miércoles, 18 de agosto de 2021

CULTURALES

HISTORIAS PARA CONTAR


Relatos del libro
"PASARON COSAS"


Escribe: SEBASTIAN GUELER

En el mes de las infancias, damos comienzo a la publicación de una serie de relatos escritos por Sebastián Gueler y que forman parte del libro “Pasaron cosas”, donde cuenta su experiencia como papá de . Fue escrito a lo largo del primer año de vida de su pequeño hijo Manuel, que este mes acaba de cumplir sus dos añitos.

SIEMPRE HAY UN PREMATURO

Está claro que siempre hay que decir algo. Y a la larga, mirando desde lejos, es entendible. Simplemente a veces no es tan atinada la ocasión. Ya sea para ser parte del momento, o sea porque de verdad hay ganas de estar. Seas familiar, amigo, verdulero o electricista. Siempre hay quien quiere llevar tranquilidad a nuestras mentes y sobre todo a nuestros corazones.
Pero a Stephi y a mí no había cosa que nos molestara más. Las palabras, digo.
A veces nos preguntábamos si era necesario que la gente abra la boca para decir frases con un vacío de contenido importante para nuestros oídos. Que con la compañía silenciosa bastaba.
Y por la idiosincrasia de la vida, a medida que más gente se iba enterando de nuestra situación, más teníamos que escuchar historias de ese primo del tío del vecino que había nacido de forma prematura y ahora era un tanque de metro noventa y 105 kilos. La gran mayoría de chiquitos eran, obvio, unos terremotos, tenían hormigas en la cola y no paraban un segundo.
No necesitábamos eso.
Si hasta tuvimos la mala suerte de que el señor de la casa de sepelios cuando fuimos a hacer los trámites de Sofi nos contó que tenía un sobrino que había tenido un hijo prematuro, también de 25 semanas, y su relato se puso en modo “cassette” y nos decía con una seguridad inquebrantable que Manu iba a salir adelante. Ojalá así sea maestro, pero estamos acá por otro tema, dejanos ir paso a paso.
Claro que siempre la historia que se cuenta es el ahora. Todos recibidos con honores y oradores de charlas TED. Los más viejitos casados con dos hijos y un perro. Una casa quinta en Zona Norte también, ¿por qué no? Si hay que condimentar un poco la historia siempre, para hacerla mas épica.
Pero nadie te cuenta lo que sufrieron esos nenes y nenas, y sus padres, en el trayecto en la neo. Por eso, si bien por una cuestión de respeto escuchábamos a todos, sólo tomábamos las cosas que nos decían padres y madres que hayan pasado por la terapia.
Como por ejemplo lo que nos dijo mi hermana Vani, un día antes del parto. Eso de que cuanto antes se recupere Stephi de la cesárea antes iba a poder subir a ver a los melli a la neo. Y vaya que le hizo caso.
Del resto agradecíamos la compañía, pero algunas palabras así como entraban, salían.
Es muy border la susceptibilidad de padres de neo. Sobre todo cuando uno intenta ver para adelante y sabe que le queda un largo camino por recorrer.
Y también al principio, cuando uno está tan voleado y todo lo supera. Si bien a la distancia podemos entender con Stephi que siempre los comentarios eran para darnos esperanza, algunos no nos parecían pertinentes.
En realidad en esos primeros momentos uno no termina de saber qué es lo que necesita. Por eso sentíamos que lo único que queríamos era la compañía silenciosa de nuestros seres queridos, no sus palabras de calma.
Porque realmente hasta que uno no está todos los días adentro de una neo no puede terminar de dimensionar nunca lo que se pasa allí.
Tal vez porque se va creando una leyenda errónea de ese camino.
Tal vez porque desde un principio lo que nos inculcaron los médicos y enfermeras es que cada bebé es un mundo distinto, que no se puede comparar.
Que cada día que pasa – al principio cada hora, en nuestro caso – esa criatura es una batalla ganada contra el destino.
Que cada momento que salen airosos de alguna situación los convierte en unos leones. En unos guerreros. Porque están ahí, tan minúsculos y sin embargo pregonan un coraje pocas veces visto, que seguramente nosotros nunca tendríamos.
Se encuentran ahí, tan lábiles, como les gusta decir a los médicos. Qué palabra tan chota lábil... Tiene dos significados. Uno es que es poco estable. Y el otro es que se resbala fácilmente. El primero lo aceptábamos. Pero después de lo de Sofi no queríamos escuchar más esa palabra por su segunda apreciación. ¿Tan hija de puta puede ser una palabra? ¿Tanto te puede cambiar la psiquis un término?
En nuestro caso sí, porque no queríamos que eso pasara. Mejor dicho, no estábamos dispuestos a aceptarlo. Nos era imposible siquiera que deambule la idea sobre nuestras cabezas que Manu se nos podía escabullir también.
Iba a ser demasiado. Por eso hablamos con los médicos para que no nos nombren más esa palabra que detonaba insania en nuestro actuar.
Que nos digan que estaba inestable, que nos convoquen todas las veces que sean necesarias a la oficina de Elba de a varios para darnos todas las pálidas que quisieran. Que nosotros podíamos entender todo lo que le estaba pasando a Manu. Que nos hagan dibujitos si fuera necesario. Pero que no nos digan más que estaba lábil. Porque a esa palabra no podíamos hacerle frente.
A veces pienso que después de todo lo que pasamos en la internación, ni loco me voy a dejar amedrentar por una vacuna dentro de unos años. Pero después me doy cuenta de que sí. Por ahí no con el temor de alguien que no vivió todo ésto. Pero sí con el respeto de un padre que sufre porque le tocan un pelo a su hijo.
No siempre la historia termina bien. Y si lo hace, seguramente haya tenido varias piedras en el camino. – Y de nuevo – cuando vienen a alentarnos con la historia del sobrino de un ex jefe que nació prematuro, nos brota una bronca increíble.
Porque cada caso es distinto. Si lo sabremos. Cada bebé prematuro es una historia totalmente asimétrica. Entonces no nos conforma ni nos conforta el - “Me contó Mabel, la del almacén de la vuelta de casa, que su hijo también fue prematuro. 28 semanas. Que te quedes tranquilo que va a estar todo bien” – y toda la perorata que viene después.
Habrá sido un mes después del parto que dejamos de escuchar esas palabras vacías de contenido. Ya pasado lo de Sofi, eran muy pocos – por suerte – los que se animaban a encararnos con ese razonamiento. Menos mal.
Y así incluso, fueron disminuyendo agradablemente los “todo va a estar bien” ante cada intervención que Manu tenía que soportar.
Tal vez la familia, los afectos, la gente cercana, fueron haciéndose amigos de la idea de lo que nosotros entendimos y aceptamos desde el día uno.
No sirve para nada comparar. Cada caso es distinto. A cada niño o niña el mismo tratamiento le impacta de distinta manera.
Cada prematuro o prematura hace las cosas a su modo y a su ritmo.

En lo único que se asemejan es que todos ponen todo para que cada vez que el reloj marque las doce, falte un día menos para irse a su casa con sus padres. Ojalá todos hubieran empezado por ahí.

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