domingo, 20 de febrero de 2022

EDITORIAL

NOTA DE TAPA


EDUCACIÓN DE CALIDAD
La mejor herramienta para combatir la creciente desigualdad.


Escribe: Lic. MÓNICA RODRIGUEZ - Dirección.



Vivimos un particular momento del mundo. El primer paso es comprender que estamos ante una nueva bisagra en la historia de la humanidad, debido a cambios abruptos que van de la mano de la revolución tecnológica que trae entre otros los avances en inteligencia artificial, de una dinámica económica global que no para de escalar las desigualdades y donde la crisis sanitaria no hizo más que agudizar, sumado a las consecuencias que empezamos a enfrentar por el cambio climático.
Trazar el camino adecuado que aproveche los aspectos positivos y sortee las encrucijadas es determinante para asegurar el desarrollo sostenible y un futuro digno para las nuevas generaciones.
Y en esto, los estados nacionales tienen un rol central porque son los modelos y en particular las políticas públicas que tienen que ver con una educación de calidad las que tienen las llaves del éxito, a partir de que estén a la altura de las exigencias de los tiempos por venir y garanticen igualdad de oportunidades para todos.
Aquellos países que mejor interpreten los nuevos paradigmas, tengan la inteligencia, capacidad y sagacidad para aplicar los recursos necesarios y puedan conformar ventajas comparativas, serán quienes obtendrán mejores resultados.
Diferentes estudios nos acercan datos determinantes para el análisis. En este punto nos vamos a centrar en dos recientes informes.




"La riqueza cambiante de las Naciones" es un reporte emitido por el Banco Mundial en octubre de 2021. El documento que analiza diferentes variables, concluyó que la riqueza mundial ha aumentado pero a expensas de la prosperidad futura por la pérdida de capital natural renovable y la amenaza del cambio climático.
El trabajo se basó en el seguimiento de la riqueza de 146 países entre 1995 y 2018 midiendo el valor económico del capital natural renovable (como los bosques, las tierras cultivables y los recursos marinos), el capital natural no renovable (como los minerales y los combustibles fósiles), el capital humano (los ingresos a lo largo de la vida de una persona), el capital producido (como los edificios y la infraestructura) y los activos extranjeros netos. El informe también incluye por primera vez el capital natural azul, representado por los manglares y los recursos pesqueros marinos.
La investigación sostiene que los países que agotan sus recursos para obtener ganancias a corto plazo colocan a sus economías en una trayectoria de desarrollo insostenible y los indicadores tradicionales como el producto interno bruto (PIB) que mide el crecimiento económico no alcanza para comprender si ese capital producido, medido en términos de capital humano y capital natural, es sostenible o no en el mediano y largo plazo.
En este sentido, recomienda que para lograr un futuro sostenible, resiliente e inclusivo, es esencial comprender la sostenibilidad de la riqueza y es fundamental que se asignen al capital natural renovable y al capital humano la misma importancia que a las fuentes más tradicionales de crecimiento económico, de modo que los encargados de formular políticas tomen medidas para poder conseguir la prosperidad a largo plazo.
De acuerdo con el informe, la riqueza mundial aumentó considerablemente entre 1995 y 2018. Sin embargo, la creciente prosperidad ha estado acompañada de una gestión no sostenible de algunos activos naturales. Por ejemplo, la riqueza forestal per cápita de los países de ingreso bajo y mediano se redujo un 8 % entre 1995 y 2018, lo que refleja una considerable deforestación (caso Argentina). Mientras tanto, el valor de las reservas pesqueras marítimas mundiales cayó un 83 % debido a la gestión deficiente y a la pesca excesiva durante ese mismo período. Es posible que los efectos que se prevé que tendrá el cambio climático agraven estas tendencias.
En materia de desigualdad afirma que la desigualdad mundial en cuanto a la riqueza va en aumento. Entre 1995 y 2018, la participación de los países de ingreso bajo en la riqueza mundial no experimentó grandes modificaciones y se mantuvo por debajo del 1 % de la riqueza mundial, a pesar de que alrededor del 8 % de la población del mundo vive en esos países. En más de un tercio de los países de ingreso bajo la riqueza per cápita se redujo. Los países que experimentan una disminución en la riqueza también tienden a tener un deterioro en su base de activos naturales renovables.
En el estudio se muestra que el capital humano, medido como los ingresos que la población prevé obtener en el curso de su vida, es la fuente más importante de riqueza en todo el mundo, y en 2018 abarcaba un 64 % del total de la riqueza mundial. Los países que acrecentaron sus inversiones en el capital humano, experimentaron importantes aumentos en su proporción de riqueza del capital humano mundial.
El trabajo también hace referencia a los efectos de la pandemia de COVID-19 y sostiene que si bien se desconocen los efectos a largo plazo es probable que los países de ingreso bajo sufran los impactos más graves, con una pérdida proyectada del 14 % del capital humano total.
Además, el capital humano se reduce debido a las brechas de género que existen en todas las regiones y grupos de ingreso, y que han experimentado pocas mejoras desde 1995. La contaminación tiene graves consecuencias tanto para el capital humano como para el cambio climático, y representa más de 6 millones de muertes prematuras por año.
En el informe se abordan los efectos que se proyecta que tendrá sobre la riqueza de los combustibles fósiles una transición hacia menores emisiones de carbono y la aplicación de impuestos de ajuste sobre el carbono en las fronteras, se incluyen recomendaciones para la gestión de los riesgos económicos que se les plantean a los países dependiente de este tipo de recursos.
Por último, la investigación describe varios aspectos prioritarios que los encargados de formular políticas deben tener en cuenta a fin de diversificar y reequilibrar sus carteras nacionales para poder ser más resilientes y sostenibles. Se recomienda invertir activamente en bienes públicos, como la educación, la salud y la naturaleza, para evitar el agotamiento no sostenible, y gestionar futuros riesgos. Esas recomendaciones también incluyen medidas normativas y de precios que ayuden a reflejar el valor social de los activos y a dirigir la inversión privada de modo de conseguir mejores resultados para todos. Esto puede incluir, por ejemplo, acciones como reorientar los subsidios a la pesca y tomar medidas para fijar el precio del carbono y promover los activos de energía renovable.


Complementariamente el Informe Sobre la Desigualdad Mundial Global 2022, publicado el 7 de diciembre pasado, parte de un profuso entrecruzamiento de datos y estadísticas para detallar un completo análisis sobre la situación actual en materia de desigualdad de ingresos y riqueza, climática y de género.
El estudio ha sido confeccionado por más de cien investigadores de todos los continentes que trabajaron durante más de cuatro años con la coordinación de Lucas Chancel, Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucma.
Según este reporte, de los 7.800 millones de personas que habitamos el planeta, solo 9 mega ricos tienen una riqueza individual superior a los 100.000 millones de dólares, lo que representa, en conjunto un acaparamiento de 1.320 millones. Otros 62 millones de individuos son los "millonarios", es decir, cuentan con una fortuna mayor a 1 millón de dólares.
Pero además, las 52 personas más ricas del planeta han visto crecer el valor de su riqueza un 9,2% anual durante los últimos 25 años, en tanto que el club del 1% más rico -aquellos con más de 1,3 millones de dólares de riqueza- ha acumulado más de un tercio de toda la riqueza planetaria producida desde 1995.
El 10% más rico de la población del planeta recibe actualmente el 52% del ingreso mundial, mientras que la mitad más pobre tan solo un 8,5%. En promedio, un individuo que forma parte de ese 10% privilegiado gana 87.200 euros (122.100 dólares) por año, en tanto que otro en la mitad más pobre sólo 2.800 euros (3.920 dólares).
Si las distancias en cuanto a ingresos producen escalofríos, las desigualdades mundiales a nivel de riqueza son, incluso, más pronunciadas. Por ejemplo: la mitad más pobre de la población mundial apenas posee el 2% del total de la riqueza. La otra cara de la misma moneda: el 10% más rico dispone del 76% de toda la riqueza. Lo que significa que la mitad más pobre de la población cuenta con un patrimonio promedio de 2.900 euros (4.100 dólares) por persona, en tanto el 10% más rico acapara, en términos promedio, una riqueza de 550.900 euros (771.300 dólares) por persona.
La desigualdad varía significativamente entre la región más igualitaria (Europa) y la más desigual (Medio Oriente y África del Norte). En Europa, el 10% con los ingresos más altos se sitúa en torno al 36%, mientras que en la región del Medio Oriente y África del Norte alcanza el 58%. Entre estos dos niveles, se constata una diversidad de patrones. Por ejemplo, en el este de Asia, el 10% más rico se apropia del 43% del ingreso total, mientras que en América Latina el sector más rico se queda con el 55% de la riqueza.
Algo que también es evidente, según este informe, es que las desigualdades de ingresos y riqueza han ido en aumento en casi todas partes desde la década de 1980, tras una serie de programas de desregulación y liberalización que diferentes países adoptaron bajo diferentes formas.
Este aumento no ha sido uniforme: en algunos países (incluidos Estados Unidos, Rusia e India) la desigualdad ha experimentado incrementos espectaculares, mientras que en otros (en Europa y China) este aumento fue relativamente menor. Estas diferencias, según los autores del informe, confirman que la desigualdad no es un fatalismo inevitable, sino producto de "una elección política", una consecuencia de los modelos que se aplican.
Por otra parte, y desde una perspectiva histórica, "las desigualdades globales contemporáneas se acercan a los niveles de principios del siglo XX, en la cúspide del imperialismo occidental", sostiene el estudio. De hecho, la proporción de ingresos que capta actualmente la mitad más pobre de la población mundial equivale aproximadamente a la mitad de lo que captaba en 1820, antes de la gran divergencia entre los países occidentales y sus colonias.
Otra conclusión contundente del Informe Sobre la Desigualdad Mundial Global 2022 es que durante los últimos 40 años las naciones se han vuelto más ricas, mientras que los gobiernos son cada vez más pobres. La participación de la riqueza en manos de los actores públicos es cercana a cero, o negativa, en los países ricos, lo que significa que la totalidad de la riqueza está en manos privadas. Esta tendencia se ha visto magnificada por la crisis del Covid-19, durante la cual los gobiernos han tomado prestado, esencialmente del sector privado, el equivalente al 10-20% del Producto Interno Bruto.
La escasa riqueza actual de los gobiernos tiene importantes implicancias en la capacidad de los estados para abordar la desigualdad en el futuro, como puede ser el cambio climático.
Los especialistas firmantes de este documento, sostienen que la mayoría de los sistemas fiscales mundiales, por su estructura, hacen recaer gran parte de la carga impositiva sobre las clases medias, un formato tributario que en última instancia no impacta como debería sobre las grandes fortunas, algunas de las cuales además saben escabullirse mediante maniobras de elusión y evasión.
Por eso, este estudio plantea como posible solución la implementación de impuestos directos con tasas progresivas -tasas más altas a aquellos que más tienen- sobre el total de los activos (patrimoniales y financieros) de los multimillonarios globales. Según el cálculo de los investigadores, un modesto impuesto progresivo sobre ese gran volumen de concentración de riqueza que está muy, muy pocas manos a nivel de los países y a nivel mundial podría generar ingresos importantes para los gobiernos, lo que les facilitaría a los estados una inversión sustancial y justa en educación, salud y protección climática. Las implicancias de estas medidas serían parecidas a la movilidad social ascendente que ocurrió cuando se aplicaron las políticas del estado de bienestar a mediados del siglo XX.
El estudio finaliza afirmando que abordar los desafíos del siglo XXI no es factible sin una redistribución de ingresos y riqueza de tal modo que las desigualdades actuales se reduzcan gradualmente.
Los desarrollos recientes en la tributación internacional muestran que el progreso hacia políticas económicas más justas es posible tanto a nivel mundial como dentro de los países y es sin duda una decisión de los gobiernos llevarlas adelante.

Para concluir: estos informes resultan esclarecedores. A partir de ellos sabemos que la mayor parte de la riqueza del mundo actual es el capital humano. Invertir en él y en educación de calidad es una de las claves para generar mayor igualdad de oportunidades y tender a un sistema mundial más equilibrado entre países y dentro de cada uno de los estados. No menos cierto es que la comunidad internacional dispone de los recursos necesarios que se han ido concentrando en poquísimos actores.
Se necesitan clases dirigenciales y gobiernos que tengan las agallas para impulsar una redistribución del ingreso que permitan generar los recursos suficientes para que los Estados puedan destinarlos a garantizar salud y educación de calidad para toda su población, combatir seriamente el cambio climático y propugnar igualdad de género.

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