiempo en ese lugar! Solo faltaba un encuentro con el Duque de los Abruzzos, como en aquel año de 1904, cuando colocaron la piedra fundacional.

El edificio se iba consumiendo, sin embargo, mi rostro, no recibía su calor, todo lo contrario, estaba el ambiente tan frío y destemplado como mi espíritu.

Imaginariamente intenté reproducir ese mundo repleto de sonrisas y pesares de las niñas y los niños, las atenciones y rezongos de las mojas de la orden de la Virgen Niña y en medio de ese cavilar, no podía encontrar aquel Antonio de bronce.

Apesadumbrado, encaminé mis pasos hacia mi casa, cuando giré para tomar Emilio Lamarca, por detrás de mí, una pesada y fría mano apretó mi hombro, sentí un sacudimiento estremecedor.

Lo que pasó por mi mente en ese instante, no se podría explicar, sólo sé que mi estómago se estranguló, extrañé el ritmo de mi respiración. Y de pronto una voz me sacudió.

- ¡Su pasaje por favor!

Desperté abruptamente.

El inspector soltó mi hombro, mientras yo hurgaba en el bolsillo de mi campera el boleto, mientras con la mano frotaba mis párpados, el tren empezaba a detenerse, vi con dificultad a través del vidrio, nuevamente empañado, un cartel de letras en sobre relieve blanco sobre fondo negro, anunciaba la Estación Caseros.

Este cuento forma parte del libro ¿Antonio dónde estás? y otro relatos de la villa, escrito por Norberto Pedro Malaguti. Editorial Relatos barriales.