domingo, 15 de mayo de 2022

CIUDAD

MEDIO AMBIENTE


LA CULPA NO ES DEL ÁRBOL

Gentileza: Equipo de Basta de Mutilar Nuestros Árboles

Tras la fuerte tormenta ocurrida sobre la ciudad de Buenos Aires y otras áreas del país el pasado 27 de Abril, los grandes medios amanecieron con enfáticos titulares dedicados a la caída de árboles. A pesar de que los daños fueron muchos y variados, la prensa se enfocó en el arbolado informando cifras e ilustrando con fotografías impactantes. ¿Por qué tanto énfasis en estas situaciones y no en otras igualmente causadas por la tormenta? ¿Por qué se tiene tanto miedo a los árboles y por qué desde los medios y el gobierno lo subrayan? ¿Por qué ocurren fallos en ciertos ejemplares arbóreos frente a estas condiciones meteorológicas excepcionales? En esta nueva columna mensual, desde Basta de Mutilar Nuestros Árboles intentaremos responder algunas de estas cuestiones.


Caída de un árbol en la 
calle Argerich - Noviembre de '21
La lupa sobre el arbolado

Tras las fortísimas ráfagas de viento y lluvias que acontecieron el 27 de Abril pasado, los grandes medios reportaron las secuelas de este “fenómeno” natural advertido como alerta por el Servicio Meteorológico Nacional. Se informaron ráfagas de entre 80 y 120 km (1) (2) por hora y entre 50 y 70 mm acumulados de precipitaciones (3) condiciones no solo excepcionales sino también pasibles de generar serios daños en una ciudad como la nuestra.
En relación a las secuelas de esta tormenta, se registraron anegaciones de calles, caída de postes, carteles y marquesinas, rotura de ramas y fallos de ejemplares arbóreos. A pesar de que los daños fueron muchos y variados, la gran mayoría de los diarios de mayor lectura enfocaron las noticias del día después en los generados por el arbolado urbano. No solo publicaron llamativos titulares, sino que la mayor parte de las imágenes ilustrativas fueron de árboles caídos y no de otros daños. Las cifras informadas también intentaron ser impactantes, aunque bastante inconsistentes: Clarín informó 170 caídas (4), Infobae 119 fallos totales incluyendo caída de ramas (5) mientras que Telam mencionó 400 caídas (2).
Este hecho nos plantea una primera pregunta ¿por qué la lupa está puesta únicamente sobre los árboles?
Posiblemente las noticias sobre caídas de árboles y las fotos de grandes ejemplares sobre automóviles aplastados cautiven muchas más miradas y lecturas que la de una luminaria tendida sobre el asfalto o la de un techo desmantelado. Los motivos de esta mayor atracción posiblemente se deban a la brontofobia cada vez más presente y observable en las grandes urbes. De la mano de una ciudad más “urbanizada”, supuestamente más prolija y más gris, el miedo a la naturaleza parece incrementarse a pasos agigantados. Este miedo se manifiesta de muy diferentes maneras: fobia a los insectos, roedores, murciélagos, palomas entre muchos otros, incluso aceptando y apoyando proyectos que nos condenan cada vez más a vivir de espaldas al río.
Los árboles no escapan a eso. Es más, son los objetivos favoritos de ciudadanos que desconocen su importancia sanitaria y ambiental y los hacen acreedores de imaginarios riesgos y daños que superan claramente cualquier hecho fáctico. Se trata de la dendrofobia o miedo a los grandes árboles que lleva a miles de ciudadanos a pedir reiteradas podas, extracciones o bien a realizar mutilaciones o talas por su propia cuenta.
Dada esta situación de fondo y siendo que la extracción y poda de árboles mueve miles de millones en la ciudad de Buenos Aires a través del accionar de empresas tercerizadas que facturan por cantidad (más podas y más extracciones, mayor facturación…), no es sorprendente que los grandes medios apelen a subrayar a los árboles como los causantes de los peores o más peligrosos daños durante una tormenta.

Percepciones versus realidades

No es raro, tampoco, escuchar a vecinos advirtiendo sobre los riesgos de la caída de una rama y hasta anticiparla como si contaran con dotes visionarios. Del mismo modo, sucede con los archi escuchados argumentos de que los árboles huecos son peligrosos, cuando en realidad no necesariamente lo son. Sucede que muchas personas parecen confiar en creencias populares o mitos más que en saberes especialistas y conocimientos científicos. De este modo, así como ante un partido de la selección muchos argentinos se transforman en directores técnicos a pesar de carecer de toda formación o experiencia, ante un árbol los ciudadanos creen que saben tanto o más que un arborista.
A esta situación se suma los sesgos psicológicos que nos conducen a percepciones equivocadas frente a ciertas situaciones. Un ejemplo de estos sesgos es la creencia de que viajar en avión es más peligroso que viajar en un automóvil. Sumemos a esto la brontofobia y la dendrofobia y obtendremos un combo bastante explosivo.
Esta es una de las causas de que los árboles se lleven uno de los peores lugares en tanto percepción de riesgo a pesar de ser mucho más seguros que, por ejemplo, un automóvil. Si bien es cierto que ha habido en la ciudad algunos fallos graves que han tenido como triste saldo la muerte de personas, estos hechos son muy aislados y excepcionales, con un total histórico que puede contarse con los dedos de una mano.
Por el contrario, los accidentes de tránsitos son cotidianos y mucho más dañinos y graves. Mueren en la C.A.B.A. según estadísticas oficiales (6) y de asociaciones civiles especializadas (7) alrededor de 100 personas por año y 6000 resultan heridas. Estas cifras muestran con claridad que el riesgo de resultado lastimado en un accidente de tránsito es mucho más elevado que el de ser afectado por la caída o rotura de un árbol. Sin embargo, nuestras percepciones sesgadas nos hacen creer que un árbol es más peligroso cegándonos a la realidad de que los necesitamos irrefutablemente para estar sanos, para respirar aire de mejor calidad y protegernos de rayos del sol que pueden ser causantes del cáncer de piel, entre muchas otras razones.
Surge aquí una nueva pregunta ¿Por qué nuestras ideas se sesgan pensando que un árbol es más peligroso que un auto o un colectivo? Justamente porque los fallos de árboles son muy escasos y mucho menos frecuentes que un accidente de tránsito. Por lo tanto, como son tan aislados, cuando suceden causan mayor impresión y se vuelvan más mediáticos como bien ha explicado el Ing. Pedro Calaza, uno de los arboristas más reconocidos a nivel mundial (8)

Riesgos concretos

Como aseguran los expertos, los fallos de árboles son excepcionales y la mayor parte de ellos no tiene como resultados grandes daños ni tampoco personas herida (como sucedió en la tormenta pasada en la que no se registraron daños a personas). Sin embargo, el riesgo cero no existe. Pero no existe no solo con los árboles, sino en todo lo que sucede en una gran ciudad como la nuestra.
Citando nuevamente al Ing. Calaza podemos mencionar que “el riesgo está en todos los aspectos de nuestra vida, por ejemplo, cuando viajamos en un autobús asumimos el riesgo de poder caernos, golpearnos,… De hecho, para ir muy seguros precisaríamos llevar un casco, cinturones de alta seguridad, etc…lo que está claro es que siempre debemos asumir un nivel de riesgo para poder desarrollar nuestras labores y poder vivir…,” (9)
Sin embargo, ni se nos pasa por la cabeza pensar que viajar en colectivo diariamente es riesgoso, mientras que sí se nos ocurre que estacionar el auto bajo un gran árbol lo es. Tampoco que los automóviles o los colectivos deben ser desterrados de la ciudad, sin embargo pensamos que los grandes árboles sí. La razón posiblemente esté dada en que claramente ponemos por delante los beneficios de asumir el riesgo de un viaje, caso contrario no podríamos trasladarnos, ni trabajar, ni pasear ni siquiera irnos de vacaciones. Las ventajas que percibimos superan con creces al riesgo, aun cuando fuéramos más conscientes de éste de lo que realmente somos.
Ahora bien, cuando nos referimos al arbolado, sus beneficios no son tenidos en cuenta. O se desconocen (como le sucede a gran parte de la gente) o se dejan de lado, por lo que se observan únicamente sus potenciales riesgos. Sin profundizar en esta nota en las enormes bondades de los árboles para el entorno urbano, debemos dejar en claro que son fundamentales e irremplazables de cara al cambio climático, la calidad ambiental y la salud pública. Por lo tanto, “resulta imperativo que el arbolado sea un recurso fundamental en la planificación urbana, tal y como señala la propia FAO y, de forma particular, el elemento clave que conforma la columna vertebral de conectividad en la infraestructura verde, para así optimizar la generación de servicios ecosistémicos” (9).
De este modo, las páginas de los grandes medios y sobre todo las políticas gubernamentales orientadas a la educación ambiental y a la salud pública deberían invertir sus recursos en racionalizar estas cuestiones e informar sobre los grandes beneficios del arbolado y la baja probabilidad de sus fallos en lugar de alarmar a la población como hacen habitualmente frente a cada árbol caído.

¿Por qué fallan los árboles?

Tras todo lo dicho y habiendo dejando en claro que aunque los fallos son muy pocos el riesgo cero no existe, cabe preguntarnos cuáles son los motivos que los generan y analizar si podrían ser evitables o no. La primera idea que surge al respecto es que las políticas y gestiones de arbolado deberían estar orientadas a minimizar ese riesgo utilizando las herramientas disponibles para ello, priorizando la preservación del follaje.
Muy por el contrario, lo único que se observa hoy en la Ciudad de Buenos Aires es que se apela a las extracciones y a las podas como únicas herramientas para ofrecer “mayor seguridad” a los ciudadanos en tanto arbolado, sin respetar al árbol como ser vivo ni defenderlo en pos de mantener sus irrecuperables beneficios. Estas intervenciones sobre los árboles, como hemos explicado en nuestra columna anterior, afectan severamente su arquitectura, estabilidad y salud, volviéndolos más vulnerables e indefensos.
Retomando las secuelas de la tormenta del 27 de abril, algunos medios también informaron que fue la mayor caída de ramas y ejemplares de los últimos 10 años. Ante esto, sin dejar de lado que una tormenta de tal envergadura es causal potencial de este tipo de situaciones, debemos aclarar que en la última década, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ha intervenido el arbolado urbano mucho más que en momentos anteriores.
Las prácticas actuales, sobre todo en los ejemplares de alineación, son todas ellas conducentes a volverlos más débiles e inestables ante este tipo de fenómenos meteorológicos.
Por ejemplo, los planes de poda quinquenales que garantizan intervenciones reiteradas que debilitan y desestabilizan la estructura natural de cada árbol y las podas excesivas y las mutilaciones privadas, no sancionadas, que exponen (como toda poda) a los ejemplares a heridas mal compartimentadas que se transforman en la puerta de entrada de microorganismos dañinos, son posibles causas de caídas. Del mismo modo, los cortes excesivos y no supervisados de raíces por las reparaciones de veredas y las obras de servicios públicos, así como las planteras insuficientes o invadidas por materiales que no permiten la respiración de las raíces son otros grandes causales. Adicionalmente, la destrucción del bosque urbano generada por las reiteradas extracciones que suceden de a miles cada año y en forma simultánea, dejan como consecuencia ejemplares añosos aislados, mucho más expuestos a las fuerzas dinámicas de vientos y lluvias por haber perdido la protección de sus congéneres.
A todo esto se suma la falta de inversión en prácticas de cuidado y preservación tales como las que se incluyen en el rubro B de la licitación de “Servicio de Mantenimiento Integral del Arbolado Público lineal o viario y demás Servicios Conexos de las Comunas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires” (10) tales como los tratamientos fitosanitarios o el uso de vayas de contención que podrían fortalecer a ejemplares vulnerables reduciendo enormemente el riesgo de fallo.
Todas estas cuestiones hacen que ante la mayor cantidad de árboles caídos, no podamos mirar hacia el costado. Las fuerzas de la naturaleza como las grandes tormentas son inevitables y de cara al cambio climático posiblemente cada vez más frecuentes. Las consecuencias de estas, en tanto daños y roturas, siempre seguirán latentes y el arbolado no escapa a ello. Sin embargo, existen muchas prácticas y herramientas para minimizar estos riesgos, aunque la gestión actual las ignora por completo dedicándose cien por ciento a acciones invasivas que incrementan notablemente los riesgos potenciales en lugar de minimizarlos.
Por lo tanto, ante un fallo de un árbol añoso y ante las roturas o molestias que este pueda causar, no podemos echarle la culpa al árbol. Debemos asumir que el riesgo cero no existe en las ciudades y que el beneficio de mantener ejemplares de pie y con todo su follaje es exponencialmente mayor a potenciales daños por eventuales fallos.
Las podas reiteradas y las extracciones lejos de ser una solución son una gran equivocación. Por un lado, vuelven a los árboles más débiles frente a fuerzas dinámicas externas y por otro, nos quitan el follaje que es nuestra principal herramienta frente al cambio climático y uno de los más grandes protectores naturales de nuestra salud en un contexto urbano.
Ante todo esto, es tiempo de que como ciudadanos exijamos el respeto por nuestra salud, nuestro patrimonio y nuestro ambiente, dejando de culpar al árbol y dirigiendo las responsabilidades a quienes tienen la potestad de cambiar las cosas persiguiendo un único objetivo: el bien común.

Referencias:

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