NOTA DE TAPA
EL VALOR DE LA COMUNIDAD
Unir voluntades, la mejor manera de transformar dificultades en oportunidades
En un contexto signado por el endeudamiento y la precarización, tenemos caminos a elegir: la indiferencia, la confrontación y la discriminación o abrazarnos a la cooperación y a la solidaridad que tantas veces nos ha sacado de realidades tan o más complejas que las que hoy toca atravesar. Si nos guiamos por las premisas del bien común, la paz social y el consenso, la segunda sería la única vía segura hacia un futuro sostenible.
Escribe: Lic. MÓNICA ALEJANDRA RODRÍGUEZ. Dirección.
Como ya ha sucedido en otros momentos, hoy vemos que una porción cada vez mayor de argentinos atraviesa una dura realidad.
Mientras el ajuste inicial que encaró la actual gestión durante los primeros meses de su gobierno pudo ir paliándose con ahorros, a medida que se extiende en el tiempo y los ingresos no acompañan los gastos, que crecen muy por encima de la inflación, la situación se va tornando cada vez más difícil. Más allá de restringir consumos, muchas personas se vieron obligadas a recurrir a préstamos o a financiarse mediante tarjetas de crédito.
Pero cuando esas deudas comenzaron a abultarse debido a los llamados “pagos mínimos”, que traen aparejadas tasas de interés más altas sobre los montos no saldados, la deuda sigue multiplicándose.
Dentro del universo de deudores que presentan problemas para pagar sus cuotas, los más complicados son aquellos que contrajeron préstamos para evitar que les corten los servicios públicos, como la luz, el gas o el agua o peor aún es la situación de quienes tuvieron que endeudarse para comprar alimentos de la canasta básica.
Suele suceder que esos hogares van quedando atrapados en verdaderos “callejones sin salida” porque, salvo que perciban un ingreso extraordinario, las deudas se suman a los gastos corrientes del mes, que continúan sin poder solventarse. De este modo, la economía familiar se vuelve inviable y los hogares van cayendo progresivamente en situaciones de mora hasta transformarse en deudores incobrables.
Según Chequeado.com, un relevamiento correspondiente al mes de junio da cuenta que, dentro de los deudores que registran atrasado, el Banco Central considera que un 35% de esa deuda es “irrecuperable”, debido a que registra atrasos superiores a un año. Otro 40,3% presenta atrasos entre seis y doce meses, mientras que el 24,3% restante registra atrasos entre tres y seis meses.
Según ese mismo medio, en la Ciudad de Buenos Aires existen 255.805 deudores únicos en mora, que en conjunto suman una cifra cercana a los $1.600 millones. Los barrios con mayor proporción de deuda son La Boca (21%), Villa Soldati (20%) y Constitución (20%). La mayor cantidad de deudas impagas corresponde a proveedores no financieros, como son las casas de electrodomésticos. Les siguen las tarjetas no bancarias, las aplicaciones fintech, los bancos privados y, por último, los bancos oficiales.
Este panorama se da en un contexto de creciente pérdida de puestos de empleo formales, a la par que aumenta la informalidad y se expande la figura del monotributo, no necesariamente porque crezcan los emprendedores, sino porque cada vez más personas se dedican a trabajar para aplicaciones. La contracción de las ventas también la sienten las pequeñas y medianas empresas, al igual que los profesionales, que no escapan a esta realidad.
Entre quienes más están sufriendo, no podemos dejar de mencionar a los adultos mayores que cobran la jubilación mínima y que, si no cuentan con ingresos extras, son empujados a situaciones de creciente desesperación. A esto se suma la realidad de quienes ya no tienen un techo donde refugiarse ni un hogar al cual volver.
A medida que la economía familiar se resiente y las deudas la van ahogando, la crisis se profundiza y se generaliza, a tal punto que, como ya viéramos hace 25 años, volvió el triste club del trueque.
Pero, como todo en la vida, podemos quedarnos con una mirada del vaso medio lleno o medio vacío. Esto forma parte de la cosmovisión de cada uno y de la manera en que elegimos asumir la realidad: con pesimismo o, por el contrario, convencidos de que somos parte de una comunidad a la que podemos aportar para que las dificultades se transformen en oportunidades de cambio positivo.
Quienes creemos que es posible romper con la inercia y superar las dificultades a las que nos exponen estos tiempos difíciles somos conscientes de que el fin último que debe prevalecer es el bien común. En función de este objetivo, toca unir voluntades, establecer consensos e insuflar optimismo para ir alcanzando, objetivo por objetivo, las metas necesarias de manera precisa y transparente.
En lo personal y en lo colectivo se requiere tener confianza y vislumbrar perspectivas, no como parte de un idealismo ingenuo, sino basándonos en una realidad insoslayable a nivel regional y planetario, de la cual no estamos ajenos.
Como aliciente, partimos de saber que en la base de nuestra comunidad siempre han surgido soluciones con raíces solidarias, como contrapartida a muchos males que han buscado disgregarnos, dividirnos y aislarnos.
El diálogo se hace fecundo cuando los interlocutores están motivados a perseguir el bienestar general, priorizando la dignidad de la persona humana, su seguridad y la cohesión de cada hogar.
Lo más preocupante es la indiferencia o pensar que no está en la responsabilidad de cada uno modificar el estado de necesidad que, paulatinamente, va degradando formas de vida y acentuando la marginalidad.
La cooperación, el tender una mano y comenzar a participar activamente, ejerciendo a pleno los derechos que habilita nuestra Constitución, son parte de la solución y constituyen el mejor antídoto frente al flagelo que acarrean el materialismo voraz, el individualismo a mansalva y la insensibilidad de quienes pregonan “la ley de la selva” y el “sálvese quien pueda”.
Preservar la paz social, peticionar y presionar a nuestros representantes con presencia y colaboración mutua puede ser el método más eficaz para producir los cambios imprescindibles y construir una prospectiva acorde con la necesidad de revertir este estado de cosas.
En definitiva, son tiempos en los que resulta imperativo activar los diálogos y buscar puntos de consenso que se traduzcan en acuerdos sin exclusiones. Para ello, debemos alejarnos de la confrontación, la estigmatización, la agresión y el insulto, que nos van encerrando en círculos de violencia de impredecibles consecuencias.
Como ciudadanos de a pie debemos tener como insignia aquellos versos de Martín Fierro:

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